Seis poemas de Raúl Vázquez Espinosa

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Raúl Vázquez Espinosa (San Cristobal de Las Casas, 1981). Nació y trabaja en Chiapas. Estudió Literatura y Filosofía. También, estudió una maestría en educación. Da clases de Filosofía en el Instituto de Estudios Superiores Tomás de Aquino. Y ha publicado el libro colectivo Entre lo timorato y lo arrogante; así como el libro Dalton. Actualmente, prepara su primer libro de pensamiento filosófico.

Poemas

La tristeza patológica del Dr. Servando Becerra

Game of Thrones on HBO
…es menester cuidarse de una especie de
monismo teórico, muy de moda, fundado en
a) una confusión entre la cuestión ideológica
y la cuestión del poder y b) la hipótesis según
la cual el poder funciona, siempre y en todas
partes, con una misma y única gramática.
Eliseo Verón

Era un animal. Le habían dicho que no jugara a ganar. Pero él, el sabio, la profundidad, había decidido ladrar, morder, ser la escoria y la alegría; dejar que el cuerpo recibiera el castigo. Por eso pensó en dejarse morir. Como un perro enfermo y cansino. Pobre animal de torpe lengua, se decía cada mañana. Has creído en la voz de lo que ya ha sido, en la voz de lo que ha pasado. Todos los días se repetía a sí mismo, “y esta duda, herida en la cresta de la insignificancia”. Y el soliloquio duraba hasta el amanecer. Desierto, sin la lluvia, de ponerse a mirar o complicar, o dejarse caer, cortar la cuerda de donde se sujetaba y caer hacia una profundidad. Neurosis en la salud, dictaminaron, sin embargo. Pero él, el bien pensante Dr. Becerra, lo sabía, dentro de todo, en el arco de la guerra contra sí mismo, era la lucha por sentarse y esperar que el sueño hiciera su trabajo. Había dejado el cuerpo, para mirar dinastías y héroes; marionetas y guerreros. Dejó pasar el deseo, partir, desmembrar. El joven doctor Becerra, no dejó intactas las amarras, las cortó y calló tan rápido que nadie pudo sentir su ausencia.

Navegaciones
Lo primero que reconoció fue el miedo. La trémula razón de la incertidumbre. No había aprendido a volver, pero la tierra se amontonaba en sus pies. La sed que había sido su enemiga, ahora era el rumbo fijo de su vida; lo envolvía con la fuerza total del viaje interrumpido. Terco, apenas había emprendido el viaje y sabía ya el resultado, sin timón ni vela, torpe y ensimismado se dejó llevar por un agua sideral. Regresa, se dijo a sí mismo, vuelve a la arena, al diamantino contorno de las olas, el rosar del agua, sólo el toque calmo de la quietud. Vuélvete, a la deriva no sabrás del mundo. Pero, el buen Dr. Becerra, soltó los remos y entró al mar como un niño, reciente, tímido, casi una vocecita precaria.

Primera navegación
Esa noche decidí combatir contra su reflejo. He fracasado. A veces, pienso en mi derrota. El agua sideral apenas fue una sospecha. No me fue propicio el viento, mi embarcación ha dejado de bailar, ahora vaga a la deriva. Mis manos son una huella cargada de silencio. No he podido ver el mar en su misterio ni reconocerme en él; sólo la brisa es mía, sólo el rumor. Me queda imaginar el viento propicio, porque no puedo atraparlo entre mis dedos, ni caer en la profundidad de su abismo. Corta las cuerdas y déjame extraviarme al amparo de tu voz que sostiene el camino de los vientos.

La segunda navegación metafísica
No tengo el viento. Me he quedado en la orilla. Vacío, he roto los remos. No habrá segunda navegación […..].
No la habrá, no la habrá.
Los remos se han perdido, los he perdido. Las cuerdas siguen intactas.
Me han dejado los vientos […..].

No se ha despejado el cielo, el cuerpo ha perdido su lenguaje, ha perdido su lenguaje, la gramática que sostiene su filosofía; y el hombrecito atroz que juega a pensar el mundo, no sabe dónde hacerse a la vela; no hay viento propicio, no hay rumbo fijo ni pivote. No pude mirar tu rostro, no logré encontrarme en él; he perdido, no llegado a ti. El puerto será mi resguardo, mi escondite. Dejaré que la sed me enloquezca.

La sed del joven Dr. Servando Becerra: a la deriva

Flor: di a Miguel Hernández que he olvidado
sus tercetos, con íntimo decoro
(supones) y te apartas de mi lado

a sestear en la Mezquita Azul
de Estambul, mientras yo mi culpa ignoro
—ay, corola del Cruzeiro do Sul.

Gerardo Deniz

El agua es una variable, límites de la vigilia, turbulencias que los dedos no reconocen, ebriedades de la sed en golpes gigantescos. Hay un hueco que nace la indiferencia de mi boca, pálida, gris, lustral.

Territorios del desierto, es un mar antiguo que se rabia, un grito existencial que no quiere dejar de revolverse, un canto furioso que se niega, que se niega a callar, que se niega a regresar, que se niega a perder. Porque la sed es, al fin, una penetrante necesidad de beber.

