Conversación con Fabián Rivera

Manuel Iris 0 comentarios

Fabián Rivera es un joven poeta chiapaneco al cual he visto en persona muy pocas veces. Tres o cuatro, quizá. Pero esas pocas ocasiones han bastado para saber de su bonhomía, su amabilidad y su permanente obsesión por la poesía. Siendo Fabián un poeta que además es periodista y un muy activo miembro del ambiente cultural chiapaneco, me ha interesado tener esta conversación con él y reunir algunos de sus poemas, para ofrecerlo todo a los lectores de Carruaje de pájaros.

¿Cuál es tu estirpe poética? ¿De dónde provienes como poeta?
Antes que cualquier otra cosa debo agradecer la consideración que tienes hacia mi persona y mi trabajo. Eres muy generoso, en verdad.

Sobre lo que preguntas, recuerdo que en la casa de mi madre sólo habían tres libros: Marianela, de Benito Pérez Galdós; El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, y una biografía de José Martí (la cual, por cierto, nunca terminé de leer; ahora el libro está perdido). Cuando me percaté de su presencia contaba yo 14 años de edad. Sin embargo, mi iniciación literaria comenzó poco después, antes meses antes de cumplir los 15 años. El fallecimiento del poeta Jaime Sabines. Entonces Internet no tenía el mismo nivel de difusión que ahora. Pensar en una búsqueda rápida del autor, a través de la Web, era imposible. Lo único que tuve a la mano fue el libro Uno es el poeta. Jaime Sabines y sus críticos, de Mónica Mansour. Entonces comenzaron a circular las acostumbradas esquelas para recordar al poeta. Las semblanzas. Reparé en que el autor era chiapaneco, tuxtleco, pues; pudo haber sido mi vecino y yo no lo sabía. En fin. Ahorré durante varias semanas para poder adquirir el famoso Recuento de poemas. El libro costaba 99 pesos en una librería que abrieron a dos cuadras de mi casa, la cual duró prácticamente nada porque, no está demás decirlo, en esta bendita tierra importa más juntar los pesos para un kilo de tortilla que para comprar un libro. Fue así como inicié mis lecturas. El Recuento fue el primer libro que adquirí con mi propio esfuerzo. Tiempo después encontré a Hermann Hesse y otros autores gracias a la biblioteca de un hermano de mi padre, mi tío Eduardo, la cual visitaba con bastante frecuencia. Era un espacio reducido pero en el que figuraba un nutrido estante que albergaba obras humanísticas. Mi tío sentía una gran afición por la lectura, la pintura y la ebanistería. Solía escucharlo trabajar hasta muy tarde, o los fines de semana, con una amplia variedad de herramientas para enmarcar reproducciones de pintores renacentistas, que él proyectaba con relativa fortuna y que, con el paso del tiempo, son una curiosa parte del patrimonio familiar en la casa de mi abuela paterna. Luego entonces, podría decir que mis primeros pasos están edulcorados con un poco de fortuna, herencia indirecta, curiosidad y una intuición muy particular, que me llevó a imitar a Jaime Sabines cuando me enamoré de una chica de mi clase, quien por cierto nunca (creo yo) compartió el gusto por los poemas que yo le escribía. Digamos que Sabines fue sólo el primer peldaño. Años después, el escritor y académico Mario Nandayapa coordinó un taller de poesía en las aulas del Centro Cultural Jaime Sabines. Mario nos presentó a Vicente Huidobro, César Vallejo, Oliverio Girondo, Pablo Neruda y a otros autores más que nos invitaron a reflexionar y a escribir febrilmente, a construir nuestro ego poético, a creer que la literatura era una posibilidad real para nosotros.

¿Cuáles son los temas recurrentes de tu poesía?
Es una pregunta ciertamente complicada. Inicié mis andanzas con la escritura de poemas de corte amoroso, tal como te respondí en la pregunta anterior. Cuando imité a Sabines, me incliné por escribir textos que referían a la ausencia del ser amado, y a la dificultad de ser aceptado, según yo, como alguien que tenía un talento pero que al final del día era un incomprendido. (Menuda ridiculez, ja ja). Posteriormente, en el taller de Mario Nandayapa me di a la tarea de experimentar con el lenguaje. De esbozar textos que sonaban bonito (porque no hay otra manera de calificarlos) pero que no decían nada. Sin embargo, me seguía preocupando el tema de la melancolía y la incomprensión. Con poemas de este tono participé en la Antología arbitraria de poetas jóvenes de Chiapas proyectada por Fernando Trejo y Luis Daniel Pulido, y publicada por Marco Antonio Orozco Zuarth en 2005. Recuerdo muy bien que, en aquellos años, mi impaciencia y mi ego monumental me hicieron escribirle a Trejo y decirle que el libro era un “elefante blanco”, puesto que diversas cuestiones (a las que yo era ajeno, por supuesto) impedían la conclusión del proyecto. Los editores me pidieron paciencia y, a no ser por esto, hubiera quedado fuera de la publicación por insolente. Pienso que ser excluido tal vez hubiera sido castigo suficiente para un chamaco imberbe, prácticamente inédito, que piensa que lo merece todo. Y es que, por desgracia, el mundo del arte y la cultura está lleno de personas generosas pero también de miserables. Y, tristemente, mucha de esta fauna nociva se gesta entre los jóvenes.

