Cinco poemas de Juan Carlos Cabrera Pons

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Juan Carlos Cabrera Pons (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1986). Estudió la licenciatura en Literatura y Ciencias del Lenguaje en la Universidad del Claustro de Sor Juana y la maestría en Estudios Culturales en la Universidad Autónoma de Chiapas. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Mérida 2008; en 2010 fue becario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico (PECDA) que otorga el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (Coneculta-Chiapas); actualmente es becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) en el área de poesía.

Ha publicado los poemarios Cuatro piezas danesas (Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, 2008) y Poemas póstumos de Lontano Pereyra (Secretaría de Cultura del Estado de México, 2015). Administra y escribe para el blog de cultura y futbol The Cambridge Rules (www.lasreglasdecambridge.com), y forma parte del grupo de investigación “Deporte, sociedad y cultura” junto a investigadores y académicos de diferentes instituciones de México.

Poemas

II

Para Yamín Donohue

La última tarde que te vi, inventaste para nosotros
un juego de matar y de morirse:
me tomaste de la mano y me guiaste, atado por tu más pronta presencia,
a la más poblada orilla de la calle (es cierto
que las calles son de todos, pero todos fueron nuestros esa tarde)
y eligiendo, de entre todos, los mejores, preguntabas por cuáles moriría.
Yo te regalaba aquellos que, en el más frágil segundo de presencia,
más dignos parecían de tu pregunta. Entre risas juguetonas impediste
que nadie en vano se llevara nuestra muerte y de la plaza al metro me guiaste
jugando ya a matarme, ya a morirme.

Después comprendí que llovería
y hay cosas que jamás te dije. Era la última tarde para verte,
mas no hubiera podido yo saberlo
mientras proponías esquinas y semáforos en la más poblada arteria
de la vida. Hay cosas que jamás se dicen. Es cierto
que jugando somos, que sólo acaba lo que acaba con el juego,
que nada hay más allá de los que juegan. Entonces no importaba,
y cuando la lluvia lavó los últimos vestigios de tarde aquella tarde,
habías muerto por tan grandes almas,
que el mundo entero comenzaba a parecerte
un indigno portador de vida. Era la tarde el comienzo de la lluvia
y una noche húmeda y muy sola presagiaba el cielo. Es cierto
que la realidad es una máscara, que las cosas sólo son porque jugamos
y todo lo que no se dice.

Porque estábamos solos, porque estábamos solos,
lo recuerdo. Me despedí de ti en la estación primera
y hay cosas que jamás te dije.
En el vagón se afirmaba una pareja: ella
lo tomó del cuello con sus brazos para plantear un roce notorio, y yo,
que nada habría de recordar en su cintura y el comienzo de sus piernas,
me contuve. Pero triunfó la noche
con su cama solitaria y sus arrullos, y se me vinieron las cosas que daría
por que rodeara ella mi cuello con sus brazos
y me quedé mirando la oscuridad entre mis ojos y la lámpara apagada.

Por que rodeara mi cuerpo la noche con sus sombras,
por todo lo que la noche tiene de moreno y voluptuoso,
hubiera dado aquella noche que hoy me falta. Hay cosas
que jamás te dije, las cosas que decir no me importaron.
Es cierto que jugamos al callarnos, como callan
las máscaras colgadas en paredes,
y en la noche tu ausencia colgada en la pared
se me figuró la muerte de todos aquellos por los que esa tarde nos negamos,
de todos por quienes «no» dijimos cuando muy elevado era nuestro precio,
y todo lo que no te dije.

Es cierto que jugamos al callarnos, es cierto
que jugando somos un arrullo, un no decir del todo. Hoy
daría las calles y sus ruegos por escucharte decir que sí a ninguno
y preguntarte por aquel que operaba las preguntas y, ciertamente,
por caer yo sobre tu cuello como con pasos leves pero repetidos,
sobre tu pecho y muslos. Es cierto
que la noche es corta, pero cómo parecen alargarse sus piernas sobre la ciudad
y cómo traen sus manos un arrullo que resbala desde el cuello si callamos
y cómo nos obliga ya a morir, ya a darle muerte
y todo lo que no se dice.

