Sobre “La guerra me quitó tu mirada”, de Isaac Macip

César Trujillo 1 comentario

Mientras que los gobiernos den
el ejemplo de matar a sus enemigos,
los ciudadanos matarán a los suyos.
Elbert Hubbard.

En el llamado proceso de transición sociopolítica de México, la también mal nombrada “alternancia”, donde el Revolucionario Institucional, un partido descompuesto hasta el tuétano (que ha retornado como una pesadilla), daba paso al gobierno de un político soso y bonachón como Vicente Fox. Se hizo la intentona de instaurar un ideario político de oposición que dejó al descubierto el problema del que se tenía conciencia ya, pero que no había reventado en su totalidad: la permeabilidad del narcotráfico en la política, la volubilidad de los sistemas de justicia y la ineptitud del gobierno en el tráfico de drogas.

Acción Nacional, el partido de ultraderecha, antes de asumir el poder, tras el polémico y gris mandato de Ernesto Zedillo Ponce de León (implicado en la matanza de Acteal), había sindicado el contubernio y colusión de los políticos del tricolor en el manejo de lo ilícito en México. Sin embargo, tras su arribo al poder en manos de un político improvisado —más caricatura o chiste—, llamado Vicente Fox, el gobierno dejó al descubierto, con más ahínco, su inoperancia. Pero fue un sexenio después, en manos de Felipe Calderón Hinojosa, cuando trataron de instaurar el proceso de democratización y se desató, para mala fortuna de nosotros los mexicanos, la también llamada “guerra contra el narcotráfico”, una guerra sin cuartel que —a la fecha— ha cobrado miles de vidas civiles y ha evidenciado la volubilidad de los sistemas penitenciarios y de justicia en nuestro país, marcando con más fuerza la desaparición forzada, la intromisión de las fuerzas castrenses a la vida pública, la violación sistémica de los derechos humanos y el estado de indefensión en el que vivimos.

Es en esta guerra cruenta, en la antesala del Centenario de la Revolución Mexicana, donde la novela La guerra me quitó tu mirada 1 del escritor Isaac Macip, ve la luz. Un título que corre paralelamente entre dos opuestos que convergen, pese a las ingentes diferencias sociales: me refiero a los personajes de Felipa Méndez, la ama de llaves o la empleada doméstica de suma confianza, y Alejandro Fresán, un funcionario que es pieza fundamental del gobierno mexicano en el combate al narcotráfico en la denominada “Operación Coordinada Pacífico”.

Para Milan Kundera “la novela es una meditación sobre la existencia vista a través de personajes imaginarios. Derivado de ello, la novela es, por tanto, un esfuerzo supremo por iluminar aquello de lo que no podemos tener conocimiento de otra manera. En su visión, los valores estéticos no quedan relegados a un segundo plano, sino que deben acompañar a esa reflexión sobre la existencia derivada de unos personajes a los que se coloca en un determinado contexto para observar cómo lo experimentan”.

Isaac Macip, con una genialidad abrumadora, explora las múltiples caras, los miles de disfraces de la violencia en México. Desde las noticias en la radio que escucha Felipa cuando se dirige a la casa de sus patrones, pasando por el asesinato de uno de los jefes de la policía y el cortejo fúnebre que lo acompaña, hasta la sala donde las principales cabezas del gobierno dan la voz de mando para eliminar a los jefes de la mafia, sin importar los daños colaterales que ello genere. Sí, la escalada de sangre es un pan de cada día. Así, La guerra me quitó tu mirada es el referente obligatorio para poder entender la forma en que se ha ido destruyendo la moral y la vida, de forma sistemática, en esta tragicomedia mexicana.

Dice el dicho que cada uno habla según cómo le va en la feria e Isacc Macip explota eso en cada personaje que tiene su modo —propio o no— de ver la violencia. Para Felipa, por ejemplo, la guerra es el riesgo latente de que su familia, lo que queda de ella en la costa de Guerrero, pueda desaparecer un día cualquiera sin que ella pueda hacer algo al respecto, sobre todo después de la muerte de su cuñado en manos de los militares. Hortensia, su hermana, es como el coro griego, como la conciencia que le recuerda al lector ese presente, ese estado de indefensión en el que vivimos millones de mexicanos. En la misma línea paralela corre Alejando Fresán, un pudiente funcionario, viceministro del interior y coprotagonista de la novela, que ve la guerra como simple cifra, simples números a los que toma importancia —sí y sólo sí— dan un punto extra al gobierno. Las vidas humanas no importan. Importa el impacto mediático, importa la celebración, el reconocimiento, el elogio, la escalada de los puestos, ¿las víctimas civiles? Esas, esas no importan ya, nunca han importado.

El título del libro se basa en esa pérdida de identidad, en esa forma tan bizarra en que el dolor ha ido quitando —aclaro, nos ha ido quitando, a todos— la forma de ver el mundo. Macip exhibe, en sus líneas, la despersonalización del mexicano en todas sus aristas a través de las balaceras, la tortura, el secuestro, la muerte, los levantones por la propia milicia, como el que estuvo a punto de sufrir Maryna cuando su amiga compraba un raspado y fue violado por las manos de los militares. Conforme uno avanza uno encuentra acontecimientos terribles como el descubrimiento de fosas clandestinas de inmigrantes en Tamaulipas, la violación a Elsa, el asesinato de comandantes del Ejército e, incluso, la captura de “La Barbie” en La Marquesa.

La novela arranca faltando 529 días para que se celebrara algo inexistente, pues debemos dejar en claro que ni la revolución Mexicana ni la guerra de Independencia han dejado cosas positivas, sino sólo el cambio de poder de unas manos a otras mientras el pueblo, los de abajo, seguimos igual de jodidos. Mientras la cuenta regresiva del ingente y costoso reloj avanza, el gobierno echaba andar una improvisada guerra en la que nos han tundido a palos. Y, entre esa práctica común de la estólida forma de hacer política, Macip logra mostrar las causas principales de los fracasos intergubernamentales: la burocracia, la descoordinación, el egoísmo, los intereses personales, mecanismos que son muy comunes en México y que hacen que toda estrategia, todo sistema, toda reforma, esté destinada a fracasar.

Isaac Macip logra mostrar al lector una diferencia importante de deshumanización: Mientras los políticos hablan de logros en la detención de una persona y asignan, cual película Nazi, un número a las víctimas, nosotros, el pueblo, les ponemos nombre y nos duelen.

  1. Texto leído durante la presentación de la misma en la Cuarta Feria Internacional del Libro Chiapas-Centroamérica, Unach, 2015.
1 Comentarios
  • dulce quevedo

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    Las vidas humanas no importan, será?

    Si importan tan es así que, a pesar de todo buscamos que paren las guerras, los abusos, las injusticias. Tenemos algunos todavía la esperanza de que todo esto va a cambiar y las nuevas generaciones tendrán otras oportunidades de vida.

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