Cómo se pasa la vida: “Estoy cansado de buscar donatarios…”.

Estoy cansado de buscar donatarios para mis proyectos, me confiesa un querido amigo. Tengo CLUNI pero ni así logro obtener recursos… Me chuté un taller bien chiroliro sobre Industrias Culturales y Creativas, pero la teoría se estrella contra la realidad cuando me planto frente a los empresarios… Me oyen pero no me escuchan, y algunos ni dejan que les explique los beneficios reales al deducir sus impuestos en una asociación civil… No les interesa que niños de escasos recursos aprendan de las bellas artes… Sigo en esto porque soy necio… He aplicado al pie de la letra lo aprendido en el taller, pero ya me desesperé… Nadie dijo que sería fácil, pero no puedo chiflar y tomar pinole, ¡de plano, manito!… Quise contratar a un gestor cultural, pero solo hallé a quienes buscan ser intermediarios, sin riesgos… Estoy pensando en cerrar la escuela y abrir un restaurante, o un bar.

Luego del desahogo se pierde en el mar de sus pensamientos. Le pregunto si conoce al mampo vendenieve del mercado. Niega con la cabeza. Pues ese compa (le digo), se pasea por los pasillos del mercado con una charola, voceando: “¡Nieves de a 30!” “¡Nieves artesanales!” “¡Nieves únicas!”. Si un potencial cliente se le acerca a preguntar de nuevo el precio, entonces el mampo de las nieves lo rebana de un tajo con su voz aflautada: “¿Tenés 30 pesos, papito? Porque esta nieve no es pa cualquiera, es ar-te-sa-nal. ¿Caso es pa vos?” El potencial cliente no acepta la exclusión del inimaginado hallazgo de sabor, y entonces paga el precio. El “nievero” le advierte: “Sos pendejo si lo compartís… Vas a comer un manjar que vale lo que cuesta”. Son palabras emponzoñadas que obligan a otros a gastar, para no ser menos. En media hora el mampo vendenieve transforma 25 vasos en 750 pesos, que viajan en su charola de vuelta a casa. Así durante 30 días, con una ganancia neta de 22,500 pesos. ¿Dónde está el secreto de su éxito? (le pregunto a mi desesperado amigo). No me contesta. De a poco se le iluminan los ojos. Efusivo me abraza mientras agradece la parábola, luego da media vuelta y se marcha. Entonces pienso: ¿Habré sido claro? Ojalá a mi amigo no se le ocurra volverse “nievero”.

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