Noticia de un libro insular: Maquinaciones, de Carlos Isla*

Manuel Iris 0 comentarios

Más que una presentación o un prólogo me pongo ahora a escribir la noticia del redescubrimiento un libro que, acaso como su autor, fue perdido y olvidado por muchos hasta este momento: Maquinaciones, de Carlos Isla, publicado por única vez en 1975. Breve colección de poemas que por su factura llena de humor, ironía y apropiaciones, es una rara ave en los estantes de la solemne poesía mexicana, teniendo como uno de sus pocos parientes cercanos al famoso Pobrecito señor X, de Ricardo Castillo, publicado un año después.

Antes de hablar extensamente de las Maquinaciones, debemos decir que Carlos Alberto Isla de la Maza (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1945-Ciudad de México, México, 1986) fue un prolífico escritor que, a pesar de una prematura muerte a los 41 años a causa de un cáncer en el aparato digestivo, dejó escritos varios libros como las colecciones de cuento Las malas palabras (1978), Cuentos chinos (1979), Los líseres (1985), las novelas Salto mortal (1976), La que se murió de amor (1977), Chucho el roto (1980), El tigre de Santa Julia (1980), La Valentina (1980), La Adelita (1981), Valentín de la sierra (1981), El tesoro de Moctezuma (1982), La banda del automóvil gris (1983), Mariano muerte (1984), Corta mechas: el mejor caso de Valente Quintana (1986), Crimen en el templo (1986), Memorias de un seductor joven (1986), y los libros de poemas Gramática de fuego (1972), Domingo (en colaboración con C. W. Truesdale y Robert Bonazzi, edición bilingüe, 1974), Maquinaciones (1975), Copias al carbón (1978), La hora quieta (1982) y Raya en el agua (edición póstuma, 1992).

Esta larga lista de trabajos literarios para una vida tan breve nos sirve para delinear un Carlos Isla trabajador e intensamente involucrado en su escritura desde muy temprano en su vida, y de modo siempre cambiante. No es de extrañar que haya abandonado, según nos dice un artículo de la revista Proceso publicado a poco de su muerte, las carreras de veterinaria y zootecnia y de filosofía y letras, para dedicarse enteramente a la escritura (Vida breve 50). Coherente con su personalidad, Isla fue un escritor que creía en el cambio como estética, y que asumió su labor incluso fuera de la página. Por ejemplo, fue fundador de las editoriales La Máquina Eléctrica y Latitudes, y de la colección El Pozo y el Péndulo.

Hecho este breve y necesario perfil del autor, podemos de nuevo dirigirnos a sus, Maquinaciones, libro se nos entrega con plena voluntad de decir las cosas sin revestirlas sino con un manto de risueño cinismo:

El tiempo en este caso particular
se llama Carlos Isla
y en esta página es nada más
una palabra como cualquier otra
impronunciable
por miedo a morderme la lengua
escrita
para tomarse como se quiera
por ejemplo:
………………..ajena
Este poema no es un callejón sin salida
Sólo por esto lo he llamado poema.

Esa fe de que el poema no es un callejón sin salida, un laberinto de significados escondidos, sino un acto de llana comunicación entre individuos, es la voluntad que va desarrollando este libro que busca comunicarse con su lector hablándole de igual a igual, no desde un conocimiento superior o más profundo. La voz poética se asume tan ignorante como su lector, y a partir de esta tabula rasa es que propone el descubrimiento, y a veces el desnudamiento, de las cosas, con entera despreocupación existencial:

¡Mañana se acaba el mundo!
No necesita comprar nada
Ni inscribirse en una religión
Este es un cheque en blanco.

Para Carlos Isla, todas las formas del lenguaje son formas poéticas. Todo lo que se dice es poesía, todo lo fijado debe y puede ser una de sus “patentes”, porque la apropiación es una de las más importantes licencias de las que dispone un poeta:

Patentes
I
“Yo soy la resurrección y la vida
El que cree en mí
no morirá”

II
“La energía no se crea
ni se destruye
sólo se transforma”

III
La muerte es sólo una palabra
y yo la he inventado
(Tengo licencia poética)

Esa “licencia poética”, en este libro, es precisamente lo que permite a Isla darle la espalda a la seriedad, y el pago de esa osadía ha sido, quizá, el olvido en que se ha mantenido. Creo que, como sucedió con los estridentistas y luego con los infrarrealistas, Carlos Isla pertenece a una estirpe de poetas mexicanos que la crítica de su momento decidió ningunear, haciéndolo con contundencia suficiente para lograr que ese gesto fuera repetido y casi perpetuado en la historia literaria posterior. La presente edición de Maquinaciones es un modo de hacer frente a esa crítica y darle al libro una segunda oportunidad de encontrar lectores con el tipo de sensibilidad necesaria para disfrutarlo.

