Del amor y otras perfidias

Oro, tú me has cambiado por oro,
te has olvidado de los sentimental,
por un puño de metal…
Bronco

“Si la Obdulia era la dueña de mis quincenas. Recuerdo bien que ya estaba entregado, de apechito pues, pero me di cuenta a tiempo, patrón, que si no –arquea las cejas- me entra la de asar carne”, cuenta Teófilo mientras prepara un raspado de durazno y muestra un diente metálico que brilla como una moneda bajo el sol y sus 38° centígrados que caen sobre la selva de asfalto que es Tuxtla Gutiérrez, en el estado de Chiapas, México.

Es lunes y la gente parece tener mucha prisa hasta en la mirada. Dos jóvenes avanzan en sus patinetas y una señora ofrece aguas de sabor en una cubeta que carga sobre sus hombros. Teófilo sonríe. Parece evocar en su memoria los recuerdos, mientras raspa el hielo en el ritual donde se mezcla el plátano y la vainilla. Se dedica a este oficio desde hace cinco años, antes era carpintero y media cuchara (sabe albañilería, afirma).

“Sabe usted”, prosigue, “mi Obdulia ahora tiene 34 años. Es blanquita y tiene un cuerpo moldeado por los propios ángeles. Si la viera usté, estoy seguro que sigue arrancando suspiros por donde pasa. Además es bien chambeadora”.

—Si tiene tantas cualidades que muchos desean ¿por qué la dejaste?, pregunto abiertamente, como si nos conociéramos de años.

Ahí está el embrollo. Es una mujer muy responsable pero no es mujer de nadie. Me dijo claramente, cuando la conocí, que no era señora de apellidos y que no requería de vivir con

ningún cabrón. Pero yo insistí. Si tiene tiempo le cuento la historia mientras se come su raspado, me dice, entretanto con el antebrazo izquierdo se seca el sudor de la frente.

Teófilo y Obdulia se conocieron en una fiesta de cumpleaños. Obdulia llevaba un vestido floreado y unas zapatillas que dejaban ver sus grandes pantorrillas. Teófilo no conocía a nadie, el amigo que lo invitó estaba sentado en una silla, dormido, “desparramado en toda su inmensidad”, completamente ebrio.

Fue Obdulia quien le acercó una silla y lo invitó a pasar. Al poco rato parecían un par de amigos de la infancia. Teófilo andaba desencajado por un mal de amores. Lo habían engañado y charlar con “O”, como ella exigía le dijeran, le había alejado un poco la tristeza.

“La verdad es que nunca he sido ojo alegre, joven. Y esa tarde menos, no tenía yo ganas de nada”. Obdulia lo animó a bailar y a beberse unas copas. C uando el reloj marcó las ocho de la noche, Teófilo se empezó a despedir. Debía tomar el camión que lo llevara a Tuxtla, andaban en un ranchito cerca de Ocozocoautla de Espinosa, en Chiapas. “Pero pasó algo raro y mi O se despidió también”.

Caminaron por tres calles de terracería antes de ver la carretera. Ahí tomaron el camión y a bordo de él ya se habían ganado la confianza. Teófilo le contó todo y ella lo escuchó sin interrumpir. “Hubo, como dicen los chamacos de ahora, química” (Se carcajea).

Ya en Tuxtla la siguiente parada fue un hotel que está al lado de la terminal. Ambos saciaron sus instintos hasta quedar tendidos, bocarriba, mirando el techo, uno al lado del otro, con las manos entrelazadas. “Ella se durmió y, pues, yo me quedé mirándola. No sé por qué pensé que ese era un nuevo chance de empezar”.

Sin compromiso apalabrado comenzaron a andar. Teófilo se mantenía al margen. Pasados siete meses después de que todo era miel sobre hojuelas notó que algunas cosas cambiaban. “Mi O se cambió de casa y no me daba la nueva dirección”.

Teófilo cansado de algunas cosas optó por enfrentar la situación, pero los besos y las lágrimas de su amada lo ablandaban. Se sintió mal y terminó pidiendo perdón de rodillas a su Obdulia que “se había ofendido”.

“Lo bueno era la reconciliación, jefe. Eso sí. Cada pleito terminábamos en algún lugar y nos pegábamos unos agarrones que pa’ qué le cuento”, dice.

Varios de mis conocidos me bromeaban: “Venado, me decían. Yo me encabritaba”. Incluso hubo una ocasión que sorprendió al maestro de obra donde trabajaba, hablando mal de su amada con el chalán. “No lo pensé y me les fui encima. Terminé con el hocico como flor de cupapé y el ojo bien cerrado de los chingadazos que me metieron, pero me sentí bien machito por defenderla”, cuenta.

