El bosón de Higgs*

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Para Asdrúbal Flores, físico teórico

Siempre que me preguntan “¿qué es la poesía?”, me quedo perpleja. Dependiendo del interlocutor asumo gestos o posturas convenientes, traigo a colación mi desmemoria habitual, acudo a los dioses infalibles del lirismo; si logro recordarlo, refiero a los clásicos, parafraseo a diestra y siniestra (plagio, me dirían ahora); pero siempre me quedo con el alma en un hilo, sabiendo que, efectivamente, no sé, aunque siempre he pensado que la poesía es un libro móvil de respuestas íntimas. Uno las encuentra cuando las escribe y, si se publican, se pueden tal vez compartir. De modo que la poesía es, al menos para mí, una explicación del mundo como experiencia de algo no visible: la tensión entre tu necesidad y tu deseo. El poema es la síntesis de esa tensión.

Frente a una clase con jóvenes deseosos de entender “el chiste de la poesía”, que nada les dice a pesar de mis esfuerzos, padezco. Yo leo y les leo, intentando desterrar de mi voz una languidez intensa que aborrezco. Quisiera que por ósmosis la voz de la poesía los habitara. Me equivoco: no la voz, el cuerpo. Naturalmente, nada sucede y la pregunta se abre paso bajo el rumor audible de mi desconcierto.

Un ingrato momento de desesperación me condujo una vez a devolver la pregunta: “Cuando miras al gato, le preguntas ¿qué eres? o miras su placidez fingida, su ráfaga de huellas cuando salta, te mira y él sí te reconoce”.

Admito la idiotez del símil, la melcocha de mis palabras. Los ojos asombrados del muchacho se fijaron en mí y supe que mi gato se había ido a no sé qué tejado visible sólo para mi incompetencia. La tarea del poeta es cosa más sencilla de explicar, añadí un poco turbada, buscándole pretextos a la llana ignorancia: “busca los tres pies al gato y de pronto lo encuentra, íntegro, verdadero”.

Entonces tuve el infortunio de que me invitaran a dar una conferencia sobre el lenguaje de la poesía. Siempre me he preguntado qué lleva a la gente a pensar que porque escribo poemas, sé lo que es la poesía, pero no tuve más remedio que aceptar la invitación y mi precario escrito comenzó agradeciendo la convocatoria para participar en ésa, para mí, extraña mesa, al lado de físicos, matemáticos, ingenieros y médicos. Advertí que intentaría responder a las expectativas de mi participación explicando qué era la poesía, cómo era su lenguaje, pero de antemano ofrecí una disculpa al auditorio y sobre todo a los hombres de ciencia que esa noche me acompañaban, por decir algo que tal vez, les dije, provocaría una risita desdeñosa, condescendiente. “Sé que van a perdonarme porque al poeta, cuando no se le encierra, se le disculpa todo: es el loco de la casa”, concluí mi afligida introducción.

La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy. Imagen: Malva Flores.

La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy. Imagen: Cortesía.

“Algunos tontos –les dije– todavía creemos que además del Big Bang, el DNA o Darwin, Einstein, Marx, Bill Gates o Steve Jobs, existen el misterio, no como la equis de una ecuación; y el deseo, que no puede explicarse únicamente como una serie de reacciones químicas. Ambos, el misterio y el deseo, forman parte de lo sagrado [sí, dije lo sagrado, sin empacho, y ahora que lo leo me da salpullido] y requieren, para expresarlos, de algún lenguaje conveniente. Como todo en el Universo es ritmo, antes de cualquier enunciación tal vez podamos convenir en que nosotros somos sus animales: seres de ritmo. Por eso, permítanme exponer una vieja y primera diferencia. Hasta ahora conocemos dos tipos de lenguaje: sólo por ponerle un nombre llamemos a los primeros naturales y al resto, humanos. La música sería para mí ese primer lenguaje que encontramos en el rumor del aguacero cuando cae, por ejemplo, sobre la hierba; que vocaliza un canto distinto al de esta misma lluvia cuando se precipita sobre un cedro o cuando establece un contrapunto si cae sobre el oleaje. El látigo voluptuoso del tigre cuando salta de la espesura y desgarra a la cebra o incluso el baile primigenio entre la flor y el aire, constituyen también otro lenguaje: el que alimenta el cuerpo. No otra, para mí, es la creación: música y cuerpo; ritmo y movimiento. Los hombres, que somos sus testigos, debimos inventar una manera para expresarlos, para referirnos a ellos, compararlos y hacer asociaciones.

