En el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra

¿Qué es lo primero que recordamos de la lectura de Don Quijote de la Mancha? Seguramente todos coincidirían que es el siguiente párrafo: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero…”. Este es, acaso, si no el más memorable inicio de obra literaria alguna en el mundo occidental, sí el más rememorado, el más citado, el que millones de lectores han hecho suyo.

Otros, recordarán comienzos para su gusto mejores o igualmente inolvidables, como por ejemplo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…” de García Márquez en 100 años de soledad. O bien: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera…” de Juan Rulfo en la novela homónima. ¿Pero, por qué la empresa de un hombre posterior a la Edad Media, sigue llamando poderosamente nuestra atención y sigue derramando su sabiduría entre nosotros? Hay quienes comparan, y es afortunada esa analogía, el poderío narrativo de la obra maestra de Cervantes con la Biblia.

En la vida hay, y qué bueno, Quijotes en todos los órdenes de nuestra cotidianidad. Sanchos Panzas desatados y enfurecidos, Caballeros andantes y escuderos intrigantes, deshacedores de entuertos y gobernadores de ínsulas baratarias…

El mismo hecho de que yo esté aquí ante ustedes, y que ustedes me honren escuchando estas divagaciones sobre el genio de Alcalá de Henares, prueba que Cervantes está más vivo que nunca. Este año, pues, celebramos dos de las fechas más significativas de la cultura universal, me refiero a los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547 – Madrid, 22 de abril de 1616; y William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, c. 26 de abril de 1564 – 3 de mayo de 1616). Para sus respectivas lenguas, el castellano y el inglés, representan la más alta cima de la literatura, además de que fueron prácticamente contemporáneos. De hecho, se sabe que Shakespeare leyó alguna copia en inglés de El ingenioso Hidalgo. Dense cuenta de la extraordinaria dimensión que significan estas datas para nuestra cultura.

Pero, volvamos al Quijote: Loco de lectura, loco de libros, obseso de erudición, amante de las historia de caballería, Cervantes el alter ego del Quijote, o Don Quijote el alter ego de Cervantes, funda la épica de la novela y la hace arquetipo moderno como hasta nuestros días se conoce, variaciones menos, variaciones más… Novela total, Don Quijote de la Mancha es, además, enseñanza moral, experiencia liberadora del alma, psique desatada y promotora del libre albedrío, acto insobornablemente volitivo, así como narrativa cuestionadora del establishment. Si historia de amor, Dulcinea del Toboso, moza fogosa y ardiente, carne y deseo, pero también amor cortés; si empresa contra los molinos de viento, metáfora de la lucha contra el Poderoso, ese Leviatán despiadado que nos ha robado el gobierno de nuestro propio destino; sí periplo épico o errancia sin fin, la aventura más bella de la libertad que jamás hayamos leído. Hablo de la verdadera libertad de ser uno mismo, de arrastrar los peligros de un mundo hostil que nos considera locos, quijotes de humo. Vaya, libertad fecunda para construir y aterrizar nuestros sueños.

Las virtudes del héroe quijotesco son vastas pero puestas en plena tensión: valiente pero caballeroso, amador y anárquico, soñador, aventurero empedernido…etcétera, etcétera. ¿Quién de nosotros no ha soñado alguna vez ser alguien así? El Quijote nos enseña que no hay más mundo, que el que hacemos con las manos de nuestros anhelos y ensoñaciones. Por eso la empresa de Cervantes tiene un peso más subversivo y liberador que los volúmenes juntos de El capital de Carlos Marx, pero además aventaja en prosa, poesía y épica de la más alta floritura que haya dado el lenguaje.

El Ingenioso Hidalgo simboliza eternamente, pues, nuestro deseo irrebatible de rebeldía, de espíritu forjado en la fragua de la cultura popular y libresca, donde halla su espacio y justificación definitiva. Cervantes siempre querrá decir Quijote, Ingenioso Hidalgo o Don Alonso Quijano, así como Antonio Conselheiro o Mayta son Mario Vargas Llosa, Pedro Páramo es Juan Rulfo, Aureliano Buendía es Gabriel García Márquez, Opiano Licario es José Lezama Lima, Adán Buenosayres es Leopoldo Marechal, Palinuro de México es Fernando del Paso.

