La diosa, los poetas, la muerte y un decálogo

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Un grupo de jóvenes entusiastas, poetas y paisanos míos, mantiene vivo, desde hace 9 años, el Festival de Literatura Carruaje de Pájaros. Tiene también un programa de radio con el mismo nombre. Ahora se proponen lanzar a la red inexorable una página de poesía, que será una nueva extensión de sus actividades. Para dicha página me solicitan, en la voz de Fernando Trejo, un texto con mi visión de la poesía.

Tras reflexionar un poco se me ocurre ofrecerles una entrevista que el poeta y crítico Juan Domingo Argüelles me hizo hace 15 años y que se integró a un libro de aparición reciente (Juan Domingo Argüelles, Diálogo con la poesía de Efraín Bartolomé). Del prólogo que JDA escribió para dicho libro me permito citar, como presentación, el párrafo final:

Conozco a Efraín Bartolomé desde la aparición de su primer libro y, desde entonces, hemos conversado sobre la poesía y sobre su poesía. Una buena parte de este diálogo se ha publicado en revistas, suplementos y secciones culturales de diarios, prólogos y epílogos de libros y cuadernos de homenaje. En 1997, bajo el sello del Instituto Mexiquense de Cultura, reuní algunos momentos de este diálogo y los publiqué con el título Diálogo con la poesía de Efraín Bartolomé. (Su primer editor fue nuestro común amigo y también poeta Félix Suárez.) Dieciocho años después, próximo a cumplir Efraín Bartolomé 65 años de edad y 33 años de la publicación de Ojo de jaguar (a mitad del camino de la vida), retorno a dicho libro, lo corrijo y lo amplío para que nuestro diálogo siga siendo parte de la conversación con los lectores de Efraín Bartolomé y de la poesía.

Además de corregir alguna tenaz errata, agrego muchas páginas a la conversación y no pocas a este prólogo, y el epílogo. Es un libro nuevo, aunque siga siendo el mismo. Para decirlo mejor, es el mismo árbol con nuevas ramas. Tengo que agradecer a Efraín Bartolomé estos años de diálogo con él y con su poesía. Estoy seguro de que no pocos lectores le agradecerán también este río de palabras que es un diáfano afluente que nos lleva hacia el río mayor de su poesía.

Con mi admiración por su entusiasmo y deseándoles la mejor de las suertes, les envío este documento. ¡Va por ustedes, amigos de Carruaje de Pájaros!

Efraín Bartolomé

Entrevista a Efraín Bartolomé
Juan Domingo Argüelles

En San José, California, Estados Unidos, el poeta mexicano Efraín Bartolomé (Ocosingo, Chiapas, 1950) recibió el International Latino Arts Award en el campo de la literatura, reconocimiento con el que la Mexican Heritage Corporation se propone “afirmar, celebrar y preservar la rica herencia de la cultura latina a través de la promoción de las artes y la construcción del avance social y el desarrollo económico de la comunidad en Estados Unidos”.

Esta asociación cultural eligió en el presente año a Efraín Bartolomé, en virtud de una vida de logros en el campo de la poesía, pues su propósito es “honrar la excelencia en los campos de la literatura y las artes visuales, teatrales y del espectáculo”. Otros galardonados son el director teatral y cinematográfico Luis Valdez y el actor Cheech Marin.

Bartolomé es autor de Música solar, Cuadernos contra el ángel, Música lunar, Corazón del monte y Partes un verso a la mitad y sangra, entre otros títulos de poesía que están reunidos en el volumen Oficio: Arder, que recopila toda su obra poética, escrita entre 1982 y 1997 y que vio la luz en 1999 bajo el sello de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El año pasado su libro Ojo de jaguar se publicó en una edición bilingüe (español-inglés) en traducción de Asa Zatz, uno de los traductores más importantes que ha vertido al inglés a los más destacados escritores latinoamericanos.

Este nuevo reconocimiento a la poesía de Efraín Bartolomé se suma al Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía para Obra Publicada Carlos Pellicer y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, entre otros galardones que ha recibido a lo largo de su trayectoria.

En la presente entrevista, Efraín Bartolomé se refiere a sus más recientes libros y expone y enfatiza los elementos de su vocación lírica, su carta de creencias, su fe en la poesía y su decálogo ético y poético.

En 1999 publicaste, en una edición especial de corta tirada, en Chiapas, el gran poema elegiaco “La casa sola”, ¿cómo y a qué hondo sentimiento responde?

Responde a mi segundo encuentro con la muerte. La primera vez fue la pérdida de la mujer amada, justo a la mitad del camino de la vida, a menos de un mes de cumplir 35 años y con la vida marchando del lado luminoso de la calle. En este segundo caso fue la pérdida de la madre. Dicho de otro modo: me tocó perder primero la Luna llena y después la Luna menguante. No me gustaría estar vivo cuando ocurra la pérdida de la tercera Luna: la Luna creciente, que sería la joven concubina… o la hija, en ese orden oscuro de violentas probabilidades. Pero eso sólo lo sabe la Vida.

