Diez poemas de Luis Paniagua

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Luis Paniagua (San Pablo Pejo, Guanajuato, México, 1979). Ha sido incluido en varias antologías de poesía nacionales e internacionales. Es autor de Los pasos del visitante, (una sección de éste fue merecedora del premio Punto de Partida en 2004). Fue beneficiario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría de Poesía (promoción 2011-2012) y, gracias a ello, escribió el libro Maverick 71 (merecedor del Premio Literal Latin American Voices 2013). En 2014 obtuvo el XXXIX Premio Hispanoamericano de Poesía San Román. Actualmente es beneficiario del Programa de Estimulo a la Creación y Desarrollo Artísticos del Estado de México. Su libro más reciente, Umbrales, aparecerá próximamente bajo el sello editorial Carruaje de Pájaros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al portugués.

Poemas

De Los pasos del visitante (Punto de partida, UNAM, 2006).

En el alba
el canto del gallo
es un mástil:
reverdecen unos barcos
ya hundidos.

En el abrevadero del muelle
beben las barcas suspendidas.
Cae el sol de las cinco de la tarde;
a estas horas
el puerto es una bestia dormida
y el mar su quieto sueño.

Escribo mar
Y el agua salpica esta página.

El largo monólogo del mar
es el eco, la reminiscencia
del nombre más alto,
más antiguo
del agua
que se abre, franca,
hacia pulidos litorales.

De Maverick 71 (Literal Publishing, 2013)

Salimos por la noche:
ya tallaban los grillos
su diapasón minúsculo,

ya frotaba sus palmas
el cielo haciendo lumbre
en diminutas ascuas.

Salimos por la noche:
el auto en la cochera
doblaba nuestras sábanas de sueño,

(pequeño big-bang:
la llave entrando en el switch,
cruzando el umbral
entre quietud y movimiento.)

Salimos por la noche:
izquierda en el volante
derecha en la perilla
del sintonizador:
la lluvia de la música
nos anegó por dentro:

(olvido qué sonaba,
recuerdo que nadábamos
y que las rayas blancas del camino
eran sonrisas de ballenas.)

Salimos ya de noche:
¿el Maverick era, pues,
la punta de un cigarro
apurado por qué vientos?

Salimos ya de noche
sin hacer caso a la memoria
que nos recordaba en viaje
desde entonces.

No digas nunca que has llegado;
porque, en cualquier parte,
sólo eres un viajero
en tránsito.
Reb Lami

La certeza es el trayecto

Un puño cerrado
viajando
a treinta kilómetros por hora,
con una trayectoria recta
recorriendo una distancia
de cincuenta centímetros
es la posibilidad
de un cuerpo dando en tierra
pero no su garantía.

Un golpe no es un cúmulo
de tejidos orgánicos
haciendo blanco en otro cuerpo:
es una mera fuerza
superior, quizá,
a los tres mil Newtons.
Es un petardo al aire,
una bala perdida:
el golpe es un mero trayecto.

Con la serenidad del que espera
lo inesperado,
fuiste la superficie que absorbió
una fuerza desplazándose en la tarde,
dibujando una línea perfecta
que conectaba la ira del agresor
con tu órbita ocular izquierda.

Un golpe no es un impacto
sino la posibilidad
de intercambiar las manos,
de volverse púgiles improvisados;
la posibilidad de sacudir el avispero.

Un golpe no es la coincidencia
de dos puntos que chocan
en un determinado momento
en un espacio común,
es la posibilidad de una campana
dando las ocho en punto
y la caravana familiar subiendo
al Ford Granada.

Tú aceptabas el coche, el volante,
como otro nombre para el viaje.

Subías al automóvil
convertido ya en un uppercut
propinado sobre el rostro,
joven y majestuoso,
de la noche inaugural y primeriza.

Ya de entonces tenías marcada
esa aureola purpúrea
que horas más tarde
sería tu bandera de victoria.

La certeza no de decir
henos aquí sino aquí vamos
era el camino y,
también, un himno de batalla.

Y al no estar yo a bordo,
todo esto que digo
lo hago como en un trance:
tu primer salida a carretera,
manos tras el volante,
era también un jab
entrando limpio
en la mandíbula
lustrosa del paisaje,
una metralla sobre
una campanilla
invitando a la pelea.

