Conversación con Mario Carrillo

Manuel Iris 0 comentarios

Nacido al final de los 80, Mario Carrillo es un poeta joven que desciende de una larga tradición de escritores que cuidan del decoro poético. No quiero decir que Mario es un poeta sin propuestas novedosas, porque las tiene —su primer libro, Roldán, es una reescritura del poema épico francés en el contexto del narcotráfico mexicano, por ejemplo— sino que su modo de asumir la literatura, lejana de las prisas por la fama que suelen acompañar y a veces definir a los poetas jóvenes mexicanos, le ha sido heredada por autores que no buscan el gesto iconoclasta, sino el vértigo de la elaboración orgánica. El talante de Mario, cuando escribe, es el de un joven milenario.

Junto con Ileana Garma, Nadia Escalante, Marco Antonio Murillo, y otros muy jóvenes como Irma Torregrosa, Mario Carillo pertenece a una generación de poetas yucatecos que se ha preparado en el estudio de letras, y que ha llegado a ser uno de los grupos más exitosos y compactos que la literatura de ese estado ha tenido en tiempos recientes. Por supuesto, como suelen serlo todas las reuniones de escritores contemporáneos, la de estos poetas no es militante: no escriben —no escribimos— en conjunto ni con una propuesta común. No habitan todos las mismas ciudades ni publican en los mismos medios. Puede verse, sin embargo, que efectivamente forman parte de una renovación de la literatura escrita por yucatecos, siendo que muchos de los libros de estos autores tienen ya relevancia nacional.

Recientemente, Mario Carillo recibió el premio internacional de poesía Mérida, en el cual pueden competir poetas que hayan nacido o que residan en cualquiera de las tres ciudades con ese nombre en el mundo: la Mérida española, la venezolana y la mexicana.

Hasta el momento el premio lleva dos emisiones con este peculiar modo de internacionalidad (antes era premio nacional) y dos mexicanos lo han ganado. Inevitablemente, ambos yucatecos: Nadia Escalante, por su libro Octubre, y ahora Mario Carrillo con su Roldán. Ambos libros son de excelente factura y han sido muy bellamente editados, lo cual se agradece mucho.

La siguiente —y muy breve—entrevista con Mario Carrillo nos deja ver algo de sus lecturas y de su modo de entender la poesía. Luego tenemos una selección de poemas, verdaderamente notables, que forman parte de Roldán.

¿De dónde provienes poéticamente? ¿Quiénes son tus precursores?
No estoy seguro de poder responder a esa pregunta. Para hablar con la verdad, creo que “vengo” de la poesía latinoamericana del siglo xx, que es la que más he leído, simplemente porque es la que está al alcance y aun así es difícil conseguir libros de poesía en Mérida, el catálogo es limitado. Los poetas a los que regreso son Rubén Darío, Jorge Luis Borges y Octavio Paz. He aprendido mucho de ellos. De Darío, la importancia del ritmo; de Borges, la mesura y la precisión; de Paz, la búsqueda constante de nuevas formas. Otros poetas a los que recurro mucho son Bonifaz Nuño, Rilke, Ezra Pound y Eliot. Hace poco descubrí la obra de Henri Michaux y me emociona muchísimo.

¿Qué es la poesía para ti?
Para mí, la poesía es un fenómeno, es decir, se experimenta. Y, por supuesto, lo poético no sólo se encuentra en los poemas, se halla en la vida: en los actos humanos sublimes, en la naturaleza, en la convivencia con la gente que amamos, etcétera. El poeta intenta, aspira, a recuperar esa emoción a través de la palabra. Por eso debe conocer su lengua y su tradición.

