“Del vientre de un día”

En la vertiente de comunicar lo que se ha descubierto1, sitúo la lectura hecha por Óscar Oliva de los primeros poemas de Raúl Garduño publicados en el número 5 de la revista ICACH, una publicación cuya trascendencia está también ahí sin explorarse. Garduño tenía dieciséis años en 1961, cuando sus textos fueron incluidos en dicha revista. Escribió Oliva en esa presentación: “Y en verdad, a pesar de contar con muy pocos años (…) la poesía que escribe tiene ya resonancia, seguridad y fuerza”2. En esos primeros poemas de Garduño, Oliva observa que se trata de una voz poética que “se hunde en lo oscuro, en la niebla de su imaginación, que es su realidad”3. Para que no haya dudas acerca del poeta que está presentando, Oliva agrega: “Raúl Garduño está comenzando su carrera de escritor, y dentro de muy pocos años, su nombre figurará entre los mejores poetas chiapanecos. Esto no lo digo nada más porque sí, si no que estoy hablando porque tengo frente a mí estas palabras que gritan, esta poesía que clama; porque conozco a este muchacho; su coraje de hombre rebelde, su diario escribir, su afán por el estudio, su deseo de vivir y conocer”4. Se trata de un joven que escribe con ímpetu, de quien Oliva espera lo siguiente: “Días vendrán en que encuentre su definitiva palabra. Años de lucha, de desesperación y de victoria. ‘El arma del poeta debe ser la dialéctica, y las aguas en donde debe sumergirse la lucha de clases y las relaciones de producción’, dice el poeta Juan Bañuelos. En el estudio, en el crecimiento, en la experiencia, Raúl Garduño sabrá comprender esto. Ahora su poesía es subjetiva, individual; pero es sincera y recia como un golpe de bronce”5.

Esta muestra del trabajo de Garduño publicada en la revista ICACH fue definida por Oliva como subjetiva, como individual. Se trata de cuatro poemas identificados con los siguientes títulos: “Del vientre de un día”, “Con los cuchillos llorando”, “Hijo soy de todos los días” y “Sepultándome en un día” (fragmento). De entrada, los títulos muestran un recorrido de una intensidad inquietante: del vientre, se pasa por los días y se llega a la muerte. Las palabras de Oliva entregan a Garduño pintado en cuerpo y alma. Puede observarse que tenderá a construir poemas extensos, en los cuales antes que el sentido, se instala en el lector una sonoridad que se convierte en un torrente. Esa sonoridad se finca en una palabra que posee una cualidad: ha sido invadida por el temor: “Aquí estoy con mi palabra llena de miedo”6, dice el poeta en el primer verso del primer poema. Ante tal afirmación, habría que preguntarse qué puede hacer el yo lírico con su determinación de estar en un lugar en el cual la palabra está invadida por el desasosiego. Habría que preguntarse sobre lo que está alrededor de él. Hay una escisión entre el yo y la palabra. Es un yo que desde hace tiempo anda buscando “cosas nuevas” y apela a sus amigos, a sus hermanos, “que todos oigan y miren cómo hablo, y cómo camino sobre la tierra que nos ensucia (…) Contemplen mis manos hambrientas de sílabas,/ comprendan mi agonía diaria”. El yo lírico describe a quienes acuden a su llamado, a quienes están con él: “los de abajo me apestan el cuerpo,/ los de arriba más me lo pudren,/ todos me aborrecen de pronto,/ me aniquilan, me insultan, no sé qué decir de inmediato”. La palabra que el yo lírico profiera no convocará a nadie. Al contrario, mientras más hable, más odio originará esa palabra. Existe una lucha entre el yo y su entorno. Sin embargo, él no desfallece; acepta que se preocupa por él y por los demás.

La primera y segunda imagen que acompañan este texto fueron retomadas del sitio Galería de Hallazgos.

Ésta y la imagen anterior fueron extraídas del sitio Galería de Hallazgos.