Carlos Isla, Maquinaciones, México, Joaquín Mortiz, 1975. Imagen: Galería de Hallazgos.

Carlos Isla, Maquinaciones, México, Joaquín Mortiz, 1975. Imagen: Galería de Hallazgos.

Creo que vale la pena hablar de cómo fue gestado y recibido el libro: la escritura antisolemne que caracteriza a las Maquinaciones fue el resultado de la búsqueda deliberada de una identidad propia y tal vez de la negación de ciertos rasgos de familia, de una ascendencia literaria demasiado evidente. Sobre esto una de las primeras reseñas del libro —y también una de las últimas puesto que, desde una posición de poder, se defenestra no solamente el poemario sino a su autor— salida de la pluma de Antonio Castañón en la revista de la universidad de México el mismo año en que el libro se publica, sirve de ejemplo del modo en que Isla y su poesía fueron percibidos por la severa crítica mexicana del momento:

Si Isla había mostrado en su primer libro una admiración suicida (y sospechosa por exagerada) hacia la obra de Octavio Paz, ahora deja ver claramente que aquella falta de voz y acentos propios no era ilusoria ni provisional. Los rasgos más constantes de los textos aquí reunidos son el humor, la paradoja, y la expresión deliberadamente imprevista y ansiosa de perecer surreal, Isla juega con las palabras y éstas henchidas, para él y su lector imaginario, de significación y poesía, lo maravillan. (60)

Según Castañón el poeta peca primero de imitador de Paz y luego de falso surrealista, de impostada vanguardia. Pocos caminos le deja y no parece capaz de concebir la idea de que un libro como Maquinaciones, sobre todo entendido como respuesta a lo hecho por el mismo Isla en Gramática del fuego (1972), su primer libro de poemas, puede ser visto como síntoma de la necesidad no solamente personal, sino de cierto sector de la poesía mexicana de ese momento, de desmarcarse de la poesía paciana y del sonido, la manera intelectual que conllevaba. No quiero decir con esto que hay o hubo una escisión entre una poesía intelectual y otra que no lo era, puesto que toda poesía es un ejercicio de pensamiento, sino que un grupo de escritores de ese momento tuvo la necesidad de insistir en la posibilidad de hacer literatura de lo cotidiano en un tono que no lo convirtiera en un pretexto para la especulación filosófica o los juegos eruditos tan notorios en la poesía de Paz y varios de sus seguidores. Como sabemos, ambos modos de hacer literatura son solamente los extremos de una muy variada cantidad de matices, y tienen hasta hoy una nutrida cantidad de herederos igualmente variopintos, a pesar de que el modo más intelectual y solemne tuvo por varias décadas la indiscutida hegemonía del campo literario mexicano. El mismo Castañón no puede evitar ver aciertos y logros en el libro y nombrarlos, aunque termina su reseña casi dándole un tiro de gracia:

Carlos Isla combina, y con las expresiones accidentales que de este ejercicio surgen, construye textos, versos, poemas. Literatura experimental clandestina, la de Isla ve en el lenguaje una máquina y en las imágenes, metáforas y comparaciones los productos elaborados por ésta cuando se le somete a cierto tratamiento. No hay, en Maquinaciones, escisión entre el espíritu del hombre y lenguaje.

Para Isla el lenguaje lo es todo, incluso sustituto y sucedáneo de la experiencia.
Triviales, las Maquinaciones de Isla constituyen privilegiados ejemplos de ese humor involuntario y previsible, lento, reiterativo y machacón, tan común entre los que tienen una musa a la medida de su capacidad intelectual. (60)

No puede ser más contundente Castañón: ha dicho, con alguna elegancia, que el poeta es tonto o cuando menos corto, limitado en su capacidad intelectual que es, como su musa y su libro, igualmente chata. ¿Cómo serán entonces los críticos o lectores que defiendan las Maquinaciones? Por supuesto, unos defensores de la tontería, amparando un libro a la medida de su capacidad intelectual. Leer, escribir y gustar de este tipo de poesía y de literatura en general era, según vamos leyendo, lo opuesto a la inteligencia. Ni es seria esta producción artística, ni es serio quien la pondere.

Desgraciadamente no hubo en su momento un texto que confrontase esta opinión y fue once años después, sucedida ya la muerte del poeta, que Miguel Ángel Flores señala:

Quizá no sea inútil repetirlo: hay una enorme carencia de reseñas, estudios o notas sobre los poetas nacidos en la década de los cuarentas.
(…)
El fallecimiento del poeta Carlos Isla (Veracruz 1945-1986), sucedido hace algunos meses, nos vuelve a enfrentar con la pobreza y las fallas de nuestra crítica. Después de cuatro libros de poesía en los que quedó plasmado su innegable talento, lo único que puede rescatarse en la prensa mexicana son algunas reseñas en las que campea la estulticia.(59)