¿Cuáles son, en tus ojos, los mayores obstáculos que tiene un poeta joven mexicano, para crear?
Pues, el mismo obstáculo que tiene cualquier joven mexicano: un sistema educativo deficiente. En el caso del que aspira a poeta o escritor, otro obstáculo es la pésima o limitada oferta cultural. ¿Cómo puede formarse uno como poeta si no puede conseguir una edición decente de los poemas homéricos?
Uno escribe porque escribe, porque no puede imaginarse sin realizar esa actividad. Uno hará su obra sin becas o incluso sin que le paguen por ella, la hará y trabajará en ella sin importarle que se la publiquen o no.

¿Cuál es tu opinión de la poesía mexicana actual?
Tenemos excelentes poetas vivos y una legión de poetastros. Leo a muy pocos poetas de mi generación. Uno tiene prioridades de lectura, sobre todo cuando aún está en una etapa de formación. Sin embargo, intento leer algo contemporáneo cuando menos una vez al mes. Aun así, la poesía mexicana actual tiene grandes representantes.

Háblanos de tu libro, Roldán, recientemente ganador del premio internacional de poesía Mérida.
Comencé escribir los poemas en la ciudad de Xalapa, donde residí cuatro años. En el 2011, la violencia en el estado de Veracruz incrementó de manera alarmante. En ese momento leía Habla Scardanelli de Francisco Hernández y Los poemas de Maximus de Charles Olson e influido por estas lecturas quise escribir una serie de poemas dentro de la línea del monólogo dramático. Sólo me faltaba el personaje, y llegó cuando leí la Canción de Roldán. El cantar de gesta francés me impresionó y me pareció que podía escribir una actualización del cantar, transportándolo al contexto mexicano. Roldán como personaje, es muy rico: es joven y valiente, pero orgulloso e impulsivo. Estas características lo hacen, en mi opinión, más interesante que el Cid o Beowulf. El Roldán de mis poemas vagabundea por la ciudad sitiada por la inseguridad provocada en igual medida por el gobierno y el narcotráfico, mientras él mismo combate una guerra interna.

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De Roldán

VIVIMOS EN ALERTA constante. Todos los días se libran batallas encarnizadas en distintos puntos del territorio. Huestes organizadas emponzoñan el aire de la convivencia. Nadie puede guarecerse de la desgracia que acecha tanto en las principales urbes como en poblados anónimos. La violencia incrementa en su vorágine de huracán. Se practican nuevos y refinados métodos de tortura. Los bandos son indiscernibles.

Cristalina es el agua hirviente de la brutalidad.
Hirvientes son los cristales de la esperanza.

¡Aconsejad vosotros, sabios,
y evitadnos la muerte y la afrenta!

VOY A INICIAR este canto desde la penumbra
donde disecciono el ritmo de mis pasos.
Sé que soy joven aun, la habilidad
de escarbar en la luz y hallar el amor,
sostenerle la mirada, lo confirma.
Pero siento que he morado
largamente en este país
y una tierna llovizna me convida
a buscar otras ciudades y otros lares,
otros amores y amistades,
antes que las veredas sean sepultadas
por la espesa nieve del cansancio.

ROLDÁN HABLA DE SU PADRE
Te juro, padre, que la lluvia es dolorosa.
Rasca en mi cabello y le da vida a la memoria árida,
de la que brotan rostros y canciones
cubiertas con el velo terroso del olvido.
Te juro, padre, que las gotas
llevan sílabas en sus bocas.

Cuando veo, padre, las arrugas talladas en tu rostro,
crece en tus ojos de agua gélida
un bosque irreconocible
donde eres un joven y un niño.

ROLDÁN HABLA DE CARLO MAGNO

*
Una montaña de hojas secas
se alimenta del silencio de la tarde.
El jardín enclaustrado por el humo
se inunda con las sombras que escurren
de las manos raquíticas de árboles jorobados.
Tus duros pulmones sudan, respiran
con la agitación de un caballo
que regresa de una batalla turbia.

La hoguera o montaña incendiándose
es un ojo filoso, un seno puntiagudo,
flema y flama de una crin fulgurante,
una crin de espinas de equino bélico.

