Qué tan regio soy gracias a Chiapas. Entrevista a Miguel Martínez

Fernando Trejo 1 comentario

Como cuando recién abres una empolvada caja de zapatos y encuentras viejas fotografías, y comienzas a verlas, a reconocerlas, a evocarlas; y entonces sabes que te has perdido de tanto al dejarlas en completo olvido, que pronto quieres anunciarlas, obsequiarlas, hablar de ellas, reencontrarte con los personajes que ahí figuran, saber de algunos, no de otros, así, con esas mismas características, de manera fortuita, caí en la caja de zapatos de Miguel Martínez: Agua de mango. Su primer libro de cuentos publicado. ¿Pero dónde estaba escondido este muchacho? ¿Por qué no figura en el amplio panorama de la narrativa joven mexicana? ¿Qué es lo que ha estado haciendo?

Tenemos un amigo en común: Páramo, Jorge Páramo, quien me habló de Miguel en contadas ocasiones, “es bueno escribiendo, escribe cuento”, me decía. Y Jorge también le habló de mí, no sé si bien o mal pero ese intercambio de inconexa correspondencia hoy la celebro en demasía, sin embargo este festejo habría podido comenzar desde 2012 cuando con Miguel nos topamos, casi reconociéndonos en la densa niebla de la casualidad (sin conocernos anteriormente) en los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Monterrey. Él presentaría su primer libro y yo nomás estaba de paso. No intercambiamos más que algunas palabras. Nos despedimos y cada quien tomó su ruta.

Miguel es un joven escritor chiapaneco, de 31 años, radicado en Monterrey. Llegué a él porque la revista Punto de Partida de la UNAM me pidió -junto a Claudia Morales- hacer una selección de joven narrativa chiapaneca. En el proceso de investigación tuve un flashazo: recordé que Miguel tenía un libro de cuentos: Agua de mango (Editorial Alabastro, 2012). No dudé en escribirle vía Facebook (ni ahí éramos amigos), se lo pedí, me lo mandó y, ¡oh, sorpresa, maravilla! Es un gran libro de cuentos que ha permanecido en total abandono, como una vieja caja de zapatos al interior de un clóset. Al menos en Chiapas.

“Inacabado, apasionado por aprender, por escuchar historias, en movimiento constante”, así se define Miguel, quien nació en Tuxtla Gutiérrez, pero “mi abuelo quiso que me registraran en Pichucalco, entonces siempre digo que nací ahí porque así lo dispuso Don Manolo.” Actualmente radica en la ciudad de Monterrey. Es profesor, psicólogo y escritor constantemente. “Soy libra y me gusta comer. Práctico la meditación budista desde hace varias semanas, rezo el rosario, consulto al Tarot y al psicoanalista. Tengo daddy issues, miopía y astigmatismo”.

Esta entrevista la realizamos, también, a través del Facebook. No hemos podido coincidir desde aquel 2012. Seguro estoy que falta poco, mientras tanto, en este mundo en el que Toño Malpica afirma no deben existir más escritores porque los hay suficientes, aparece Miguel. Por eso le pregunto, ¿por qué?, ¿por qué escribes? ¿por qué escribir cuentos? Su respuesta es la siguiente:

“Comencé escribiendo poemas y cuentos breves en la niñez tardía, eran textos que hacía para mí, para no ser mostrados, como una especie de diario personal. En la secundaria empecé a compartir algunos con mis amigos más cercanos y maestras de español, y en la prepa asistí por unos meses a un taller de creación poética dirigido por Waldemar Noh Tzec en el Centro Cultural de Chiapas Jaime Sabines. Se llamaba “Los alientos del conejo”. Para mí ese encuentro fue crucial, porque descubrí que aquello que me daba placer o catarsis podía crecer con el agua de la disciplina y el encuentro. Años después insistí en vaciarme a través de los versos, pero nunca quedé conforme con el resultado. Me volví muy estricto conmigo mismo y la poesía empezó a hacerse la difícil. Creo que nunca superé el tono catártico y sentimental adolescente, así que retomé la narrativa. El retorno comenzó con un cuento que escribí para un concurso universitario y obtuve la mención honorífica. Para mí fue como una palmada en el hombro que me animó a leer más y comenzar a ejercer mi deseo de escribir a través del tejido de historias. Cuando comencé el posgrado en humanidades conocí a jóvenes escritores y grandes eruditos de las letras y el ambiente fue tan estimulante que la pluma comenzó a fluir como nunca antes. Ahí gané el Premio Edmundo Valadés y trabajé con Felipe Montes y Xitllaly Rivero en un taller en el que los tres publicamos nuestras obras. En mi caso se trató de mi primera publicación, a la vez la materialización de un deseo y un compromiso. Lo interpreto como si la vida dijera: Esto es lo tuyo. Date. Es el género dónde la pluma me fluye mejor y los dedos bailan sobre el teclado con mejor ritmo, aunque nunca quedo conforme.