En este poema es notoria una entidad que tendrá un punto central en los poemas de Garduño: el cuerpo. El yo lírico dice que está con su palabra llena de miedo en un sitio en el que sólo alcanza “los brazos de sus voces ahorcadas en las paredes de cuarto”. El escenario en el que se debate el yo lírico ha sido descrito: un yo con una palabra buscando algo. El joven poeta Garduño le ha colocado brazos a las voces ahorcadas: qué manera de mostrar la indefensión del yo lírico. No tuvo necesidad de recurrir a un adjetivo para definir el cuarto. Toda la fuerza de la imagen la ha colocado en esos brazos y en esas voces. Los brazos connotan movimiento, hacen pensar, por ejemplo, en el trabajo que con ellos puede hacerse. La voz es vida también. Pero acá, en este primer poema de Garduño, se trata de voces. Sí, ahí, en esas voces, un adjetivo: “ahorcadas”. El poeta no encuentra quien lo auxilie. Solo están cerca de él esas “Voces ahorcadas en las paredes de cuarto”. El poeta ha prescindido del artículo. No son las paredes de un cuarto. No son las paredes del cuarto. Las paredes son de cuarto, como si “cuarto” fuera el material con el que han sido construidas esas paredes. El yo lírico no termina ahí, en esos primeros tres versos. El joven poeta Garduño hace decir al yo lírico, en seguida: “aquí vengo desde hace tiempo buscando cosas nuevas,/ y ya estoy aquí, escuchadme amigos.

Si se está acostumbrado a leer textos en los cuales todo transita con cierta normalidad, en un escenario apacible, quizá lleno de flores, con un sol que no se estremece, puede resultar desconcertante constatar cómo el yo lírico configurado por Garduño en este su primer poema aparece sin algo que lo salve, deseoso de ser escuchado, y no a la intemperie. Está en un cuarto de voces ahorcadas. El yo quiere ser escuchado. Por ello, apela a quienes lo rodean. Cito a Garduño: “esqueletos de mis antepasados,/ túneles del mundo en que vivo,/ cementerios con muertos escondidos de verano”.

Y el poema continúa dentro de esa misma red semántica. Al no encontrar en el exterior una respuesta a sus inquietudes, el yo lírico mira su cuerpo; reconoce cuanto éste le ofrece. Hay fiesta en ese cuerpo, el cual, al percatarse el yo lírico de que lo tiene, de que está con él, le hace exclamar: “en los lunares de la noche y mis piernas: Hay más vida todavía”.

El haber encontrado los poemas de Garduño me obliga a preguntarme si el “Del vientre de un día” fue el primero escrito por él. Quizá también podría interrogarme si volvió a este poema, si lo incorporó en otra publicación. No lo sé aún. Los tres poemas restantes publicados en la revista ICACH están situados en la búsqueda de cosas nuevas por medio de palabras cansadas: “porque deseo todo lo que se me pone enfrente”, dice el poeta. Es la vehemencia de lo que se desea poseer unida al reconocimiento de que no se puede poseer todo.

En el Garduño que llega hasta el libro Poemas, cuya segunda edición es de 19827, todo atraviesa por la palabra, esa que define como cansada. Su mundo existe porque ha sido nombrado. Es una palabra a la que le imprime movimiento por medio de la invocación; de ahí quizá proceda su inclinación por el poema extenso. Y no es la suya una mirada volcada hacia el exterior. Sí, hay calles, se nombra la ciudad, así, en términos genéricos, pero el yo lírico que él construye apela más a los sitios cerrados. Por ello no debe extrañar la alusión a ventanas, aldabas y puertas. Estoy ahora sólo enumerando algunos elementos con los cuales Garduño configuró sus poemas. Hay constantes alusiones a los pies. La mujer está ahí: “purísima muchacha”. Algo más que me atrae es que haya nombrado cinco o seis poemas con el título de “Canción”.

Quizá por esa mirada ubicada en lugares cerrados, Óscar Oliva estaba pidiendo que la de Garduño no fuera una poesía volcada sobre sí misma, imbuida en su propia niebla, que después de varias vueltas no tuviera más que retornar al mismo sitio de donde partió. Quería ver a un poeta volcado en las calles y no a uno que insistiera que estaba sentado sólo con sus palabras.