”A diferencia de otros lenguajes creados por el hombre, el de la poesía, que sintetiza en palabras cuerpo, música y su imagen, funde también dos procesos en eminente pugna: el pensamiento analítico –que permite al poeta, en un momento previo a la creación, desbrozar lo que mira– y el analógico, que no sólo celebra la pluralidad del mundo sino que, además, desconfía del análisis racional donde toda verdad es excluyente pues no pueden coexistir dos verdades sobre un mismo hecho. El pensamiento analógico, por el contrario, afirma la posibilidad de una correspondencia universal que religa el mundo y hace coincidir una verdad con otra: Ante el sí sólo si del lenguaje matemático, la poesía opone la palabra también. Eso son, en esencia, las metáforas y nuestro lenguaje, el de todos nosotros, es un cúmulo de metáforas cristalizadas por el uso en el sentido común.

”No voy a decir ahora que el lenguaje de la poesía es, por eso, el lenguaje de la libertad, aunque lo sea. Frente al de la burocracia, frente a las voces del comercio o ante las etiquetas de la academia, se alza la poesía como una forma de resistencia pero su poder revolucionario no estriba en que, durante una marcha, gritemos consignas escritas por algún poeta cuyo nombre ni siquiera conocemos. La poesía es revolucionaria porque es el agitador de la lengua. Al tiempo que nos revela el mundo, crea otro”.

Ofrecí nuevamente disculpas a los presentes y les pedí que imaginaran una correspondencia, no tan disparatada, haciendo uso de los poderes analógicos. En esos momentos, en el mundo real, una cuadrilla internacional de científicos intentaba poner en marcha el acelerador de partículas que parcialmente logró su cometido y el bosón de Higgs hizo su brillante aparición en los medios. Les dije, entonces:

“Cuando los especialistas logren echar andar el acelerador de partículas y si no ocurre una catástrofe como suponen algunos, la humanidad habrá dado un paso más grande aún que el que dio Neil Armstrong sobre la superficie de la luna. A escala, cuando choquen las partículas, repetirán el primer momento de la creación. Eso es lo que hace el poeta todos los días, en una esfera distinta. Hace que las palabras no sólo platiquen entre sí: las somete a la explosión del sentido y de la forma. La diferencia entre los científicos y los poetas es vital: el poeta no busca repetir aquel estallido primero pues si lo repitiera sería un mal poeta.

”De ese Big-Bang aparecen, como soles, nuevas palabras o frases y más aún, nuevos conceptos y sentidos que forman las galaxias que pueblan el universo del lenguaje. Las palabras que usamos allí nacieron pero son, en esta analogía, estrellas muertas cuya luz poderosa todavía nos alcanza y nos permite hablar. Todo nuestro lenguaje es un puñado de cadáveres, aún prodigiosos. Y cada vez que hablamos repetimos el proceso analógico del poeta. Cuando decimos la palabra ‘azul’ que originalmente nombraba los rizos de un rey; cuando mandamos a alguien a chingar a su madre; cuando la Rebel, la porra de los pumas, en el estadio canta: ‘como no te voy a querer, si mi corazón azul es y mi piel dorada, siempre te amaré’, estamos frente al lenguaje de la poesía tanto como si escuchamos aquel verso de Paz que dice: ‘tus ojos son la patria del relámpago’. Hay, en el corazón de esas palabras, el mismo espíritu. Todos somos poetas o todos repetimos lo que algún poeta creó, porque decir poesía es lo mismo que decir lenguaje.

Malva Flores, poeta, narradora y ensayista. Foto: Cortesía.

Malva Flores, poeta, narradora y ensayista. Foto: Cortesía.

”Volviendo a mi símil, imaginemos que la poesía ha dado luz a esas estrellas, hoy muertas, algún día soles poderosos. Cuando un gran poeta aparece de nuevo, su poesía revoluciona la lengua y modifica el espacio estelar. Los soles que produce resplandecen para nosotros y aseguran larga vida a la lengua. La poesía, entonces, no quiere analizar, entender o describir al mundo, aunque lo haga; no busca sólo comunicar una experiencia: es a un tiempo experiencia y creación; no ofrece respuestas, aunque las revela. Su propósito es sugerir más preguntas pues nos conduce a pensar nuevos sentidos, correspondencias en el telar del mundo. Eso es, para mí, la poesía”.

