Cómo se pasa la vida*

Hugo Montaño 7 comentarios

Escribiré sobre un libro hallado en 1996, en la desaparecida librería de la Unach, en el edificio Maciel. Me estrenaba como profesor del “Colegio de Niñas”, y mi primera quincena la gasté en libros. Uno en particular llamó mi atención, por dos razones: el precio (25 nuevos pesos) y el autor, Ricardo Garibay. No me era desconocido. En mis encerronas en la Biblioteca Central de la Unach me había despachado Garibay entre líneas, Aires de blues, Fiera Infancia, y la novela que terminó por revelarme su estatura como narrador: La casa que arde de noche. Adquirí el ejemplar editado por la UNAM, para descubrir que era la recopilación de textos de su columna publicada en “Diorama”, suplemento cultural de Excelsior, que llevó por nombre Cómo se pasa la vida, el título del libro. Hasta hoy lo conservo entre mis textos favoritos, ha soportado cuatro mudanzas y una guerra intestina, y cada vez que estoy extraviado acudo por un consejo entre sus líneas.

Cuando me vi en la inevitable necesidad de escribir, busqué un “continente” donde verter “eso” que se… Click to Tweet

Cuando me vi en la inevitable necesidad de escribir, busqué un “continente” donde verter “eso” que se aglutinaba en mi cabeza. El formato de Garibay me gustó porque era ágil, misceláneo e irreverente; la válvula de escape ideal para contar crónicas breves pero con punch. No sería sencillo pero tampoco imposible. Luego caí en la cuenta de que estaba a millones de años luz de ser como Ricardo. Después de ese primer exorcismo, abandoné la idea. Salí con rumbo a la biblioteca de la Unach, bajé hasta donde estaban las máquinas de escribir, tomé unas hojas abandonadas con tachones a diestra y siniestra, y me puse a teclear lo que vendría a ser mi primer brevario o memoria, mi propio continente delimitado por 27 líneas a doble espacio, y 64 golpes. Era un diario donde se cruzaban testimonios propios y ajenos acontecidos en el trabajo, la escuela, mi cuadra, en la ciudad, que irremediablemente terminaban vinculados a la literatura, quizá por deformación universitaria, y que años después se convertiría en la Dichosa manía de contar, parafraseando a un libro del Gabo. Ricardo Garibay es un autor que merece ser leído. No diré más de él porque no lo necesita. Hasta antes de hoy no me atreví a revelar mis exorcismos de estilo. Salto al vacío con el nombre de su columna para honrarlo, para agradecerle por los caminos revelados cada vez que vuelvo a él.

*Garibay, Ricardo, Cómo se pasa la vida,
DGP-UNAM, México, 1990. 353 pp.

7 Comentarios
  • Marco Antonio Morales Urbina

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    Cómo se nos pasa la vida… Pregunta tácita o explícita. O una simple motivación del sentimiento acodado a flor de piel. Garibay no solo es una excelente recomendación sino una grata revelación. Se podría decir que se nos pasa la vida entre las líneas que recorremos, de libros que leemos o deseamos leer. Gracias por compartir, telescópico astronauta sideral.

  • Rockector Panadero

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    Como siempre mi estimado TÍo Cósmico, es un gusto leerlo en cualquier parte, siempre hay algo nuevo e inspirador para mi, que encuentro en sus líneas. Que gusto me da haberlo encontrado en esta gran línea llamada vida, y haber hecho pan juntos…

    Un abrazo harinoso Maestro.

  • Hugo

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    Cómo se pasa la vida así, tan callando… Saludos, maestrazo Marcos. Abrazos desde acá hasta allá, donde vos.

  • Hugo

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    Maestro Shido! Pues nos estaremos leyendo, entre líneas… sos un pan. Abrazos!

  • Ara

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    De aventura en aventura textual 🙂 siempre gratificante leerte Hugo

  • Hugo

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    Así es, Ara…celi? Soy un aventurero, qué otra cosa puedo hacer, si me fue heredado éste destino. Lo acepto, y llegado el día del recuento pueda confesar que viví.

    Abrazos!

  • Esthela

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    Maestro Hugo excelenete promotor de la lectura y el libro, leer tus cuentos es como si configuraras tu vida en las dimensiones del tiempo y espacio, convirtiendolo en coordenadas narrativas.

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