Una Margarita deshojada

“Eran las dos de la mañana cuando Augusto llegó hecho un guiñapo. Apenas y podía sostenerse. Tocó el timbre. Mis hijos —Laura y Ernesto— y yo lo recostamos en el sofá de la sala. Habíamos estado llamándole para avisar que su madre se había puesto mal y que el médico había dicho que era muy probable no pasara la noche. Nunca contestó”, cuenta Margarita con una sonrisa que muestra cierto dolor, mientras arrodillada acomoda flores y enciende una vela en el panteón municipal de Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, en México.

Afuera los claxon y el perifoneo que anuncia la promoción de una empresa de llantas, irrumpen la tranquilidad que sólo se respira entre los muertos. Una lápida fastuosa contrasta con la cruz de madera y el cúmulo de tierra que Margarita limpia con apasionada ternura, sin notar, pese a su negra vestimenta, que el calor es un todo que se agolpa con nosotros.

“Ese día que le cuento Augusto traía en la bolsa de la camisa una servilleta con una lista de seis canciones. Recuerdo que una era de Joaquín Sabina. ¡Ah, y un billete de 20 pesos! En el pantalón guardaba una pachita de tequila con la mitad de licor y la cartera vacía. Siempre cargaba un poco de ese maldito vicio porque luego decía que le daba sed”, recuerda mientras se persigna y saca de un bolso de mano un rosario de madera desgastado.

Un helicóptero surca los cielos. Pasa bajo y su ruido irrumpe en una desbandada de zanates que reposan en uno de los árboles. Margarita fija su vista en el cielo y murmura algo ininteligible.

—¿Decía usted?, le digo para incentivarla a que siga contándome su historia.

“Le cambié la ropa porque estaba orinado y su media pachita la vacié en el retrete. ¡Ay, joven! Estaba tan furiosa que le pegué dos cachetadas y ni lo sintió. Lo quería ahorcar y hasta le dije que mejor se…”, suelta una risa tímida que contrasta con el color miel de sus ojos.

Margarita cuenta que antes de que se acostara, a las tres y media de la madrugada, le llamaron para avisarle que su suegra había muerto. Ordenó a los chicos arreglarse y trató de despertar a Augusto: “Fue inútil. Estaba noqueado de borracho”, dice.

Se arregló con riguroso luto y antes de partir dejó una nota que decía más o menos: “Augusto, murió tu madre. La estamos velando en casa de tu hermana Irma. Báñate y rasúrate. Pareces pordiosero y a ella no le hubiera gustado verte así”.

Tras escribir se dirigió a la cocina y guardó en una morraleta (bolsa para el mandado) una bolsa de azúcar, café y galletas, lo único que tenía en su alacena, pues no le había dado el dinero completo para las compras. Salieron cobijados por el sopor de la ciudad pasadas las cuatro y media de la madrugada. Hicieron la parada a un taxi. “¿40? ¡No sea gacho! Ando con poco cambio y voy a donde mi suegra que acaba de fallecer”. El taxista accedió y partieron con rumbo al velorio.

Cuando llegaron, dos hombres colocaban una lona y otros tres acomodaban mesas y sillas. Adentro la familia estaba arreglando a la abuela para que luciera feliz, como había sido en vida. “Yo no pude entrar, sentía un hueco enorme en mi pecho. Estaba retenojada”, cuenta mientras se limpia una gota de sudor que recorre su mentón y se rasca el antebrazo izquierdo.

Al poco rato llegó Antonio, el hermano menor de su esposo. “¿Y Augusto?”, preguntó con el rostro desencajado. Margarita recuerda haber bajado la mirada y tras el breve silencio el joven espetó: “¡Ese cabrón nunca está cuando se le necesita!, ¿Llegó borracho?”. No tuvo tiempo de responder, un grupo de mujeres empezó a rezar un Ave María y los familiares ayudaron a meter el cuerpo a la caja. Los presentes se arrodillaron y se unieron a la oración por su eterno descanso.