Severo con la crítica, Flores habla de los aciertos del libro y también deja claro que su imperfección, pues no lo considera una obra maestra, es entendible porque el Isla es un autor en constante búsqueda y cambio y que por ello Maquinaciones es solamente un momento, un instante de un proceso poético mayor. Es decir: Maquinaciones es la fotografía de un instante de una constante metamorfosis:

Algunas veces en la imprecisa intención de este libro, tenemos la impresión de que el poeta lanza golpes contra sombras que se empeña en confundir con cuerpos. En la brevedad de Maquinaciones Isla lleva hasta el extremo una de las vertientes de su poesía que ya se había manifestado desde su primer libro: la ironía, el humor, y las palabras como signos que se vacían de contenido y dejan al poeta articulando gruñidos. No fue este el momento mas afortunado de Isla. En algún momento las palabras se revelaron como estructuras con las que se podía armar una maquina sin sentido. Pero ese desencanto no se concreto en objetos verbales solidos que superen la decepción del lector. La poesía se ha convertido en un manantial seco y en su orilla no aúlla sino solo gime el poeta. (60)

A pesar de lo dicho, Flores continúa su texto hablando de los poemarios posteriores de Isla, dando cuenta de que Maquinaciones ha sido un paso necesario para llegar a los trabajos en que se nota un tono personal y profundo, y que lamentablemente no pudieron continuarse:

La hora quieta es un libro lleno de hallazgos poéticos. Isla falleció en plena madurez creativa, lo que hace más dolorosa su pérdida. Los dos poemas que aparecieron en el número más reciente de la revista Vuelta confirman que había ya superado su “hora inútil”. Eran las primeras etapas de una firme obra poética que la muerte truncó. (60)

Personalmente, creo que es necesario leer Maquinaciones como un momento de tránsito hacia trabajos más lúcidos de su autor, y también como un poemario que lleva hasta el extremo el gesto de desdeñar la palabra poética y la idea del poeta mismo como algo trascendental y solemne. El esquema-instructivo para hacer en 12 tiempos o dobleces, ilustrados como en un manual de Origami, una pajarita de papel, me parece enteramente congruente con este libro, al sugerirle al lector que tal puede ser el destino de cada una de las paginas que acaba de leer: convertirse en un juguete de papel, volverse su material palpable y primario, y que el soporte se convierta en la misma materia prima del objeto y las palabras en decoraciones. Se ha reducido el libro a su mera materialidad.

Esta radicalidad en la ridiculización del tono solemne de la poesía me parece notable, sobre todo porque el gesto se realiza sin escandalo ni estridencias. Sencillamente, luego de una serie de poemas en que nada se toma en serio, se dan al lector las instrucciones necesarias para hacer un juguete con cada una de las hojas que acaba de leer, y que por supuesto tendría que arrancar del libro. Es, por extensión, un gesto que se puede ampliar hacia la literatura en general, y como gesto es valioso.

Carlos Isla. Foto: Archivo CNL-INBA.

Carlos Isla. Foto: Archivo CNL-INBA.

La lectura de Maquinaciones deja en nosotros muchas preguntas acerca no solamente de la poesía de Isla, de su generación o la poesía mexicana, sino de la rigidez de la crítica, de sus vicios, y de su poder para crear u ocultar el prestigio e importancia de autores y obras.

¿Acaso no es lícito para un poeta decidirse por la disidencia tonal, el desparpajo y el humor? ¿Es posible tomar en serio a una literatura que solamente habla en serio? ¿No es necesario poder entablar, de cuando en cuando, una conversación con el lector desde un horizonte que no pretenda la posteridad? Los lectores actuales parecen interesarse en el rescate de libros como el que ahora comento.

Creo sinceramente que este rencuentro del libro con sus posibles lectores debe ser una ocasión feliz, una celebración, y creo que igual que las Maquinaciones serán, entendidas en el contexto vital y creativo de su autor insular, mejor leídas y apreciadas. La labor de rescate que ha emprendido Malpaís Ediciones es invaluable.

* La presente es una versión corregida del prólogo que escribí para Maquinaciones, de Carlos Isla, publicado como parte del Archivo negro de la poesía mexicana, de Malpaís Ediciones en 2015.


Bibliografía:

Castañón, Adolfo. “Maquinaciones, de Carlos Isla”. Revista de la Universidad de México. Volumen XXX. número 4, diciembre de 1975, enero de 1976. Pp 60.

Flores, Miguel Ángel, “Aproximaciones a la poesía de Carlos Isla”, Proceso, no. 528, 15 de diciembre de 1986, págs. 59-60.

Isla, Carlos, Maquinaciones. México: Joaquín Mortiz, 1975

——— Catálogo biobibliográfico de escritores de México. Coordinación Nacional de literatura. http://www.literatura.bellasartes.gob.mx/

“La vida breve de Carlos Isla y su pasión literaria”, Proceso, no. 523, 10 de noviembre de 1986, p. 50.

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