En su libro Agua de mango existe un tono que pretende rescatar el folclor de un pueblo, sin embargo Miguel dice que tiene un dejo “que sólo es un ingrediente en la jarra”. Durante el proceso de gestación tuvo muy claro que quería escribir cuentos sobre la dualidad entre el pasado y el presente, entre la ciudad y el pueblo, entre el norte y el sur, entre la nostalgia y la ansiedad. Para Miguel era un momento en el que él estaba viviendo varios duelos a la vez, y los cuentos son un resultado de una pesquisa, de una búsqueda interna de equilibrio. “El pasado representado por Chiapas, como un candor fértil en la lengua que oscila entre la serenidad y el hundimiento, y aquel presente por un Monterrey árido que generaba voluntad de creación o violencia y muerte. En el centro de aquella pequeña crisis estaba el balance de qué tan regio soy gracias a Chiapas y qué tan chiapaneco me vuelve Monterrey”.

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No define su estilo porque dice no ser un buen crítico literario. Prefiere quedarse en la etapa de la contemplación y el goce (y sobre ello ejerce sus juicios), “y porque tengo muy poquito publicado todavía”, dice.

Le pregunto: ¿Quiénes son tus autores de cabecera?

“Soy muy entreverado en eso de las cabeceras y siempre tengo novedades, así que te voy a hablar de una presencia perenne. Te puedo decir que si a alguien he tomado como maestro y guía en la escritura del cuento es a Chéjov. Es un maestro muy severo conmigo porque mi sueño es alcanzar la destreza que tuvo para contar historias con una descripción precisa, sin excesos ni carencias, de los conflictos humanos universales. Yo, que soy un ingenuo romanticoide inclinado a los sentimentalismos lucho constantemente con mi pluma para buscar lo concreto mientras el Doctor Antón Chéjov me escribe en el pizarrón que el conflicto no necesita ornamentos ni pretensiones. Amo a Chéjov por mostrar el silencio y el bullicio, por escribir como quien pinta con maestría sobre la soledad, el duelo, el engaño, la imposibilidad, la angustia, la necesidad de escapar, y todo ello mientras habla de obreros, médicos, burócratas, aristócratas y miserables. No importa. Además, su figura es mi ideal. Médico con formación universitaria ajena al mundo de las letras, que consideró a la literatura como su amante, su querida. Quizás por eso nos regaló obras llenas de belleza y pasión arbitradas con precisión quirúrgica. Y por si fuera poco, estaba bien guapo.

Me es imposible no preguntarle sobre nuestra tradición poética, sobre nuestra literatura chiapaneca; conoció a los poetas chiapanecos gracias a su madre, “una enamorada de la poesía”. Ahí leyó a Jaime Sabines, Rodulfo Figueroa, Enoch Cancino Casahonda, Efraín Bartolomé y más recientemente a Mario Nandayapa. Le llama la atención la poesía escrita por hombres, sin embargo amó, aunque tarde, a Rosario Castellanos a quien conoció después. Gracias a estas lecturas, considera que existe una carencia de la autocrítica. “Parece que todo el mundo quiere ser Jaime Sabines o Rosario Castellanos, acceder a la reputación, al reconocimiento del poeta, cuando hay otras posibilidades. No te sé decir más porque yo decepcioné a la poesía y me fui muy temprano de Chiapas”.

Miguel dejó su estado natal a los 19 años. En Monterrey, al desempacar, encontró un poemario que había estado en su casa desde su nacimiento: Casa, de Joaquín Vásquez Aguilar.