 
IV

When the seagulls follow the trawler, it’s because
they think sardines will be thrown into the sea. Thank you
very much.
Eric Cantona

Para Olga Gria

Detrás del velo riguroso de las cosas, en la orilla de mirada
que se escapa de mis ojos o en el gesto de un pariente muy lejano,
muerto siglos antes de mi muerte, la muerte
me fue llamando. Aunque nunca la escuché
de cierto, pues cada vez que entregaba mis oídos
al pulso constante de su ruego, su rumor precario desaparecía
como se pierde un sueño al recordarlo o como se escapa
el instante al retenerlo. Y sin embargo estaba ahí
llamándome, diciendo tu nombre para provocarme, y yo la presentía
como se presiente el instante que prosigue. Fue por eso,
por ese continuo impulso de silencio, que junté hombres y remos
para darme al mar.

Detrás del velo riguroso
de la permanencia, la muerte me fue llamando, y yo la pretendía
como pretenden a la oscuridad las cosas
cuando apagamos la lámpara en la noche. Era la noche
el comienzo de la muerte, era la noche y un lento
y ondulante río, como si todos los instantes precedentes
en un continuo instante terminaran, abrió el roce de su falda en la ciudad.
Y yo junté botellas y papeles por dejarme
al húmedo discurso de su paso
como se dejan ir las sombras a la sombra o como se ocultan
las cosas un instante
tras el nombre que les corresponde. Fue por eso, por ese riguroso
y tácito silencio,
que junté hombres y remos para darme al mar.

Detrás del velo
riguroso de la luz, estricta generosidad de lo visible, dilatado,
diurno manto de la historia, ni distancia ni contacto, el agua, nunca
igual a lo que ha sido, siempre
diferente de sí misma, me fue llamando hacia un recuerdo
que confundo en la memoria. Esta condena
me impone: no saciarán mi sed
sus aguas cadenciosas, ni el retorno podrá satisfacerme. Esta
condena me place, pues no siguen
a los peces las gaviotas, sino al barco que se los promete, y reunidos
son ya mis hombres y mis naves
para darme al mar.

 
VI

Pero si el tiempo justo
–su balanza de seda milagrosa–
no depara fortuna a mis papeles,
dirás:
Nunca fui suya,
jamás entró sus manos en mis aguas tranquilas,
no me tocó al tocarme;
y además era feo:
su imagen aumentó mi astigmatismo.
Eduardo Lizalde

Para la misma

No persistió mi palabra en la distancia, no deparó fortuna
el tiempo a mis papeles. Jamás la amada se bañó en mis aguas turbias.
Manco y torpe, feo astígmata,
mi imagen alentó el olvido en su memoria. No deparó fortuna
el tiempo a mis papeles.

Para que mejor pudieran escucharla, cubrí sus oídos de antemano sordos,
pero ninguno supo distinguir su canto del agitado canto de las olas. Para mejor vencerla
caí en su oscura trampa cegadora, para mejor huir
até mi cuerpo a erecto mástil impaciente. La perdí para mejor buscarla,
para que las amarras en mi piel ardieran esa noche. Pero no deparó fortuna
el tiempo a mis amarras.

No persistió mi canto en sus oídos como su silencio en la palabra mía, no deparó fortuna
el tiempo a mi ceguera. Nadie sabrá que he muerto,
que si feo astígmata en vida anduve, doblemente ciega fue mi muerte. Pero lo triste
no fue que mis ojos lo cegaran todo,
fue no ser visto por ella que cegaba, dadora del astigmatismo. No deparó fortuna
el tiempo a mis papeles, ya nunca los lectores
sabrán de su ceguera.

 

VIII

Para Josué Francisco Hernández

Me dijiste que volver era difícil.
Hablo de la ciudad en que crecimos.
Nada mejor que invocar una ciudad común para acercar a dos espíritus afines.
De tus labios se elevaban nuevamente para mí sus perspicacias, el trazo irregular de sus aceras, el cielo interrumpido por sus muros,
las esquinas brillantes en las que aprendimos del amor y de la hombría, de la juventud y de la soledad.
En tus ojos resplandece todavía su mañana. La mañana,
esa eterna promesa a los sentidos.

