Lo vi en el muro de Julio César Toledo

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Hace algunos años estuve frente a frente con el escritor Fernando Vallejo, en la sala de su apartamento. Hablamos de Antioquia y tomamos tinto (que es como le dicen al café los colombianos de Medellín). Creo que quiso seducirme. Yo, entonces, no era el que soy. Abdomen plano y sin barba, me daba el lujo de, incluso, disfrutar el flirteo, me interesara o no la concreción que le supone. Éramos otros. Hoy día el mismo Vallejo no consideraría coquetearme, me haría su amigo, y, acaso, saldríamos juntos a la calle a ver qué (de amor y carne) pudiéramos pagar con lo que dan las regalías (las suyas, claro).

Me cayó muy bien, mas debo confesar que un par de momentos tuve miedo, a juzgar por su tono de voz y su lenguaje corporal, de que se (o me) violentara, sobre todo cuando el tema giraba sobre religión. Yo había llegado hasta él mintiendo. Al igual que a otros escritores de renombre, le contacté diciendo que realizaba, por encargo para la revista Armas y Letras de Monterrey, una serie de entrevistas a los imprescindibles de la literatura de aquellos años. No era cierto, quienes entonces hacían la revista no sabían de mi existencia, y yo solamente aproveché que recién llegaba de Monterrey, y que supuse que nadie necesitaría (estamos entre colegas) verificar mi historia. Víctimas de esa chapuza fueron, entre otros: Enriqueta Ochoa, Eduardo Langagne, José Emilio Pacheco, y una improbable cita que nunca concretamos con Adolfo Castañón.

Pues así fue que llegué hasta la sala del departamento de Vallejo, cuya estética colindaba con la casa de mi abuela, y eso me hacía sentir en casa. Pasado un rato y toda vez que abandonó la idea de llevarme a la cama, me dijo, como quien apura el último aguardiente antes de completar la misión suicida: ¿vas a darme algo tuyo para leer, o no? Yo, en ese entonces, igual que ahora, escribía muy poco.

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