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Raúl Garduño escribiendo. Foto: Archivo iconográfico de Mario Nandayapa

En 1976, José Casahonda Castillo publicó 12 poetas chiapanecos8, cuyo último poeta incluido es Raúl Garduño. Median quince años entre los primeros poemas de Garduño incluidos en la revista ICACH y la aparición del libro de Casahonda Castillo. En este período, poemas de Garduño fueron publicados en ediciones nacionales e internacionales, como la promovida en Italia por Carlo Coccioli, en 1969. En 1967 apareció la primera edición de Poesía joven de México, libro formado con poemas de Alejandro Aura, Leopoldo Ayala, José Carlos Becerra y Raúl Garduño, de quien, en 1973, el gobierno del estado de Chiapas había editado Poemas, en la colección Chiapas, cuya edición estuvo al cuidado de Elva Macías. De Garduño, Casahonda Castillo dice lo siguiente: “Garduño, más que cultura y técnica es imaginación. Su palabra asida del aire, camina por rieles invisibles y vive en la neblina, para el final volcarse en una realidad que no se define, que no se entrega, que sigue flotando”9. Después de haber dicho estas palabras sobre Garduño, Casahonda Castillo concluye de esta manera la presentación de los 12 poetas chiapanecos: “Garduño es una fecha. Como el viejo dios Jano tiene los ojos puestos en el pasado y en el futuro. Gallardo, ha recogido una tradición. Estamos convencidos que el venero poético chiapaneco no se ha agotado. Después de Garduño ya cuentan otros nombres. Como los anteriores, esperamos que los nuevos amen al hombre y sientan siempre el orgullo de su tierra”10.

Casahonda Castillo no entrevistó a Garduño, quien para las fechas de la publicación de 12 poetas chiapanecos había vuelto a Chiapas. Tal vez no veía que sintiera el “orgullo de su tierra”. Sí, hay momentos en que Garduño dirige la mirada a determinados sitios, los cuales hay que ir buscando en sus poemas. En algún tramo de su trayectoria habrá de decir: “No tengo otro sentido sino el que significa mirar”11. Se trata de un poeta que se asume, como lo definió Baudelaire, como un ser de naturalezas contrapuestas. “Así, la imagen del mundo/ sólo es una sonrisa a tus pies”12, dice el poeta. Por ello, no debe extrañar que allá en sus poemas instantes como éste: “Llega la tarde en fuego a la mirada/ y es bosque de caballos combatiendo/ al centro de una perla fulminada/ en el grano de sol que se va hundiendo”13.

El anterior ha sido sólo un ejemplo para mostrar dos lecturas -la de Oliva y la de Casahonda Castillo- sobre un poeta muerto, en edad temprana, en 1982, y que por los alcances de su propuesta poética merecería lecturas atentas, en las que se incorporara la producción que dejó inédita14 .

  1. Una versión de este texto fue leída el 26 de mayo de 2012, en el homenaje a Raúl Garduño, como parte de las actividades del V Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes de México “Carruaje de pájaros”, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.
  2. Óscar Oliva, “Presentación de un poeta”, revista ICACH, órgano de divulgación cultural del Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, septiembre-diciembre de 1960 y marzo de 1961, Tuxtla Gutiérrez, p. 84. El director de la revista en ese entonces era Óscar Oliva.
  3. Id, p.85.
  4. Ibídem.
  5. Ibídem.
  6. Todas las citas de los poemas de Raúl Garduño corresponden a los poemas publicados en el número 5 de la revista ICACH, según lo he indicado.
  7. La poeta Elva Macías cuidó la edición de este libro. Ella ha estado interesada en dar a conocer los poemas de Raúl Garduño.
  8. Como ha quedado anotado en este capítulo, el de Casahonda Castillo ha sido un libro de gran utilidad.
  9. José Casahonda Castillo, op.cit, p. 29.
  10. Id, p.30.
  11. Raúl Garduño, “Cosas distraídas desde el verano”, Poemas, Gobierno del estado de Chiapas, col. Ceiba 12, 1982, p. 66.
  12. “La palabra ardiente”, Poemas, p. 50.
  13. “Oído en el mar”, Poemas, p. 116.
  14. La poeta Elva Macías es quien se ha dado a la tarea de hacer esta labor. Ha hecho un ejercicio al publicar en 2003 el libro Encuentro a la tempestad (poemas inéditos), en Ediciones Monte Carmelo.