Me dijiste que crecer era difícil.
Esta mañana te vi sonreír recordando la ciudad que nos saquearon.
La memoria ciertamente toma y da obedeciendo misteriosos protocolos.
¿Que tan cierto, que tan justamente ilusorio fue el lugar en que crecimos?
Me despedí de ti con la promesa del reencuentro. Cuánto habíamos ignorado
que la promesa es un pretérito infortunio, que es rota ya o cumplida al enunciarse.
Crecer es una traición inexcusable.

Estaba pensando en lo que fuimos.
La manera regular y acostumbrada en que nos despojamos de nosotros.
Se me ocurría que somos quizá un número finito de promesas.
Hablo de lo que somos,
de las promesas que dejamos de ser para convertirnos en la asociación de ahora,
de lo que inevitablemente tomó el lugar de lo que fuimos
y que nos define hoy como congéneres.
Estaba caminando y viendo pasar a los transeúntes.
Cómo eran diferentes nuestras calles, cómo igualmente inútiles, igualmente anónimos sus habitantes, qué poco había cambiado la ciudad
al ocultar las esquinas brillantes que entonces ignoramos.

No puede ya engañarnos. Hemos crecido sabios,
la hemos despreciado en otras, mirándonos en otros anaqueles. Dicen
que uno termina por volverse en lo que odia. Hemos también odiado a otras.
Muchas hay más cómodas para el amor y mucho más completas
para el odio. Qué fácil fue para nosotros despojarla
de los rincones ocultos que todavía somos y que vuelven hasta mí ahora
brillantes y definitorios. Las sombras contra la pared que fueron nuestras, las esquinas cotidianas que cruzamos sin mirar,
esa parte de nosotros que negamos y que no dejará de lucir en lo que fuimos.

No puede ya engañarnos. Somos lo que dejó de ser,
rincones de inútil servidumbre que alguien, quizá más afortunado,
decidió no rescatar. No podrá rescatarnos. Hemos crecido simples,
hemos aprendido a ignorar lo que perdemos.

 
XIV

Para Sivlia Sáez Delfín

Hermosa muerte la tuya, cosa contingente.
Venir a morir acaso a un mundo incierto, venir a morir
y sólo, llegar acaso. Y casi al más roce tuyo, innecesaria tú,
casi al más roce tuyo, te me revientas. Hermosa
muerte la tuya.

Se puso los ajustados jeans casi al más roce
de sus caderas y de tirantes la blanca blusa
aquella tarde en que se perdió. No estaba yo —a mí
cuando la casa dejó ahí me abandonaba—,
pero lo sé, porque la ausencia
es Él que me lo ha dicho, que sólo para ensayar
somos aquí venidos, para llegar acaso.

En el balcón aquél sembramos flores y plantamos
un en que oscilaba el mundo barandal. Aquel
de los que sufren canto subía reptando las escaleras nuestras,
como en ascenso un río, y colaba las por debajo de la puerta
fauces sediciosas suyas para se venir
a germinar en las del balcón macetas. Yo,
«te lo ruego —dije, por el mal implícito
tras la palabra bondad—, seré bueno contigo».

Llevaba amarillas las del balcón flores sobre la oreja
la en que me dejó tarde, luminosa, porque la culpa
es la más completamente necesaria parte
de la luz. Se postró
las de negra botas gamuza y,
sin yo verla, con ligero medró pie ajustadas
las en la piedras calle, y «para nos si acaso daño hacer
somos —decía me— aquí venidos».

Porque la culpa es Dios, Dios la mi casa, a mí
con cuando abandonaba nos sin la quedamos. Porque la ausencia
es Él, porque la ausencia. Tomó macetas un de los que sufren
barandal en ascenso el río, rindió
sus las del mundo fauces sediciosas mías y celebró
las con encaje bragas milagrosas y dos el ajustado veces
corpiño tarde la
en que la perdía. Por la maldad implícita
yo le rogaba, por la su contingencia, seré
bueno contigo.

Dejados los fuimos de que sufren canto
y el barandal posaba en generosa mano
y ajustadas las en banqueta piedras su y yo. Y ella
rompió una burbuja del parque con su dedo y dijo: «hermosa
muerte la tuya. Venir a morir acaso
a un mundo incierto, venir
a morir y sólo, llegar acaso. Y casi al más roce tuyo, sin tiempo
para nombrarte, casi
al más roce tuyo, te me revientas. Hermosa
muerte la tuya, como diciendo:
“no te me mueras”».

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