A recorrer el orbe –insular destierro,
sin ti, que no has dejado en pie nada.
Y flor de sideral destello, por calles
que en su conjunto me dirigen a ti.
Hacia la luz nunca mediada ni resguardada.
Y el viento no silba, sin embargo.
Habré de callar esta voz que se agita.
Y sed, y hambre; pero sed colmada
de sonido. Y pensé en el universo dibujado
en el vientre incoloro del ocaso, porque romper
la imposibilidad, romper el hielo con mis labios
gritar el vacío de la rabia; y creer (lo sé, lo sabes)
que no hemos de abrir el tiempo, parásito de mi cuerpo,
el tiempo. Y quise mirar dentro del mundo, pero me quedé
a un paso de mirar el vacío, y me dijeron duerme
porque estas huellas no podrás seguir. Yo estaba
en busca de un momento imposible, pero toqué
el espacio y debió doler, porque mi barco
se perdió, entonces, entre la lluvia.

 

AXIOMA DE LA UNIÓN (AU)

Mi error fue abrir un día un libro.
J. M. Caballero Bonald

Uno de los libros más hermosos que he leído
fue publicado en 1952. Es un libro
escrito por Faustino Miranda. Abrí el libro
por primera vez y se quedaron conmigo,
nombres que son la irradiación de la botánica:

flor de chince (galphimia glauca)

………………..flor de la candelaria (epidendrum atropurpureum)

o

suelda consuelda (pedilanthus macradenius)
he vaciado de circos y retamas mi lengua, y dejado
tan solo aquello que me permite la comunicación.
Los libros, en cambio, se concretan entre jardines
y selvas; busco en ellos la tranquilidad, pero la tierra
no es propicia. He perdido mis propias huellas
en la tipografía antigua y polvorienta de mis libros.
Flor de chince, en vano busco deshacerme de ella.
Hay olor y miedo. Una voz, cierta morfología burlona.
Flor de la candelaria, casi una oración, un llamamiento
al ser de aquella ciencia que nombraban filosofía de la naturaleza.

En la página 129 de La vegetación de Chiapas,
en el volumen segundo, de 1952, se lee
que el matacucuyuchi
se “usa para matar el piojillo de las gallinas,
llamado cucuyuchi”. Hay sombras en las palabras.
Voz que oculta una cartografía anónima, arbitraria
dirán los lingüistas estructurales.
Palabras, asunto de los escritores y los magos;
los juegos y la filosofía. Asunto de conjuros
y clasificaciones, ritmos y caídas; profundidades
del dolor y el ensueño. Asunto de ciudades y monasterios.
De solapas, de bellos comentarios y dedicatorias.
Los deseos de un autor y su hermenéutica; las grietas
de algo que se deja atrapar. Los sueños de occidente
y mis propios papales mudos, malhadados, periféricos.
Renacimiento, la letra. En fin, los libros. Mis libros.
Ebriedad y sed, burlonas risitas traídas de Éfeso,
locus solus, cuarenta días, en el fondo todo es verbal;
todo busca su escritura, explicación, la caverna que no deja
de crecer, de alargarse. Sin embargo, Sócrates odiaba
la escritura. Pero Poggio Bracciolini, dice Greenblatt,
buscó el libro; el oculto libro que describía la naturaleza,
el universo, el placer. De Rerum Natura. El contagio
de la lectura. Mi contagio.

Levantó la vista. En el oleaje de su página
supo que el copista había escrito la sed
y el encierro. La pluma en la mano, el copista
adivinó el sueño. Supo de Epicuro y su jardín.
El copista, entonces, quiso ver al viejo filósofo.
El libro pensó, sólo el libro. Imaginó, entonces,
el nacimiento de la lectura, la personal, la íntima.

Uno de los libros más hermosos que he leído
fue publicado en 1952. En ese año falleció
Paul Éluard. Al mismo tiempo se publicó
su último libro Le Phénix. He juntado
en esa curva la voz y el miedo. Mi padre,
de quien heredé una pequeña biblioteca,
nació en 1952. Entre sus libros, llenos de mística,
narrativa e historia sefarditas, encontré dos libros
escritos en francés. Uno de Alfred de Musset
que hasta ahora no he leído. El otro, está de más
decirlo, de Éluard. Le Phénix, 1952. Originalmente,
esos libros fueron de mi abuelo. Cuando mi padre murió
heredé las palabras que lo construyeron.
Sus libros, sus huellas, sus ojos.
Quién fue ese sujeto que leía a Scholem
y la historia del hasidismo. Cada libro suyo que leí
fue recuperarlo de la muerte. En 1952
Éluard escribió

Je suis le dernier sur ta route
Le dernier printemps la dernière neige
Le dernier combat pour ne pas mourir

Soy el último en tu camino, mi padre arde
la gigantesca rabia de un corazón débil y pequeño;
y el romper y el morir, y dejar de ser de lo volátil
que fue, de la ingenuidad de su mirada, de sí mismo
en el dolor ramificado de la noche en que mi abuela,
y abuelo, abrieron la herencia y ese corazón rabioso
sangró, sangró hasta dejar muda su voz.
La última primavera y última nieve, mi padre
desnudo en el baño de una clínica terrible
ardiendo en la nieve del miedo, lividez
mortecina, frágil, un soplo, tan reciente,
un golpecito que no dejó ser
la última lucha para no morir.

Sus libros siguen conmigo. Somos de un polvo
……….de seres longevos o precoces. Muertos
que vinieron de un tierra imaginaria y atroz.
Mis muertos, soy ahora el custodio de su historia.
Sus libros son mis libros. Unidos. Generaciones
que han ramificado el miocardio y palabras, otra vez,
que no han sido dichas por nosotros, pero son nuestras,
vocablos recuperados, traídos de voces ajenas,
libros, sí; vivo rodeado de ellos. Mis muertos unidos
a mí. Leer ha sido mi patología, sin embargo.

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