¿Cuáles son los mayores obstáculos que enfrenta un poeta joven mexicano que vive en Chiapas para realizar su trabajo?
En realidad no hay obstáculos cuando se trata de concretar un proyecto. Creo que el principal obstáculo somos nosotros mismos. Aunque suene a cliché. Tal vez el principal tope a la hora de avanzar sea nuestro ser cotidiano, ese que prefiere pasar un día completo atendiendo sus “redes sociales”, merodeando en la vida de los otros, en espera de lanzar veneno a la menor provocación para eyacular sus frustraciones. Ah, y también hace su parte, en cierta medida, el sistema corrupto en el que vivimos y que se infiltra en todas las esferas sociales, incluida la cultura. Sin embargo, en nuestra actual realidad globalizante, en la que contamos con información de todo tipo y es posible formarse en la materia que uno desee, sería un absurdo pensar que porque vivo en Chiapas tengo que ser necesariamente un escritor improvisado, que sabe más de bricolaje o ventas por catálogo que de poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, por decir un ejemplo. En la época que vivimos es imposible poner pretextos.

¿Consideras que la aparición de las redes sociales ha cambiado la dinámica literaria en México?
Las redes sociales son un medio de comunicación y nada más. Nos permiten, en el caso de la poesía, difundir la materia que nos compete a una multitud de ámbitos y personas. Esa es, en el caso de la literatura, la gran aportación de estas herramientas. La difusión y la promoción de estos materiales. Considero que plantear una poesía facebookera o twittera sería erróneo, en cierto modo; lo único que cambia es el formato, la manera de ejecutar los planteamientos literarios (por ejemplo, la economía del lenguaje), pero no debemos perder de vista lo que da sentido al arte en la práctica totalidad de sus expresiones: ser el reflejo de la condición humana, evocar sentimientos, provocar al espectador, al lector, quebrarlo, conmoverlo, que se libere con una carcajada, qué sé yo. En resumen: que el arte es un producto humano y no elaborado en serie, frío, automatizado, ausente de sentimientos. Ahora bien, por otro lado, habría que considerar los elementos propios de las nuevas tecnologías, como la hipertextualidad, la cual ofrece la posibilidad de establecer nuevos planteamientos de lectura.

¿Que opinión tienes de la poesía mexicana actual?
Desde el sur observo con agrado que la poesía mexicana mantiene, muy a pesar de toda condición, una constante producción que permite observar que el género muestra una salud notable y que sus búsquedas no se agotan. Creo que estamos en un momento muy especial, en el que debemos escribir desde una nueva sensibilidad, buscando comunicar al lector y no perderlo (o ahuyentarlo) con inútiles pirotecnias verbales ni fuegos fatuos. En el caso de Chiapas específicamente, autores recientes como Balam Rodrigo, Ignacio Ruiz-Pérez y Luis Arturo Guichard nos permiten un respiro si pensamos en que la poesía chiapaneca juega un papel relevante en México; en estos tres autores, creo yo, ha cristalizado un discurso sólido, lo cual se traduce en la obtención de importantes galardones nacionales internacionales, así como en una obra poética propositiva. Ese es el punto. ¿Qué proponemos como poetas, como escritores, tomando en cuenta los tiempos que vivimos? Otro tema importante es que en nuestro reducido ámbito, y a partir de la década de 1980, nuevas voces comienzan a despegar, para bien, y un ánimo de reflexión y debate se gesta y seguro se consolidará en los años por venir. Nos hace falta mucho eso. Reflexionar. Criticarnos. Autocriticarnos. No ser autocomplacientes ni autocompasivos. Mucho menos endogámicos. La poesía en Chiapas necesita plantearse en un contexto global, fuera los pleitos de aldea que nunca faltan. Imposible pensar, por ejemplo, en un movimiento en común. Creo, eso sí, en la construcción de individualidades que proyecten ideologías propias con un núcleo cimentado. Sin embargo, hay que hacer un ejercicio de franqueza y aceptar que aún nos falta mucho para poder destacar en el ámbito nacional, como sí (lo digo a título personal) lo hacen autores del norte y el centro del país.

Poemas

(piedra sobre piedra)

Mi madre colocó a propósito las piedras.
Transcribía poemas muy sencillos
de algunas viejas revistas,
igualmente sencillas, que su pobreza,
en ese instante permitieron.
Eran textos lozanos y pequeños
escritos sobre hojas del setenta.
“No es ésa la fecha”, me dijo,
“yo extrañé a tu padre en otro tiempo”.

Encontré sin rebuscar notas de amor
y cada trazo demostraba el desconsuelo.
Papá no estaba más en casa.
Prefirió abrir otros caminos.

Poco a poco se olvidaba
de aquel hombre que nos fue.

Poco a poco fue labrando
en otra piel nuevas pupilas.

