Cómo se pasa la vida: Yo no inventé las lágrimas

Hugo Montaño 2 comentarios

La Vanguardia en su edición del domingo 29 de abril de 1979, anuncia la presentación de la Compañía de Danza de Barcelona Ramón Solé, con la obra: “La Dansa de la Morte”. Una pieza adaptada a partir de un texto anónimo medieval, donde la muerte dialoga igual con un emperador que con un mendigo, quienes le confiesan su miedo a morir, a sabiendas de que es inútil resistirse. La pieza da inicio a las siete de la noche, liberando un extraño conjuro que cruza el espacio hasta la Ciudad de México, donde la periodista Adela Legorreta Rivas se arregla para asistir a la presentación de un libro suyo.

Adela termina de colocarse la bisutería y ensaya un par de sonrisas frente al espejo, luego una mirada forzada tratando de evitar cualquier mácula en la parte trasera del ajustado pantalón. Son más de las doce y el calor aprieta. Los organizadores le han ofrecido un taxi para llevarla pero su hermana aún no llega. Una extraña inercia le obliga a llamarla por teléfono y avisarle que el tiempo apremia, pero el aparato no funciona. Entonces sale a la calle y camina dos cuadras, hasta la casa de su afecto.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, la obra transcurre con el diálogo entre la muerte y el escribano, quien llora su inevitable destino. La pieza, cargada de fuerza coreográfica y música de cuerdas, logran momentos de tensión electrizantes.

De vuelta a la calle de Monterrey, Adela camina de regreso a casa. Viste blusa café y pantalón beige acampanado. Es una tarde dorada. Su cabello a lo Farra se balancea de un lado a otro, igual a las modelos de Cosmopolitan. Al llegar a la esquina mira al cielo y la luz del sol le hace cerrar los párpados por un momento, un instante en el que se eleva del suelo mientras colores iridiscentes le inundan los ojos. Flota al tiempo que da los primeros pasos para cruzar la avenida. No verá al Datsun color blanco que devora el pavimento con rumbo al sur. Segundos después un chirrido de neumáticos y luego un golpe seco, de costado, envía el cuerpo de la periodista contra un semáforo, cercenándole una extremidad. A pesar del caos su rostro apunta al cielo, iluminado por el sol de abril. Dos hilos de sangre le cruzan la cara. La imagen se congela al tiempo que en el Salón del Tinell cae el telón, a más de nueve mil kilómetros de distancia, donde un conmovido público catalán ovaciona de pie el final de la obra.

2 Comentarios
  • Alfredo Palacios Espinosa

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    Excelente narración. Felicidades.

    • Hugo Montaño

      Gracias, maestro!

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