Aquella primera vez, la experiencia me agarró y me dejó mal parado por un buen rato. Nunca se está peor preparado para la sombra brutal como en el deslumbramiento del mediodía. Y te decía que mi vida marchaba por el lado luminoso de la calle: vida profesional y académica en plena ebullición, dos hijos de 10 y 8 años en ese momento, mis primeros libros de poesía, los premios importantes para un poeta joven, el entusiasmo de los lectores. Y enseguida anochece. He dicho que fue un encontronazo y eso fue. Un choque, una artera pedrada en el sentido, un golpe prohibido, un fault… Literalmente fue la pérdida de la inocencia. Pero eso me hizo ver con más claridad el corazón humano. Por primera vez estuve ante la Duda en serio. Dije alguna vez que fue como un especie de trauma del nacimiento a la vida plena. Recordarás que ese episodio generó mi libro Cuadernos contra el ángel, y definitivamente enredó la madeja de mi vida. Ahí algo pasó. Lo han notado los críticos, los poetas, los amigos y los lectores. Ese fue el paso previo a la toma de conciencia sobre el papel del poeta en la tierra. Cognición y estado emocional que generó Música lunar: Con ese libro se generó también una visión y una sabiduría más plena para aceptar la muerte.

Y en esta nueva condición me halló el segundo encuentro: ocurrió a un año y medio de cumplir 50 años, sintiéndome en plenitud de facultades, con una capacidad mucho mayor para mirar de frente la realidad. Eso, seguramente, genera ese estado de dolor sosegado que a su vez dio origen a La casa sola.

¿Tuviste presentes los antecedentes de la tradición en este sentido cuando lo escribías?

El poema lo escribí en los nueve días posteriores al deceso de mi madre amadísima. Y en esas condiciones psicológicas uno sólo tiene trato con la herida. Se está en ese estado de hipersensibilidad narcisista donde cuesta trabajo ver incluso el dolor de los más cercanos. Pero yo podía verme y ver a los demás. Mi madre, como gran matriarca, dejó una larga cauda de dolientes aparte de su familia directa. Y todas las manifestaciones de dolor de esos dolientes me impresionaban hondamente. Y comencé a escribir. Creo que es un cuaderno de bitácora de esos días. Pero volviendo a la pregunta: en ese estado de alma, en ese estado de hiperestesia sombría, se borra toda la tradición y queda sólo el alma viva. Alguien, y creo que fue Unamuno, dijo que eso es la cultura: lo que sabemos una vez que olvidamos todo lo que hemos leído. En ese estado escribí el poema: con el alma viva que tiene como sedimento una tradición asimilada.

¿Qué lugar ocupa en tu obra este poema y cómo lo definirías?

Es el primero de un nuevo punto en la espiral. No sé adónde me lleve. Es lo primero que publico después de Oficio: Arder, la obra poética que va de 1982 a 1997. Fue otro libro necesario e ignoro como se integrará en el cuerpo general de la obra. Pero igual que la lengua en la cavidad bucal, o el corazón en su cárcel rojísima, los poemas como los órganos internos saben encontrar su sitio sin la intervención de nuestra conciencia.

“Una poesía lírica debe ser extraordinaria o no ser”. Lo dijo Gottfried Benn y tú lo certificas. ¿Qué es el ser extraordinario de la poesía?

Una construcción verbal que merezca llevar el nombre de poema ya es, sin más, una cosa extraordinaria. Es lenguaje que, no obstante estar hecho de palabras comunes, se ha apartado del uso corriente y se ha cargado al máximo de su potencialidad significativa. Dice más que lo que alcanza a decir su “explicación” en prosa. Es una alta y excesiva cosa comunicante. Hay una magia almacenada, hay un poder estético en ese artefacto verbal. Y su fuerza extraordinaria se mide por su capacidad para hacer detonar en el alma de un lector aquella emoción que lo originó en el alma del poeta. Literalmente las palabras del poema saltan el tiempo y son invulnerables. Mientras más viva esté en mí, como lector, la cólera de Aquiles; mientras más conmovedora me resulte la belleza de Helena, mientras más me duela la inaccesibilidad última de Beatriz o de Diótima, mientras más indescriptible sea el nudo en la garganta y más alta la angustia y el poder de atracción de la Belle Dame sans Merci, más alta es la fuerza lírica del poema que me estremece.

Mientras hablaba ahora, me imaginaba una lira real, el instrumento antiguo. Imaginemos una, construida entre las astas de un ciervo. Una rama es el poeta, la otra el lector. En medio está el poema: las cuerdas de la lira. Si la lira es buena se pondrá al margen del tiempo: resistirá su paso. Y por sus cuerdas se transmitirá la emoción viva. Un poeta demanda el lector que merece: aquel espíritu afín que contribuye a que la lira vibre. Dicho de otro modo: el lector, tras haber leído el poema, tras haber pulsado las cuerdas de la lira, experimentará una emoción lo más parecida a aquella que generó el poema en el poeta. Por eso se dice que la emoción es siempre previa al poema en el poeta, y es siempre posterior al poema en el lector. Sin emoción no hay cuerdas y sin cuerdas no hay lira.

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