Ocho poemas de Julio César Toledo

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Julio César Toledo (Chicontepec, Veracruz, 1977). Egresó de la Escuela Dinámica de Escritores. Ha publicado los poemarios: Del silencio, Quicio, Suplencias para el nombre del padre y Esdrújulo animal. La obra de teatro Hombre, mujer y perro. Los libros de cuento: Los libros de la fatalidad y La vida a escala y el ensayo “Manual de auto depresión”. Obtuvo el Premio de Poesía El Búho; el Premio Nacional de Dramaturgia Joven UDEM, la beca de Latin american artist foundation en Nueva York y el Premio de Poesía Rodulfo Figueroa.

Poemas

Acrofobia
Sólo he vuelto a probar
ese temor que aguija en las rodillas
cuando
desde algún puente o azotea
miro hacia abajo y siento
irracional
esas ganas de llorar.

Me paralizo,
me hinco irremediablemente ante la fuerza de ese miedo,
me rebasa, se apodera
de mi respiración volviendo todo abrupto,
látigo que todo lo cercena.

Éxtasis de umbral:
oscilo,
veo mi condición mortal de frente y
(sólo así)
me siento vivo.

Empapado de sudor cierro los ojos
y bendigo.

Así fue la primera vez
-vuélvete, infancia, a la memoria-
que oí su voz.

La forma más violenta de sí mismo
Cuando ya no hay programas en la tele,
ni fantasmas, ni amigos, ni querencias,
como un terco e intruso segundero
aparece
aritmético asesino del silencio.
Sin disfraz ni cartel que lo acompañe,
sólo el puro corazón con sus latidos.

Para un horario estelar

I.-
Mientras vemos la televisión
callados y supuestamente atentos,
dentro de cada uno
hay pleitos, mordiscos o reclamos
que ya jamás serán.

II.-
De ocho a diez
ni recetas, ni concursos hacen desaparecer la rabia.
A las dos en punto
las noticias suman sangre a tu tristeza
– el hueco del estómago no es hambre–.
Las seis,
un melodrama ridículo de sueño.
Un estruendo breve que no mata pero nos deja temblando
llega en punto de las nueve.
El resto de la noche todo es repetición.

III.-
(Programa médico nocturno)
Qué me van a enseñar
a mí
de dolor
esos médicos de urgencias ensayadas
si yo llevo
una herida
en el costado
que se agranda y escuece con tu nombre.
Qué nausea me darán
sus capítulos de vísceras expuestas
si tus besos de mejilla revientan mis pulmones
regando pus
y hiel
en nuestra habitación
que hiede a morgue clandestina.
Me falta el aire,
las venas se me trozan irrigando tu veneno.
Colapso,
padezco un virus terminal que no se cura.
Como suero momentáneo,
placebo anhelado,
anuncian esta noche una película de acción.
IV.-
El actor toma la mano de la actriz,
la música eleva mil compases,
sus caras crecen abarcando la pantalla:
una lágrima indiscreta te humedece;
de reojo
miro.

Podrías decirme que la escena te conmueve
pero sabes que sabré que mientes.
Otra vez, en la casa, sólo el ruido de la tele.

V.-
(Ejercicio vespertino)

Sigues atenta la rutina
que como un emperador
dicta el tipo –amanerado– de la televisión.
Sudas con él.
Él te hace sudar como hace mucho no te vi.
Yo, finjo leer
sentado en un punto del sofá
donde te observo.
Lo sigues sin perderlo ni un segundo,
te interesas incluso en las banalidades
que dice sin reparo queriendo adornar la transmisión.

Llena el cuerpo
……….de pronto
una rabia de celos que me incendia.

Cuarenta minutos de efectivos movimientos
y yo
no soy capaz de retener tu atención
ni siquiera en esos días en que me empeño
como soldado raso
en hacerte
con minúscula guerra
gritar,
enloquecer
……….de furia brutal como la que ahora
—justo antes del siguiente comercial—
de mí se apoderó.

 

Me hubiera gustado nacer antes que tú,
madre.
No para llevarte ventaja en lo que sabes,
en lo que dijiste saber cuando
me humillabas
haciendo alarde de tu adultez o de mi tonta mansedumbre.
Nacer primero, ser más grande,
poderte dar entonces unos pocos consejos sobre amor.
No es que busque redención o un giro feliz a nuestra historia,
no por mí,
para guiarte como a un niño sin criterio por el mundo;
buscarte, a lo mejor, un buen esposo
que te hiciera sonreír de vez en cuando,
que no fuera mascota tan dócil como el tuyo.
En fin, violencia necesaria para el mundo.
Adelantarme a tu tiempo y tus errores,
lavar con jabón esa boquita
que gritaba furiosa en la otra habitación.
Domesticar el rostro ajado incapaz a la ternura
o la mirada doblando las cucharas del cereal.
Para que sintieras, sobre todo,
esta culpa rellena de coraje, para que tú me vieras morir a mí en tus manos
y ese mi último suspiro te viniera en pesadillas
cada noche del resto de tus días sin mí.
Para que cada tarde hubiera unos minutos
en que pensaras “pobrecito muerto tan solito”
y yo aquí trayéndolo conmigo
como si en vida lo adorara.
Me gustaría poder decirte las mentiras
que se urden con las canas de los viejos:
que yo sé de tu dolor y tus risas, que ese de allá no te conviene,
es mejor llorar a solas, que la pobreza como el hambre
a toda costa se deben ocultar.
Me hubiera gustado ser más grande que tú,
fungir en tu vida de infante desvalido
como adulto tutelar y verte
cometer tropiezo tras tropiezo.
Pero sobre todo, qué gusto de verdad me hubiera dado,
mirar como la vida,
con sus dientes,
espinas y aguijones
se fuera acomodando en tu almita, reventando con su pus tus cavidades;
incubando sus larvas de esperanza
para los venideros años en que a golpes
de pecho o de pared (es indistinto)
trataras de sacarte de adentro mi nombre,
y mi voz.

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