Carruaje de Pájaros. Una mirada no literaria.

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Me gusta pensar que lo indeseable hermana. Por otra parte, hay lugares mágicos en este país que se prestan para la poesía, y que en ocasiones convocan la hermandad de igual manera que lo otro, lo indeseable.

Estuve en Tuxtla Gutiérrez, en el Primer Encuentro de Poetas Jóvenes de México “Carruaje de pájaros” 2008. Chiapas es ya de por sí poesía, contradicción, hermosa tierra donde caminar y oír el viento decir ayer y para siempre.

Las lecturas arrancaron y algo de la voz de los poetas se quedó por ahí en ese lugar, haciendo surco. Luego la música enmarcando, el palomazo a cargo del que fuera una especie de tío para el encuentro, Julián Herbert (no es peyorativo, Julián, el más grande de todos los asistentes, fue una especie de centro en el encuentro; todos lo oímos atentos, le preguntamos, le cuestionamos. Nos hermanamos con él y alrededor suyo, vamos). Y luego lo indeseable. Ciertamente lo no deseado, lo que no se espera, siempre abre la posibilidad de optar por algo, de tomar partido, digamos. Lo indeseable, por eso, hermana; porque ante la insistente retórica indeseable de quien quiere ser oído a toda costa, la hermandad de oídos sordos (primero) hicieron la barrera. Me refiero al “trasbambalinas”: unas copas entre poetas resultaron en la afrenta, así muy al estilo old west o fiesta adolescente; el poeta Marco Fonz se deshizo en insultos (medio pueriles) contra Balam Rodrigo (que por andar ganando premios: no, Balam, eso no se hace. También por biólogo fracasado que se metió a hacer poesía) y contra Luis Paniagua (creo que también por ganarse premios, pero y sobre todo, por estar condenado a nunca ser un buen poeta, según dijo el propio Fonz). Que no suene, esta crónica, a nota policiaca.

Luego, al otro día, el prodigio. En la primaria Rodulfo Figueroa, recibieron a los participantes del encuentro como héroes nacionales. Collar de flores y todo el asunto. Entramos, nos adornaron, tres grupos de niños bailaron para nosotros vestidos de animalitos y de trajes regionales. Me sentí Cayo Cesar presenciando las danzas de los niños mientras las libaciones todas se hacían en nuestro honor; las libaciones eran pozol fresco. No quiero excederme en el relato, pero en el patio de esa primaria, los poetas firmaron cientos (y me quedo corto) de autógrafos a los alumnos. En cuadernos, servilletas, libros propios y ajenos, en fin, hasta en las camisas de algunos osados escolares, estampamos firmas y recados al más puro estilo rock star. ¿Y quién se va a resistir?

Más tarde la reseña osciló entre los comentarios anteriores de Fonz de Tanya (anacrónicos, por cierto, de flojera, vaya) y la turba infantil que pedía firmas y nos deshacía el corazón y el ego con su ternura desbocada. Voy a ser breve. No puedo relatar todo lo que se habló y se hizo; todo productivo y aleccionador. Un buen encuentro.

Nos fuimos a San Cristóbal de Las Casas en coche, entre neblina y charla rica, entre poesía multiforme. Pasamos por el Sumidero como quien pasa por el espejo y descubre que el reflejo es, en verdad, lo mismo en su calidad de otro.

Ya en Sacris (como se le dice), en la reserva la Albarrada (otra forma de llamar a paraíso, melancólico paraíso que nos recibió como si de veras nos lo mereciéramos) otra lectura. Y en la primera mesa, Marco Fonz, hizo lo que más tarde definiríamos como “La Fonztemiña”. En el estrado retó, abiertamente, a seguir la discusión con Paniagua y Balam; y luego, a mitad de la lectura, cuando todavía no pasábamos todos a leer, que anuncia a voz en cuello que se va. Otro compromiso, dijo. O sea que, ahora me ves (y te incito a la polémica) y ahora no me ves. Acto seguido: el poeta Segio Loo, también a voz en cuello, “es una falta de respeto irse así, nomás de ganas”. Y yo, “no se vayan que va a haber café y hasta pan dulce”, y hubo.

Explico. En primer lugar y dicho con todas su letras, me parece que si uno se anda quejando del sistema, de los encuentros y quienes asisten a ellos, no se asiste, así de simple. Desde el otro lado, desde la disidencia verdadera, uno puede hacer lo que se le dé la gana. Y luego, para clarear más mi postura, uno no puede invitar a una fiesta y no abrir la puerta o echarse a correr. Finalmente creo que las discusiones sobre literatura tienen que ser necesariamente de lo literario. Esa noche en San Cristóbal hubo un par, acaloradas; buenas discusiones de disentir y poner el poema, digamos, por delante. Lo otro no tiene sentido y me da, por decir lo menos, risa o flojera. También hubo canciones esa noche, casi todas comandadas de alguna forma por la autoridad en la materia: Luis Téllez-Tejeda, que por cierto leyó esa noche fuera de programa, nomás que otros no anduvieran presumiendo marginalidad.

Así, hermanados por lo indeseable, pero también por el paisaje chiapaneco inundado de poesía, sentimos que algo pasó en aquel encuentro. Algo de carruaje sucedió en esos días que nos movió de alguna forma, estoy seguro, a todos los que ahí anduvimos, leyendo, escuchando, haciendo sordos oídos y compartiendo el pozol y la butifarra (embutido chiapaneco de nombre ad hoc).

Esto no es (al estilo Duchamp) una mirada literaria; es una muy breve reseña de lo que allá en Chiapas pasó con el pretexto de un encuentro de poetas. Gracias a PoéticArbitraria por la invitación. A los asistentes, también, por la hermanada: Juan Carlos Cabrera Pons, Sergio Loo, Arbey Rivera, Fabián Rivera, Marco Morova, Luis Paniagua, Julio César Toledo, Raúl Vásquez, Ulises Córdova, Julián Herbert, Fernando Trejo, Balam Rodrigo, “Marco Fonz de Tanya”, Mario Alberto Bautista e Iván Cruz Osorio.

Julio César Toledo

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