Sé que mi madre colocó a propósito las piedras.
Y me leía cada noche mientras él no estaba.
Tocaba, cada noche,
una guitarra de papel y tan pequeña
al entregarme al Dios que me asignaron.
De plástico un sombrero,
unos cuantos artificios
que ayudaran a pararme,
a poner sobre la tierra
los pulmones necesarios.

Sé que mi madre colocó a propósito las piedras.
Para que comiences a tropezar,
me dijo ella sin decirlo.
Para que comenzara a tropezar
aún sin tocar tierra.

He caminado siempre
rumbo a la escuela de mis días.
Y el viento y la luz
siempre van contra mi cara.
Sin embargo el viento no me toca
y siempre que respiro
suelo abrir esa ventana.

Sé por ello que mi madre colocó a propósito las piedras,
porque las piedras son su escuela,
y una piedra de nacimiento, entraña el alma.

 

(paréntesis)

Pensé
en el juguetero lleno de polvo
que nunca me dio nada
(ni una sonrisa
queriéndome arreglar la cara).
Pensé en el pan,
en la taza,
en el humo que de su calor
se desprendía,
y en la cuenta
tras la cuenta de los días
junto a ella.

Pensé
en los vestidos,
en los chalecos que cosía
entre los gestos
que protegieron su añoranza,
sobre la silla que albergó
sus entrañas miserables e infinitas.

Pensé
en el día de su muerte,
en cómo dijo
sin mover un dedo ……….(un adiós)
en cómo dijo aquellos labios
que esbozaron, presurosos,
el asco de la vida
que vio derramarse a nuestro lado
con la belleza
de aquel vaso que se aguarda
y escapa a nuestro tacto
un día de sed
y de rupturas.

De En aras del silencio

A pesar de tener los brazos rotos…

A pesar de tener los brazos rotos, levanté los escombros de la casa.
Bastó un soplo, el pneuma universal de los antiguos para que la llama
ardiera desde adentro. Es ésta la naturaleza primaria de la lumbre.
Y así debe ser. No hay margen de error. No hay lugar para brazos rotos
cuando todo está por acabarse. Porque el mundo, sabes, se está yendo
al carajo. Sólo lágrimas sellarán el ardor de la casa rota. De nuestra casa rota.

 

Legado de la noche

Legado de la noche, cierta ocasión
vino un hombre de muy lejos.
Hablaba con sobrado gusto
de las tierras que sus suelas conocían.

Gentes y más gentes habitaban su memoria;
lenguas y más lenguas recorrían con honor
la enciclopedia de su boca. Cuántos países
no saludó aquel hombre bajo, hecho a la usanza
de un ser que no era el Dios que conocemos.

Océanos de ignorancia nos inundaban en aquella plática.
Aires y montañas agradecidos por servir
a las estancias de aquel viajero extravagante,
por ser lugares visitados en la íntima cartografía
de aquel hombre diminuto que vino de tan lejos,
que había hecho de las palabras
………………………………………su viento y su caballo.

Qué más puedo referir de aquel
que de tal forma
empleaba su lengua itinerante.

De aquel hombre que vino de tan lejos
ahora solo arden los recuerdos;
la pira de mis ojos ya lo evoca:

escribió firme como un ciego.

Habló con suavidad de las mujeres que su cuerpo
le dotó mientras viajaba. De la mujer que le enseñó
a vivir, y que ahora, desde otro aire, sí lo amaba.

Guardo para él esta memoria,
este retrato carcomido por los años.
De igual forma vino de tan lejos,
de igual forma se extravió en sus lejanías.

Antes de partir, al salir tras de la noche,
miró el tímido almendro que hace mucho nos cobija:

sus hojas, que apenas respiraban, le indicaron el camino.

Se hizo uno con las sombras.

 

Muro

Me pregunto si conviene recordarte,
si tu nombre merece entrar
en los terrenos de la historia,
si tus hijos o los hijos de tus hijos
deben saber que tuviste la osadía
de escribir versitos que no lograron
arrancarte tu dolor, piel adentro,
tristemente fueron reservados
para el polvo, y tú no lo sabías.

Dónde estás ahora
que nadie te recuerda
ni te nombra,
dónde la belleza
de tu primera juventud
malgastada entre la rabia del alcohol
y la vida por las calles
que ahora ya no existen
ni siquiera en la memoria.

Qué fue de ti,
qué pueden decirme
hoy tus derrotados músculos,
el pantano de su flacidez
que no sonríe ya,
sino que gruñe
como un animal herido.

A veces me pregunto
si conviene recordarte,
si debe mi mente mencionarte
y mereces que el polvo
te dé cobijo entre sus sombras,
triste silueta, burla de Dios
eres ahora
(coloca aquí tu nombre)
solo letras en la boca rota
de los muertos, eres tú.

Textos inéditos


Fabián Rivera (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 1984). Poeta, periodista cultural y editor. Autor de los libros de poesía En aras del silencio (2011, Secretaría de Educación, delegación Chiapas) y Para un altar en llamas (2013, Espejitos de Papel Editores, Puerto Rico). Ha colaborado en revistas culturales como Tierra Adentro, Alforja y Trilce. Es fundador de la plataforma artística Agencia Cultural de Chiapas y editor de la revista electrónica de poesía Vozquemadura.

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