Una avasalladora fuerza de luciérnagas pasa quebrándonos el aire

Fernando Trejo 0 comentarios

Una mañana, uno de nosotros, al que le faltaba el negro, se sirvió del azul: había nacido el impresionismo, dijo Pierre-Auguste Renoir alguna tarde en París. Y así, la historia de la pintura se abriría como un abanico de colores, se plantaría como un escudo de armas. Nada volvería a ser igual. Desde aquel barquichuelo oscuro dándole de topes un sol anaranjado, hasta aquellas estrellas fundiéndose en la tela.

La niña Karla camina y a su paso el oleaje de un frasco de pintura habla, erige su postura de sepia, su blancura de cepa. Cotidiana, en los manglares de su imaginación, esboza al hablar el verde de la lluvia, sobre una hoja verde, donde una rana verde asoma.

Karla Betancourt es una joven pintora de madre tapatía y padre tapachulteco. La inquietud por labrar a pincelazos un camino promisorio en la plástica, la llevó a ondear su corazón lejos de casa, lejos del abrazo familiar. “Soy una joven curiosa que probó el mundo de la pintura y se dio cuenta que su infancia ya venía marcada por eso”. A sus 22 años, ha partido de una realidad cargada de una fuerza intrínseca. No lo puede negar. En su obra se refleja tal como en los claros de su voz cuando defiende su constitución chiapaneca. Karla parte de un paraje o elemento real y lo envuelve en un contexto asombroso. Tal como el director de cine mexicano Guillermo del Toro, Karla Betancourt desarrolla una serie de posibilidades para contar en varios compendios una historia maquillada de realismo mágico.

Dice el poeta Raúl Vázquez que “no han sido pocos, los poetas que se han interesado por las Artes Plásticas. Llamados hacia la imagen, estos creadores verbales, se relacionaron con la Plástica, con un empeño casi disciplinar, ya que como escribió Octavio Paz, esta relación nace de una comunidad de ideas y ambiciones estéticas entre artistas y poetas”.

Por eso escribo esto, porque creo en la narrativa de Karla Betancourt, porque la artista es una revolucionaria del lenguaje visual. Así lo dicta su obra. El reto que impone a una realidad más subjetiva, lleva en los hombros una ley de la verdad.

El color es parte fundamental, por eso Renoir, por eso Van Gogh, por eso el impresionismo. En este salto, la joven nos pinta un escenario a manera de homenaje al artista norteamericano pre pop, Jasper Johns. Su infancia cargada de libros la educaron con maestros de esta generación. Su energía vivaz, contagiosa, arrastrante, inquietante, avasalladora, excitante, la hacen digna de admiración. La importancia de darse ante los ojos, la importancia de sernos en el lienzo está aquí, en El centro de todas las distancias, asimismo su propio universo inmerso en el cotidiano chiapaneco.

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