Hilvanabas al vértigo de las llamas
recuerdos que devenían hojas quemadas

como tus ojos, pezuñas chamuscadas
como tus pasos, ceniza, ascuas, silencio.

Ahora, en tu ausencia, quemo papeles de oficina
y me parece, abuelo, escuchar que me hablas.

* *
Estás despierto y dormido.
Algunas veces, sólo roncas
bajo el fuego enfermo de la muerte;
otras, deambulas por los charcos de la calle,
te asomas por esos espejos turbios
y me parece, abuelo, que quisieras saltar
hacia el interior de la vigilia,
subir al Crown-Victoria que dejaste
con el motor rumiante en la cochera
y llevarnos por un viaje interminable.
A veces, creo que decides ser de nuevo
un fiero orangután que se atreve a buscar
los mejores frutos en la cima de la vida.

LAS CALLES, los parques y las plazas están tranquilas durante el día; la gente pasea bajo el manto indiferente del cielo. Cuando la noche llega, la ciudad es un cementerio autista, una prisión de olor fétido que nadie visita. Los ataques suceden a horas imprevistas, cortando la carne de la quietud con un bisturí de odio. De pronto, un estallido, la súbita iluminación de unas ruinas recién nacidas. La melodía de la metralla acompaña las correrías en la niebla.
Amanece y los periódicos anuncian el vacío.
Amanece y la ciudad despierta,
aunque cada mañana el vacío
toma las calles, los parques y las plazas.

ROLDÁN CANTA
*
DE MI JARDÍN he mandado a entregarte
la suave agua de lluvia de mi infancia,
las torpes fotografías de un muchacho
ciego al amor de la tierra,
los mejores caballos nacidos en los perales
que brotaron a la sombra de tus besos.
De mi jardín, Alda, te he enviado
el cariño que guardan mis cejas para el invierno,
las ojeras de un gato triste.

*
COMO QUIEN OBSERVA las nubes,
me interno en tus ojos.

*
VOY A CAMBIAR, Alda,
mi escudo por un racimo de uvas
porque dicen que no hay mejor defensa
contra el desaliento que el vino.

*
QUISIERA, ALDA, que bordases un pañuelo
con el perfume cálido de tu nombre.
Dame, Alda, una taza con la historia de tus rodillas
para escuchar en los racimos de la noche
el vaivén de tus pestañas.
Quisiera, Alda, las trenzas de tu alma.

ROLDÁN HABLA A SUS COMPAÑEROS
¿Y nos queda algo en este mundo
que valga la pena sembrar
en el camino los ojos marchitos,
arrancarse del corazón los pétalos,
desfigurar el rostro a besos y puñetazos?
Venimos buscando algo,
algo buscamos en este valle polvoriento,
en las encías tuertas,
en las heridas que no cicatrizan.
Y acaso mentía la palabra, las palabras
que nos trajeron al mundo,
acaso.
A casa.
Hemos fallado, perdido el mapa y los pies erran
se pinchan, se cortan, sangran, callan.
Buscamos el zapato de la gran nueva vida
y no encontramos la suela desgastada
ni siquiera un pedazo del cordón.
A casa volvemos,
después de días y noches desérticos diluvios,
después de malbaratar la bondad
regalándola en las calles y en las plazas públicas.
La poca bondad enmarañada en los nudillos,
en la comisura de los labios donde crecen
el silencio y la saliva.
Volvemos vencidos a casa
creyendo que no vendrán buenos tiempos.
Tal vez nos falta algo.
Olvidamos en la cúpula de un alfiler
un apretón de manos,
las ramas verdes de un abrazo
calcinándose lentamente.
También es probable que alguien
haya sembrado en los campos cicuta,
contaminando el canto y el movimiento.
Hemos perdido aquí en la Tierra,
mala hora tenemos,
aquí en el centro de la vendimia hueca.

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