Escritor y personaje, escritor y obra, que tienen su origen en la idea de que todo héroe está obligado a enfrentar su destino sin evasión posible, a asumir su lugar en el mundo. Y en el mundo de ustedes, queridos amigos: ¿Qué lugar ocupa Don Quijote, qué lugar Cervantes? Si El Ingenioso Hidalgo sigue durmiendo y postrado en algún lugar del librero de sus casas, yo los invitó a liberarlo. O bien, si vive latiendo cada día, manténgalo como una obra de consulta, conversen diariamente con sus personajes.

Todos los días leemos, inevitablemente, basura, basura en los medios de comunicación, basura en las redes sociales, basura en muchas conversaciones; basura en los mensajes políticos, basura en las relaciones humanas. Basura, basura, basura. ¿Cuántos de ustedes han regresado la curiosidad atenta y festiva de vuestra mirada a la obra de Cervantes? Dejemos la basura en su sitio y volvamos al camino de la belleza, de la sabiduría de la vida. Ni desmesura, ni incomprendida incorrección, simplemente amor por la lectura.

De niño, recuerdo que inicié mi primer acercamiento a Don Quijote, con fragmentos, crestomatías y digestos, muy accesibles para adentrarme en la prodigiosa novela de Cervantes. Posteriormente, me la endilgaron como lectura obligatoria en secundaria y bachillerato. Pero no fue sino hasta que ingresé a la universidad, que acometí la empresa amorosa de su lectura. Allí encontré muchas respuestas para viejas preguntas, mucha belleza colorida sobre tanta mediocridad o gris banalidad de otros libros que me rodeaban… belleza como estos versos. Porque si de algo también está lleno Don Quijote, es de poesía: “Busco en la muerte la vida, salud en la enfermedad, en la prisión libertad, en lo cerrado salida y en el traidor lealtad. Pero mi suerte, de quien jamás espero algún bien, con el cielo ha estatuido que, pues lo imposible pido, lo posible aún no me den…” Dice y dice bien nuestro Mario Vargas Llosa, que el gran tema de El Quijote es la ficción y la vida, y tengo para mí que cada una está amalgamada en la otra y sin posibilidad de desatarse.

En Don Quijote están todos los avances de lo que ahora en pleno Siglo XXI llamamos pomposamente la “novela moderna”: Narrador omnisciente, omnipresente, poiesis (hacer o crear), desdoblamiento de personalidad; ficción y realidad, y todas éstas características jugando –digámoslo así–, un partido de fútbol imaginario entre el Barcelona y el Real Madrid. La novela dentro de la novela, el análisis tipológico, el contexto social, la multiplicidad de voces narrativas, la negación de la autoría de Cervantes y su dilatada aceptación y un largo etcétera, etcétera.

Quien quiera hallar gastronomía y costumbres, juegos y rondas, hidalguías caballerescas, amor cortés, amor putanesco, risa desmedida, tristeza sin término, las hallará en El Quijote. Y el sueño no cesa de repetirse: aún en su lecho de muerte el Ingenioso Hidalgo, sigue revelándonos los valores de la condición humana, la extrema precariedad del hombre que fallece, como el Cristo de nuestros mayores, con el lanzazo en su costado, pero que va resucitando cada día el sueño de la libertad que no podrán arrebatarnos nunca. Yo no quisiera demorarlos más y, en cambio, concluir esta dilatada exposición ante ustedes con unas sinceras palabras, que espero también ustedes hagan suyas: Has muerto, quisiera llorarte abuelo Quijote, sin embargo prefiero no aplazar mi mayor dicha, la de seguirte leyendo. Nadie podría afirmar que tiene una eternidad para leerlo.

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