Fragmento de Bartolito, de César Pineda del Valle

El maestro César Pineda del Valle, nacido en Pijijiapan, fue un académico dedicado a su profesión universitaria vinculada a su ferviente labor literaria que le permitió rescatar importantes trabajos de investigación que hoy se encuentran publicados en variadas antologías de Chiapas y del país.

Con una de las bibliotecas más vastas en el estado de Chiapas, el autor de Bartolito (Coneculta-Chiapas, 2002), logró consolidarse no sólo como un cronista o un narrador, sino como un poeta que erigió la cultura popular en su lírica, como un escritor de tiempo completo que legó a sus paisanos la posibilidad de reconocerse en las narraciones de su obra literaria.

Las fotos que integran este texto son del archivo personal de Socorro Trejo Sirvent.

Las fotos que integran este texto son del archivo personal de Socorro Trejo Sirvent.

El escenario
Fragmento

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Eran tiempos distintos, tiempos con todo lo suyo. Las calles eran como dinosaurios de muchos lomos, que enseñaban sus dientes de piedras negras y blancas, y sobre ellas los niños jugaban a los “encantados” en noches de luna llena.

Las serpientes y los tigres, en rara concurrencia, se aliaban para quebrantar el sosiego de una provincia ingenuamente candorosa, penetrando a veces hasta las calles más céntricas de aquellas pintorescas poblaciones.

Los pueblos eran como cuentas engastadas en el rosario del tiempo y el camino. Los rostros ojerosos de la gente señalaban el paso de los años que no dejan otra cosa que la nada, llevándose adelante la vana esperanza de los hombres.

Desde Arriaga hasta Suchiate, una vía de ferrocarril se tiende como si fuera un cadáver rígido sobre los pantanos y las charcas; una vía que constituye el movimiento mecánico y civilizado sobre el universo dormido de la costa de Chiapas. Un universo que día a día se desgastaba con el correr de los caudalosos ríos y el golpeteo de la sempiterna lluvia, hasta el grado de que los sapos y las ranas marcharon en busca de mejores lugares.

De selva y agua se forman parajes desolados, atesorando el misterio de sucesos que dejan sepulta la historia que no escriben los hombres que la saben, pintándola en el negro pizarrón sin fin ni principio del acontecer humano, que pocos miran por vivir en su desgana intrascendente.

No había por entonces carretera que señalara el paso del progreso; ni focos que, al dar su luz, hicieran germinar el interés por una vida más digna y más humana.

Todo daba la impresión de abandono y olvido; de quietud y monótono y sonoro palpitar de la vigile naturaleza. Los jóvenes se entrenaban en muda protesta contra la esperanza, a los vicios que exultan en la ficción, o adormecen la conciencia sin importarles el arribo de un nuevo día.

Sin embargo, el arrullo de la incansable marimba, en noches cuajadas de luciérnagas fugitivas, daba alas a la imaginación, en un marco trepidante, entre pies descalzos que levantan el polvo de los patios mal barridos con manojos de escobilla, bailando el “bolnchón” y el “rascapetate”, entre los alegres aplausos de una sudorosa concurrencia.

Aquellos atardeceres melancólicos, pese a que hacían su aparición los mosquitos y el jején, eran escenario apropiado para los cuentos de “aparecidos” y “espantos”.

La escasa comunicación con el mundo exterior agudizaba el ingenio de los costeños para domésticos chistes mordaces; el chisme picaresco, la burla sarcástica o el apodo certero. En esto último eran unos insuperables maestros. Común fue escuchar que al moreno lo llamaban “el Zope”; al gordo “el Pochotía”; al orejón “el Elefante”, y al de pocas carnes “el Huesitos”. Los había pintorescos, como “el Turipache”, “la Iguana”, “la Lagartija”, “Friega Quedito”, y otros. Todos ellos servían para salpicar de sabrosura los diálogos que, entre otras cosas, se matizaban con ese dejo de habitual ironía.

Los árboles llorosos por tanta agua gemían a la orilla de los caminos la desgracia de su soledad. El chirriar de las carreteras en su eterno peregrinar se confundía con el escándalo de las chachalacas y de las guacamayas multicolores.

La dureza de una tierra bravía dejaba paradójicos moldes en los alegres entierros de los amigos muertos. Velorios de festín que cerraban el candado del adiós con música de marimba y llantos estrepitosos que se mezclaban con las notas lúgubres de “Las golondrinas” o “Dios nunca muere”.

1 Comentarios
  • Manuel Morales Rivera

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    Infinitas gracias por compartir!!

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