Yo sí le voy a los bárbaros

Ningún jugador es tan bueno como todos juntos
Alfredo Di Stefano

El futbol ha perdido su carácter reivindicativo, o casi ya no existe. Es ahora una fábrica de súper millonarios, de jugadores que se ponen de pie y de cuerpo entero ante el espejo inmisericorde del éxito. Y pareciera que en los últimos veinte años hubiera estado en coma y que no entendiera el juego, cómo se desarrolla el futbol hoy en día cuando el máximo rector, la FIFA, en su afán “democrático” elimina de su mapa bancario las fronteras económicas entre continentes y plantea un deporte de millonarios en un territorio común para todos. No es así. El futbol es aquello que hombres y mujeres llegan a adquirir, primero, como habilidad, y después como la amplia necesidad del otro: hacer una “pared”, ganarle “la espalda” al defensa, asistir al compañero lesionado, anotar un gol y correr a celebrarlo.

El futbol, quiero creer, no ha perdido su inocencia y conserva el orgullo, ya sea por defender nuestro colegio, el barrio, nuestra playera, como cuando cada tarde era una buena oportunidad para darse a conocer a la que era la chica de tus sueños. Y no citábamos a autores de clásicos que han influido a millones de personas, no aplicábamos el forzoso minuto 90, nos seguíamos de largo: retas, chuts y más retas y más chuts y cambio de portero y mejor aún: portero atacante.

Y porque esa necesidad de jugar y contar van de la mano, treinta años después, siguen siendo temas de conversación el gol bellísimo de la final que ganamos, la atajada imposible que hizo nuestro portero, la duda de si entró o no entró la pelota cuando apostamos un cartón de cervezas, duda que nos llevó a los golpes.

Más de mil juegos jugados en las calles del barrio, el terreno baldío de la esquina, en la canchita de la escuela cuentan. Y quién no recuerda administrar los tiempos del juego, “pisar” la pelota, darle respiración a lo táctico, mandar el centro perfecto al delantero que, certero, anotaba el gol más hermoso que se pudo ver en nuestra colonia. Aunque dicen que se anotó uno en San Roque que superaba el nuestro, en el centro de Tuxtla Gutiérrez, pero no hay registro de ello. Así que se chingan.

Por eso ante tanto desplante autoritario, que no competitivo, que construye la vertiginosa incontinencia de vendernos triunfos y tragedias, héroes y villanos, el futbol siempre nos regresa al inicio: porterías hechas con dos piedras, balones de ofertas de mercados, el futbol cinco, sala o siete, el llano, la cochera o la playa.

El futbol como postal de los buenos tiempos, el motivo que me reúne con mis viejos amigos, los años maravillosos que hacen que a mis cuarenta y cinco años sea un activo de este deporte, un deporte que es lindo porque su esencia es sencilla: todos lo pueden jugar.

Y con el riesgo de que se me acuse de lo que sea (hoy uno es homofóbico, clasista, intolerante, inhumano en automático) en esto del futbol, como en el rock, soy de la vieja escuela: quién diablos un día antes de jugar una final piensa en tintes de cabello o depilarse las cejas. La testosterona es importante, aún. Y por eso, les digo, yo sí le voy a los bárbaros.

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