Trece poemas de Fabián Rivera

CP 0 comentarios

Fabián Rivera (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 1984). Poeta, periodista cultural y editor. Autor de los libros de poesía En aras del silencio (2011, Secretaría de Educación, delegación Chiapas) y Para un altar en llamas (2013, Espejitos de Papel Editores, Puerto Rico). Ha colaborado en revistas culturales como Tierra Adentro, Alforja y Trilce. Es fundador de la plataforma artística Agencia Cultural de Chiapas y editor de la revista electrónica de poesía Vozquemadura.

Poemas

Cómo empezar,
cómo minar el balbuceo,
cómo levantar pulmones
dislocados y animales sin un grito.
Cómo hablar de lo que viene y lo que pasa
sin un grito redentor que estalle
frente al muro de la sombra
/y no ser como la lluvia,
ser sólo el recorte de un recorte,
pedazo de hombre
de camisa rota……….sin mirada,
caricatura de hombre que Dios imaginó
para no caer en el bostezo,
hombre casi hombre
que no merece el pan ni el alba

cómo callar este poema,
este rostro apresurado
que ladra y se revuelca
sobre las mismas cicatrices.

 

muro

[.]

horas y horas pasan frente al muro
derrotado gimo en una esquina
hablo a solas mi retrato
no resisto el peso de mi cuerpo
desnudo permanezco en el sudor
en su tránsito salobre
tuve el oro entre mis manos
lo perdí……….todo lo tuve
no poseo un rostro ni recuerdos

es la cobardía la mayor de mis herencias

muerdo una manzana rota
una mirada fútil que retorna
agitado muerdo el fruto
y nada espero

mis órganos perdieron
la oscura voluntad que los define

 

[..]

Estoy desnudo,
en algún rincón del cuarto.
Esta orilla me pertenece, como la hora
y el segundo evidenciados
significan un segundo y una hora,
una hora y unos pasos hacia la eternidad
de quien me escucha.

Mis raíces buscan esa misma grieta
: el silencio constata mis suspiros.

¿Quién puede leerme, quién puede leer
en estos versos mi torpe, dolorosa anatomía?

Estoy, sigo desnudo y permanezco
en algún rincón del cuarto.
De aire esta camisa que no cubre mi piel,
el sudor, su tránsito salobre que no escapa
a la humedad que me condena.

 

[…]

permanezco en todas partes
en ninguna al mismo tiempo
finjo crecer a la par de la imagen
que elaboro
agitado finjo
espero el cruel asalto
los alaridos evidentes
el cúmulo de rostros que me espera
vaso reviento
no es arcilla sino lodo
lo que mis pulmones regurgitan

me estrello a toda voz
con la pared humana

la pared humana
me destroza

 

(piedra sobre piedra)

Mi madre colocó a propósito las piedras.
Transcribía poemas muy sencillos
de algunas viejas revistas,
igualmente sencillas, que su pobreza,
en ese instante permitieron.
Eran textos lozanos y pequeños
escritos sobre hojas del setenta.
“No es ésa la fecha”, me dijo,
“yo extrañé a tu padre en otro tiempo”.

Encontré sin rebuscar notas de amor
y cada trazo demostraba el desconsuelo.
Papá no estaba más en casa.
Prefirió abrir otros caminos.

Poco a poco se olvidaba
de aquel hombre que nos fue.

Poco a poco fue labrando
en otra piel nuevas pupilas.

Sé que mi madre colocó a propósito las piedras.
Y me leía cada noche mientras él no estaba.
Tocaba, cada noche,
una guitarra de papel y tan pequeña
al entregarme al Dios que me asignaron.
De plástico un sombrero,
unos cuantos artificios
que ayudaran a pararme,
a poner sobre la tierra
los pulmones necesarios.

Sé que mi madre colocó a propósito las piedras.
Para que comiences a tropezar,
me dijo ella sin decirlo.
Para que comenzara a tropezar
aún sin tocar tierra.

He caminado siempre
rumbo a la escuela de mis días.
Y el viento y la luz
siempre van contra mi cara.
Sin embargo el viento no me toca
y siempre que respiro
suelo abrir esa ventana.

Sé por ello que mi madre colocó a propósito las piedras,
porque las piedras son su escuela,
y una piedra de nacimiento, entraña el alma.

 

(paréntesis)

Pensé
en el juguetero lleno de polvo
que nunca me dio nada
(ni una sonrisa
queriéndome arreglar la cara).
Pensé en el pan,
en la taza,
en el humo que de su calor
se desprendía,
y en la cuenta
tras la cuenta de los días
junto a ella.

Pensé
en los vestidos,
en los chalecos que cosía
entre los gestos
que protegieron su añoranza,
sobre la silla que albergó
sus entrañas miserables e infinitas.

Pensé
en el día de su muerte,
en cómo dijo
sin mover un dedo……….(un adiós)
en cómo dijo aquellos labios
que esbozaron, presurosos,
el asco de la vida
que vio derramarse a nuestro lado
con la belleza
de aquel vaso que se aguarda
y escapa a nuestro tacto
un día de sed
y de rupturas.

De En aras del silencio
(Secretaría de Educación Chiapas, México, 2011)

BREVE NOTICIA CONFESIONAL,
donde el autor le hace de maldito y finge no tener escrúpulos
al escribir lo que está a punto, y que comprobará,
casi seguro, el popular dicho que reza:
“En cada panfleto o bodrio que escribieres has de cargar la penitencia”.