“Le pusieron un traje de jucha, porque era de Oaxaca. Le hicieron su trenza y la pintaron. Nombre, joven, se miraba rechula la condenada viejita”. Afuera un nutrido grupo de varones fumaba y jugaba cartas. Otros reían. Antonio hizo una seña a Margarita y juntos se metieron a la cocina a marcarle a Augusto. Una, dos, tres, cuatro llamadas y nada. Antonio se puso de pie y tomó las llaves de su coche. “¡Voy a buscarlo!”, sentenció. Margarita le dijo que no valía la pena, que ni al cumpleaños de su madre, dos meses atrás, había llegado. “Ya vendrá cuando la bolera se le pase o lo verás hincado chillando en el panteón pidiéndole perdón. No tiene compostura”, le dijo. Antonio meneó la cabeza y subió sin mediar palabra a su recámara.

Margarita se sirvió una taza de café y recordó que tenía dos años, tras la muerte de don Francisco, el padre de Augusto, que su esposo se había perdido en el alcohol. De ser un hombre de casa, pasó a ser un extraño. Bebía casi todos los días y su rostro parecía haber sido golpeado por los siglos. No se rasuraba y había olvidado sonreír. “¡Sí, eso era lo más triste! Perdió ese don del que me enamoré: su sonrisa franca y transparente”.

A las once de la mañana empezó a correr un poco de aire y el cielo se nubló. “La lluvia contrastaba con nuestra tristeza. Siempre diosito sabe cuándo uno no está bien o cuándo uno requiere limpiar el alma”. Recuerda que había poca gente y el ambiente era desangelado. La mayoría se había marchado, pues era viernes y se trabajaba.

“Estaba yo pidiendo que hicieran cochito (platillo típico de Chiapas) para dar de comer a la gente que iba a llegar y a quienes ahí estaban cuando mi cuñado Antonio bajó agitado”. Pasó corriendo frente a Margarita. Ella le gritó para ver qué pasaba, pero no encontró respuesta. “Yo lo sabía, joven. ¿Me entiende? Es como cuando usted tiene un mal presentimiento e instantes después recibe la noticia. Esas cosas se sienten”.

Margarita no alcanzó a Antonio y sólo logró ver el coche que brincaba sin precaución un tope y se perdía en la llovizna que empezaba a caer. Con el corazón a punto de estallarle corrió una cuadra hasta toparse un taxi desocupado. Dio la dirección. El trayecto se le hizo eterno. Miles de cosas pasaron por su cabeza. “No, Señor, mi Augusto no”, pensó.

Cuando llegó, Antonio había abierto la puerta a patadas. Augusto estaba de bruces. “¡Está vivo, dime por favor que está vivo!”, le gritó a Antonio que sacudía el cuerpo de su hermano. Antonio marcó al número de emergencia y en la espera le pusieron compresas de alcohol en el cuello, hielo en la frente, le mojaron la cara, le dieron sorbos de mezcal que ella escondía en el horno de la estufa, junto a sus ollas viejas, y nada.

Los paramédicos llegaron y valoraron a Augusto. No había nada qué hacer. “Se broncoaspiró, dijeron ellos y yo les hubiera creído, por mis hijos que amo tanto que lo hubiera creído, pero luego vi desordenado el escritorio y la vitrina con mis trastes rotos, y la botella vacía del licor que tiré por el baño y supe qué había estado buscando…”.

Un niño de escasos 11 años, con el cuerpo mórbido, se acerca a ofrecer dos cubetas de agua para las flores por diez pesos. “¡Ándele doña, no he ganado nada”. Margarita acepta, mientras se limpia las lágrimas de los ojos y le da dos monedas. Cuando el niño se marcha corriendo ella se levanta. Se apoya en mi mano y se queda callada por unos segundos.

—“¿Sabe qué es lo peor, joven?”, me pregunta.

—¿Qué el niño no vaguantar las dos cubetas?, le respondo en tono de broma para que se rompa ese trance de tristeza. Ella esboza una sonrisa y me golpea sutilmente con un pañuelo negro de encajes en el brazo.

Se persigna. Me mira con ternura y me dice dándome la mano en señal de despedida.

—¡Yo lo maté!

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