Todo esto de lo que hablo
lo hago sólo de oídas
pero lo miro con ojos
de sueño y de verdad:
tu pericia bautismal
como piloto,
tus sabios sentidos
desplegados
como antenas,
como tentáculos,
y la flamante carrocería
de la noche vertida
sobre el Granada ochenta y dos
que fue, por una vez en la vida,
más que un auto:
(más que un Granada ochenta y dos
y más que un Maverck setenta y uno)
par de guantes ajustados
imaginaria y encendidamente rojos,
y esa noche,
tu noche nupcial
con ese bólido,
tu luna de miel
con el camino abierto,
tu encuentro carnal metalizado
que te hacía ir y venir
entre los automóviles…

Y esa noche dibujó,
de cierto modo,
la tarde del día siguiente:
el muchachito fuereño
recibiendo un golpe, uno solo,
del valentón del pueblo,
y así
en sorpresivo contacto
de nudillos certeros,
de un puño cerrado,
(treinta kilómetros por hora
habíamos dicho)
contra tu rostro:
una posibilidad que hizo blanco
a medias: no diste en tierra
ni su ego paladeó el dulzor
de la fruta caída.

Así, igual de sorpresivo te imagino
subiendo al Granada Oro ochenta y dos,
al Maverick rojo setenta y uno,
al Storm verde noventa y uno,
o al Hikari gris Oxford del noventa,
da lo mismo,
calarte esos rojísimos guantes
de la sangre a tope en la cabeza
y arremeter contra el camino
que era tu contrincante
en ese momento: volantazos,
claxon, clucht y frenos:
serpeabas,
dabas para un lado
o para el otro
y parecías bailar
como Mohamed
sobre el cuadrilátero,
y parecías flotar,
como Senna da Silva,
en esa danza suave
del volante en tus manos hábiles
que eran tus puños
acertando todos los envíos.

Un golpe no es el encuentro,
por más que lo parezca,
de dos masas carnales
sino la posibilidad del viaje:

Ya sea de un cuerpo abandonado
a las leyes de la gravitación
o un auto con tus ojos
devorando el paisaje,
yendo de un punto A
hacia un punto B
asestando todos los envíos.

Un viaje,
un golpe,
fueron una y la misma cosa:

un impulso,
una fuerza desplazándose
en permanente fuga…

Hemos atravesado hace kilómetros
la zona de silencio.

Hemos dejado atrás hace años luz
la zona de confort.

Animales incontables nos rodean sin estar.
Llenan el auto.

Nos balanceamos lento.
Oscila nuestro punto de equilibrio
a trote de caballo.

Somos más rojos que la sangre.
Somos más viejos y más rojos
que este Maverick viejo
y rojamente rengueante.

Somos más viejos
que la herida de toda cacería.

Somos más viejos
que todo lo que vemos.

Aquí abajo
este Maverick lleva
el ejército suspenso de los grillos.

Una bandada de patos salvajes
brota de los faros.

Tu angustia es la del ave
que ha sido escindida de la parvada
y que se va quedando atrás
sólo para morir.

Mi alma es una especie
de quinta llanta para el carro.

En el claxon se desangra
un alce herido.

En el parachoques,
el metal frío sueña
con una agilidad de daga
que atraviesa la dulce piel
de un cordero perdido.

 

Si es cierto que un hombre es,
en determinadas circunstancias,
la especie toda,
el reflejo infinito
de los hombres;
entonces,
¿puede un automóvil ser,
muy a su manera,
todos los autos?

Si esto último da para afirmarse
si lo que dijo el ciego
disipa estas tinieblas
entonces
este auto en el que viajo,
en el que voy sentado
mirando el paisaje que al lado se dilata
como si no quisiera partir de la mirada,
tiene que ser otro;
este fuego que anima sus pistones
(fuete que azuza sus caballos)
es todos e igualmente
es otro:

este Maverick rojo
que deja atrás cada línea
del asfalto
es un sol poniéndose,
hacia otros días bajando.

Este Maverick rojo no es más rojo
ni más Maverick
ni más setentaiuno
de lo que puede ser
un Peugeot doscientos seis gris fer
ni más bólido
que el pequeño coupé
con sus dos puertas
con sus cuatro ruedas
moviéndose
por avenida Insurgentes sur,
digamos,
a unos treinta kilómetros por hora
de un viernes veinticuatro de noviembre
(las ocho de la noche u ocho treinta)
[el arroyo vehicular es,
por momentos,
un río congelado],
ni más ardiente que sus ojos
—encendidos—
mirándome,
ni más glamoroso
que la Piaf cantando
/como un ave
petrificando el bosque con su canto/,
petrificando con su canto
los sonidos del mundo.