I

NO BUSCO comprender, que me comprendan,
ni deseo hacerme el arrabal incomprendido.
Soy un clasemediero, un parásito cualquiera,
hijo de mi rrenegra noche, un esperma fugitivo.
Firme candidato a barrendero, a bohemio fracasado, a limpiapisos,
pobre perro y malaliento, que jamás grillo, amarranavajas, como muchos.
No esperes nada de mí. Yo jamás he prometido nada.
Puedes escupir a la poesía, pero resulta igual escupir hacia tu techo.
Puedes escupir a la poesía y si te da la espalda,
métele la mano y agárrale las nalgas.
(Al fin que de mano en mano siempre se la vive, manoseada.)
Si no deseas leer esto no lo hagas. No pierdas tu tiempo.
Qué mejor si esto te duele pues seguro estoy gozando cada línea.
Si por error caí en tus manos,
dame un mejor uso al fondo a la derecha más cercano,
como alguna vez yo hiciera con mi rostro,
tras una falsa borrachera, madrugando.

De Para un altar en llamas
(Espejitos de papel Editores, Puerto Rico, 2012)

 

Es rebelde quien escribe con las manos,
rebelde quien sostiene una pluma
entre la sombra y celebra
el fulgor de su miseria.

Desearía escribir
con la punta de mis venas;
extirpar mi corazón
y ensayar sobre muros de silencio
un grafiti hecho de rabia.

Nada me detiene.

Abro una ventana en mis arterias
y retomo las palabras de mi madre:

“Que jamás sea tu papel el hielo.
Necesitas escribir como los hombres”.

Nada, un solo ruido,
pronunció al caer
su estoica arquitectura.

Cuántas sombras no habitan esta casa.
Cuántas no se pierden
en la misma oscuridad que las convoca,
y el agua beben del altar
dispuesto para ellas.
Hay un temor
que ronda por el cuarto
a medianoche en mis espaldas.
Observo el lento paso de las horas
hasta que el aire todo explota
y se derrumba, y las sombras,
a la zaga mantenidas,
contemplan el paso de la destrucción
que brota por mis ojos,
con la esperanza de entregarme
su nostalgia rota.

 

Legado de la noche, cierta ocasión
vino un hombre de muy lejos.
Hablaba con sobrado gusto
de las tierras que sus suelas conocían.

Gentes y más gentes habitaban su memoria;
lenguas y más lenguas recorrían con honor
la enciclopedia de su boca. Cuántos países
no saludó aquel hombre bajo, hecho a la usanza
de un ser que no era el Dios que conocemos.

Océanos de ignorancia nos inundaban en aquella plática.
Aires y montañas agradecidos por servir
a las estancias de aquel viajero extravagante,
por ser lugares visitados en la íntima cartografía
de aquel hombre diminuto que vino de tan lejos,
que había hecho de las palabras
………………………………………..su viento y su caballo.

Qué más puedo referir de aquel
que de tal forma
empleaba su lengua itinerante.

De aquel hombre que vino de tan lejos
ahora solo arden los recuerdos;
la pira de mis ojos ya lo evoca:

escribió firme como un ciego.

Habló con suavidad de las mujeres que su cuerpo
le dotó mientras viajaba. De la mujer que le enseñó
a vivir, y que ahora, desde otro aire, sí lo amaba.

Guardo para él esta memoria,
este retrato carcomido por los años.
De igual forma vino de tan lejos,
de igual forma se extravió en sus lejanías.

Antes de partir, al salir tras de la noche,
miró el tímido almendro que hace mucho nos cobija:

sus hojas, que apenas respiraban, le indicaron el camino.

Se hizo uno con las sombras.

 

A pesar de tener los brazos rotos, levanté los escombros de la casa.
Bastó un soplo, el pneuma universal de los antiguos para que la llama
ardiera desde adentro. Es ésta la naturaleza primaria de la lumbre.
Y así debe ser. No hay margen de error. No hay lugar para brazos rotos
cuando todo está por acabarse. Porque el mundo, sabes, se está yendo
al carajo. Sólo lágrimas sellarán el ardor de la casa rota. De nuestra casa rota.

 

Muro

Me pregunto si conviene recordarte,
si tu nombre merece entrar
en los terrenos de la historia,
si tus hijos o los hijos de tus hijos
deben saber que tuviste la osadía
de escribir versitos que no lograron
arrancarte tu dolor, piel adentro,
tristemente fueron reservados
para el polvo, y tú no lo sabías.

Dónde estás ahora
que nadie te recuerda
ni te nombra,
dónde la belleza
de tu primera juventud
malgastada entre la rabia del alcohol
y la vida por las calles
que ahora ya no existen
ni siquiera en la memoria.

Qué fue de ti,
qué pueden decirme
hoy tus derrotados músculos,
el pantano de su flacidez
que no sonríe ya,
sino que gruñe
como un animal herido.

A veces me pregunto
si conviene recordarte,
si debe mi mente mencionarte
y mereces que el polvo
te dé cobijo entre sus sombras,
triste silueta, burla de Dios
eres ahora
(coloca aquí tu nombre)
solo letras en la boca rota
de los muertos, eres tú.

0 Comentarios

¿Qué opinas?