“Me metí íntimamente con los versos de Quincho en tierras regias, aunque ya conocía su nombre. Fue amor a primera página. La pesca, la sencillez, el hombre que echa trago en la cantina, toma su café en el centro y habla de lo que conoce: el mar. El mar, el puto mar y todo lo que nos representa, lo que nos devuelve. Ajeno a un remolino de senos y muslos universitarios, de putas santificadas, de nostalgia citadina, de la culpa clasemediera con el indígena, un hijo de pescador no quiere quitarle peces al mar, quiere escribirle versos. Y el padre, la madre, el amor y aquello a lo que siempre le escriben los poetas se enreda en la atarraya y viene curtido de sol y de sal, tiene sudor, tiene alga, viene con olor a camarón seco, a risotada turula”.

Afirma que en la poesía se necesita más originalidad de un poeta en plenitud como lo fue Vásquez Aguilar, a un poeta con menos adulteraciones como las de Don Jaime. “También me hace falta saber por qué no veo mujeres escribiendo en primera fila. No sé si es mi miopía o si de verdad batallan para ser vistas”.

En el país, últimamente, se ha estado discutiendo en redes sociales (sobre todo) que México es un país que tiene, de manera exorbitante, cantidad de becas, premios, incentivos literarios. ¿Esto crees que ayude o empobrezca el ejercicio de los escritores al escribir para la beca o para el premio; es decir, se deja de escribir una literatura honesta? Miguel respondió:

“Un premio nunca es garantía de nada. Para mí se trata de un estímulo, de una palmadita que a veces es necesaria para el compromiso que alguien puede hacer con su pasión. Me parece genial que existan, que haya gente que los persiga, si eso genera voluntad de creación. Los premios y las becas deberían ser vistos como empujones morales, no sólo alivianes económicos, para seguir escribiendo y hacerlo cada vez mejor. El problema está en que en este país, a diferencia de otros, parece que la única posibilidad económica de muchos escritores reside en el subsidio. Cuando la industria literaria y librera sea un monstruo, como en otros lados (pienso en Francia, Estados Unidos o Argentina, inmediatamente), cuando ser profesor universitario sea algo valorado social y económicamente, cuando abunden talleres, conferencias abarrotadas, cuando la gente lea verdaderamente, sea por placer o por consumo, entonces quizás no se necesite perseguir becas y premios sólo por interés. Vivimos en un país con pocos lectores y muchos problemas, como la corrupción. Supongo que los rumores que uno escucha siempre sobre premios y becas que se entregan entre amigos o compadres, o sobre las mafias de la burocracia literaria, tienen mucho de verdad. A mí no me sorprendería, me parecen lógicos y coherentes con el relato general sobre el México de hoy. Basta ver cómo llegó el presidente a ocupar la silla, o las últimas elecciones en Chiapas. Nuestra gente vota por un paraguas, una tarjeta del súper, una mochila, y le gusta mascar hueso. El verdadero cáncer está en todo el sistema, no sólo en la administración de las artes. La creación literaria debería estar por encima de todas estas telarañas, e incluso con esa distancia debería retratarlas más seguido”.

Miguel dice no conocer mucho sobre la literatura chiapaneca reciente, sin embargo por el internet y amigos suyos sabe que la gente de su generación está involucrada en un ejercicio honesto. Menciona a Fabián Rivera, “sus versos me tocan”. El cuentista dice que existe un problema por atender: la regionalización de la literatura, “los jóvenes autores de Nuevo León no son leídos en Chiapas y viceversa. Deberíamos crear más puentes”.

El ahora profesor de humanidades médicas en distintas materias para las carreras de medicina y psicología en la Universidad Autónoma de Nuevo León y el Tec de Monterrey, coordina un grupo de ayuda mutua LGBT en una asociación civil, y forma parte dice en sus propias palabras “de la familia disfuncional que le da vida a la Revista Levadura”, cree que esta tierra de Pedro Páramo y de Artemio Cruz, de Balún Canán y El camino de Santiago, es un lugar maravilloso para ejercer la pluma. Héroes y heroínas, maestros y maestras nos sobran.

Miguel Martínez, chiapaneco avecindado en Monterrey tiene un marcado interés para terminar su próximo libro de cuentos, retomar su práctica clínica y escribir un artículo de corte académico sobre homofobia y salud. “Viajar, también viajar, solo, a donde sea”.

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