Entonces cruzamos,
por decir algo,
de alguna forma,
en cierto modo
(Izuzu azul
otra vez yo de copiloto),
avenida Periferal
saliendo de Trujillo
rumbo al viejo san Juan,
pongamos,
por puro afán de suponer,
doce de julio, mediodía,
cuarenta millas
por hora
[y el mar a lo lejos
batiéndose en contra
de sí mismo],

y un ave que pasa
cortando el aire en la mirada
y sobre todo
en la respiración:

pisar el freno, exaltados,
y dar el volantazo
para evitar colisión
con el auto
que velozmente allá atrás
se aproxima

y yo sin cinturón
chocar contra el cristal
en la cabina vieja,
contemporánea del Maverick
(rojo, para más señas),
detenido,
hecho estatua de sal en esta orilla
leyendo en el espejo lateral:
“los objetos
[como los autos
o como los recuerdos]
pueden estar
[peligrosamente]
más cerca de lo que aparentan.”

Para William Rodríguez, desde el
principio y de muchos modos, conmigo en el camino.

Digo en la misma lengua de esta tarde
una tarde pasada, una tarde distinta
de esta tarde. ¿Cómo hacerla distinta
si con las mismas letras escribo una y otra?

Con mi lengua materna de esta tarde
digo Maverick rojo, digo mil novecientos,
digo setenta y uno, kilómetro ciento seis,
carretera federal cincuenta y siete.

Y al tratar de decir kilometraje
intento balbucir miles per hour
y el azul del cielo se condensa
y oscurece en el toldo
de un deep blue Hyundai,
nineteen ninety, sixty miles per hour,
que a su paso raudo deja atrás
Moore avenue para vaciarse
en el highway eighty
con sus tercas planicies a ambos lados
verdes e iguales como las casas
que se van quedando poco a poco
tras nosotros.

Toscos vaqueros a bordo de sus trocas
van y vienen de improbables rodeos
y beben Budweiser y gesticulan
con muecas de comedores
de costillitas B.B.Q.

Esas monstruosas cabezas de ganado
lodosas y opacas e iracundas
reses longhorn mugiendo desbocadas
sobre la cinta asfáltica,
dejando su sendero de bosta,
su rastro de oloroso estiércol,
intentan ganar en tropel por la derecha.

En vano.

Emparejado el auto, nuestro auto,
ese pequeño payaso de rodeo
provocando a las bestias,
con otra monster truck
les ha puesto una tranca.

Don’t you forget it, buddy:
this is the Old Wild West!
Nos dice con la mirada
un joven cowboy
mientras laza con los ojos
nuestro asombro:
una escopeta a escasos ten feets
ya nos apunta.

Sin otro camino que el highway eighty,
sin más burladero que la resolana
que tasajea los ojos,
sin más barril vacío
que nuestro propio aliento
ni mínima esperanza
de la Higway Patrol,
bajamos la guardia y la velocidad.

El tropel de ganado pasa de largo
y se pierde
camino arriba hacia otros pastos.

Nosotros nos quedamos pensando,
al lado del camino,
si es verdad que se puede
tomar al toro por los cuernos.

Una cosa es segura:
esto debió ocurrir en otra lengua
arduamente (y a medias) aprendida
y ahora completamente olvidada.

Este recuerdo es inventado en la medida
en que recuento en la lengua de esta tarde
los hechos acaecidos en esa tarde extraña
y mido ahora en kilómetros de azoro
las otrora millas de estupefacción
en que ese cielo azul oscurecido
apunto estuvo de ofrendarnos
sendos disparos que ahora consigno como pum-pum
lo que seguramente hubiera sonado como bang-bang…

 

Vengo de la noche
como de un fractal
(infinitamentemente repetido).

La palabra aquí es una autopista
cerrada a largos trechos por su estado
por las reparaciones
(voluntad de tiempo
en otras manos madurado).

La fractura asoma ya su hueso
(columna de la sed pulida por los nervios).

Vengo de la noche:
pieza oscura
que pasa la factura.

Incandescente
cambio de luces
cintila por los dedos:
no pase
hombres trabajando
respiro acomodado en la cajuela.

Vengo de la noche
y los párpados me pesan
(la luna sedimenta en una de sus caras).

Las luces emergentes
tiñen las arboledas,
el claxon desparrama
parvadas en la arena,
en la rampa
de los que se quedaron
sin frenos.

Vengo de la noche
como de un fractal
que apunta
casi siempre
al nudo ciego
(me anudo y desanudo
mientras hablo).

Los baches alivianan la tristeza
la soledad que no es amortiguada:
reboto, me meneo,
me desperezo.

Vengo de la noche
sólo a repetirme
(a repetirme solo),
a entrar a la negrura
como a un señalamiento:

principia zona de niebla:
disminuya su velocidad:

Atrás de ese bloqueo
ya se adivina
una página encendida,

una aurora.

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