Apenas terminé de pronunciar esas palabras, me llegó una congoja y un nombre: Perogrullo, Perogrullo. Recordé algunos intentos inútiles –obligada por la entrevista que un muy joven poeta, Mayco Osiris Ruiz, me hacía– para decir lo que para mí era la poesía: “La poesía es distinguir –le dije–, del tráfago del mundo, el tráfago y el mundo. Discutir lo que somos: para nadie, para nosotros mismos y acaso, con suerte, para otros. Pero nos hemos olvidado del mundo, por más que insistimos que estamos en él, que debemos rescatarlo”. A la pregunta de “¿Para qué poetas en tiempos aciagos?”, respondí sin ruborizarme: “no es función de la poesía reorganizar el mundo, sino reunir sus trozos, tapar los agujeros que como especie hemos venido haciéndole a su rostro, espiritual y físico, hasta deformarlo. Si escribimos, si leemos cada una de las verdades individuales que la poesía expone (ya no hay –no hubo nunca– una sola Verdad, así, con mayúsculas), quizá podamos construir algún tejido, un puente para salir del miedo, asidos al brazo de la lengua, que es lo único que en verdad poseemos.”

Mis palabras me sonaban tan viejas, tan cursis, repetidas por tantos mejores que yo o, peor incluso, ya “refutadas por la historia”. Si yo lo subiera a Twitter, seguramente alguien calificaría mi discurso utilizando una de las categorías críticas más profundas de la actualidad: “ternurita”, seguido del hashtag #TúSíEscribesBienBonito. Pero incluso mis “pocofollowers” lo dejarían pasar de largo. No hice caso al palpitar del hígado resentido e hice un auto-cuestionario: ¿La poesía debe cantar? Sí. (No necesariamente). ¿La poesía debe pensar? Sí. (No necesariamente). ¿La poesía debe cruzarse con otros discursos? Sí. (No necesariamente). ¿La poesía debe emocionar? Sí. (No necesariamente) (¿Qué es “emocionar”?). ¿La poesía debe leerse en voz alta, en voz baja, en silencio? Sí. (No necesariamente). ¿La poesía debe escenificarse?, ¿la poesía debe contar?, ¿la poesía debe “reflejar a la sociedad”? (¿qué otra cosa puede reflejar?); ¿la poesía debe hablar de sí misma?, ¿la poesía debe ser una moda?… Entonces, ¿por qué nos peleamos? ¿Qué es, verdaderamente, lo que peleamos?, ¿lo “actual”, lo “revolucionario”, lo “vanguardista”, la “nada” (elevada también a categoría del arte) de nuestras propuestas? Alguien diría que el presupuesto.

Me quedo pensando y mientras escribo esto, @aasiain sube a Twitter un fragmento de Gabriel Zaid sobre los Estridentistas, incluido en Cómo leer en bicicleta. El artículo se llamó “Historia y acomodo”, y allí hablaba sobre las formas de “acomodarse” que tenían algunos sectores intelectuales. Para Zaid, el movimiento de Maples Arce no había sido un ejemplo de la cultura revolucionaria frente a la oficial, sino la cultura oficial veracruzana de su tiempo. “Que ‘ciertos sectores intelectuales’ no hayan tenido ‘acomodo’ más que en un gobierno de provincia, no los hace más puros ni más revolucionarios. Por el contrario, se diría que los ‘sectores intelectuales’ más puros y revolucionarios son los que hoy se ‘acomodan’ en la SEP, y derrochan millones en publicar basura, y tachan de oficialistas a los otros, con tan buena conciencia farisea que, en plena ‘luna de miel’ con la SEP, se atreven a hablar de ‘acomodo’ en la SEP, en una publicación de la SEP”.1 Hoy ya no hay provincia o todos somos unos provincianos globales. Cambiar en el artículo de Zaid el nombre de la SEP por Conaculta no cuesta ningún trabajo.

Me he desviado, lo reconozco. Es que tantos deberes de la poesía me sobrepasan.


* “El bosón de Higgs” es un capítulo de La culpa es por cantar. México: Literal Publishing / Conaculta, 2014. Agradecemos a la editorial el permiso para reproducirlo.  

  1. Gabriel Zaid, “Historia y acomodo”, en Crítica del mundo cultural. Obras 3, México: El Colegio Nacional, pp. 182-186.
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