Se alejó de ellos y cambió su oficio. Dejó, incluso, de parrandear los sábados y abrió una cuenta de ahorro en Banco Azteca. Con esfuerzo y un préstamo logró empezar a remodelar la casa que le había heredado una tía. Compró muebles nuevos y sembró un jardín “con hartas flores bonitas”.

Por vez primera Teófilo quería un hogar. El día que cumplieron un año de andar, la invitó a su casa y le pidió que se casara con él. “Pero mi O se quedó callada un rato que me asustó, aunque terminó aceptando”.

Contrataron un carro de mudanza y pasaron las cosas de su prometida al nuevo hogar. Ya en la noche, después de hacer el amor, Obdulia dijo que tenía algunas cosas que confesar:

— Antes de conocerte fui prostituta.

Teófilo dice que sintió como si la sangre se le helara y sólo pudo decir “ajá”. “Me contó todo. El por qué y cómo se habían dado las cosas y me juró que ya había cambiado. Y ahí va el mudo a cerrar la trompa. Al principio, le confieso, quise mandarla a volar, pero pues yo no era santo ni nada. Así que le dije que no me importaba su pasado”.

Los primeros seis meses fueron los más felices de la vida de Teófilo. Se levantaba y el desayuno ya lo estaba esperando junto a Obdulia. Cuando llegaba la casa estaba impecable. “Juntos lavábamos la ropa, hacíamos la cena o salíamos a cenar y después nos entregábamos al amor de lleno”.

Fue después del séptimo mes que algo pasó. Teófilo siguió encontrando comida, ropa y la casa limpia, pero Obdulia no estaba. Una serie de notas que aún guarda en su cartera anunciaban: “Una amiga esta enferma y… (sic)”, “Mi tia Carito kiere que…(sic)”.

Tres o cuatro veces por semana las notas eran anuncios que hacían largas horas de espera, solo, frente al televisor, bajo el árbol de mango, en la hamaca o en el jardín. Fue un vecino que bajo los influjos del alcohol le dijo “cornudo” y casi se lían a golpes. Pero una joven, madre soltera que vivía frente a su casa, le confirmó la versión.

Teófilo dice que sintió que todo le daba vueltas. “Es como cuando me subía a ese juego donde giraban una rueda y uno terminaba gomitando”. Fingió salir a trabajar y se quedó a cuadra y media de su casa. Esperó y esperó: nada. En el trabajo inventó una infección estomacal y luego la muerte de su hermana (que nunca tuvo) para faltar.

“Y ahí apareció mi O. La seguí de cerca en taxi. Siempre llegaba a una casa del Centro de la ciudad. Ahí se metía, afuera había un guardia que nunca me quiso dar razón de qué se trataba ese lugar. Es un centro de oración, me dijo el muy cabrón la última vez y hasta amenazó con darme mis vergazos”.

Pero un día, tras seguirla, el guardián de la puerta no estaba. Una mujer bajita de estatura, ensartada en una bata color perla le abrió. “Son 50 pesos si sólo vas a ver. 300 pesos una relación simple con una posición. 500 si eres exigente y querés agarrarla como querás, menos por Detroit, ahí no se deja ninguna, esas son perversiones que no toleramos. Y mil si es que aguantas en una hora dos palitos,” le dijo sonriendo.

Teófilo recuerda que le temblaban las manos y sentía la cara fría. “Niñas”, gritó la mujer. Cinco mujeres en ropa interior salieron. Entre ellas estaba Azul, como la presentaron y que para él era su O. “Cuando me vio sólo agachó la cabeza”. La mujer le preguntó si le gustaba alguna y Teófilo movió la cabeza positivamente y señaló a su esposa.

“No sabía ni lo que hacía, joven. Saqué mil pesos de mi cartera y se los di a esa mujer, mientras mi O me tomó la mano y me dirigió a una habitación en un pasillo. Cerró con llave. Yo sólo me senté en la cama y no supe qué decir. Me empezó a hablar. Sólo recuerdo que repetía es por nosotros, una y otra vez. Me dijo que se bañaría, que la esperara y nos iríamos juntos, que ya no regresaría más”.

Obdulia se metió al baño y Teófilo se marchó. “No cerré ni la puerta para no alertarla. Llegué a casa y le prendí fuego. Todo empezó a arder. Sólo saqué mi ropa y una foto de mi jefecita en la que aparezco yo de pequeño; me está bañando en un río. Me fui y nunca más he sabido nada de ella”. Aún guardo el anuncio del periódico, mire. Hurga su cartera y de ella saca un roído papel. Una ambulancia cruza a toda prisa la calle central. Ebrio quema su casa y huye…, dice el recorte. Teofilo ríe. No, pues, ‘tuvo cabrón, le digo. Nos despedimos. La ciudad se consume, como nuestros raspados, y uno entiende, entonces, que cada cabeza es un mundo.

0 Comentarios

¿Qué opinas?