Ciervos, de Fernando Trejo

¿Alguien les habló de la emancipación de la carne? Díganme, ¿cómo se libera la carne, la pulpa pura de lo deseoso? ¿Cómo podemos, matar, degollar, coger, raptar, sin que pase nada? ¿Cómo seguir las líneas finas sin caer en un diagnóstico sentencioso? Es fácil, simplemente ignóralo. Ignóralo todo. Ignora y si dicen y si pasa y si me acusan y si me encierran y si me inyectan. Ignóralo. Ignora el puño de reglas y normas y políticas que soltó el mundo hace siglos. Ignora a quién puedes herir. Ignora quién te va a señalar. Porque no importa cuando la psicopatía inhibe el dolor ajeno.

A Richard Dadd, Johann Unterweger y a José Luis Calva Zepeda nunca les importó el mundo, lo ignoraron por completo. Estas personas cometieron un crimen, o varios, o tal vez dentro de ellos mismos cometieron una liberación, emanciparon SU carne.

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A mí siempre me han parecido delirantes los problemas mentales, no saber si ellos tienen la razón , o nosotros. Es una frontera dura, brumosa, casi indefinible. Trejo comparte; logra hacer una radiografía de lo que estos personajes históricos y simbólicos llegaron a pensar en un tal vez dentro de la prosa poética. Él comparte ­ en el más puro término aristotélico de com­partir: dividir un ALGO en dos y darte A TI, LECTOR la mitad.

Este libro podría confundirse con un thriller de relatos detallados en torno al escaparate de tres criminales o de tres artistas, pero no es así. Este es un poemario. Diferente. No es aquel repleto de cosas llenas de amor, olvido, soledad, lágrimas de cocodrilo y poesía de tres palabras gastando miles de hojas, que bien pudiera funcionar como bloc de notas. Es un poemario nutritivo, nos dice algo, CUENTA algo.

¿Y estos quiénes son? ¿De quiénes habla? Richard Dadd, pinta su demencia, su obsesión por un hacha, una muerte y un padre. “Mira, ya es 1859 y sigo siendo un joven pintor que tiene un hacha en la frente” p. 18.

¿Cómo sé de su locura y su ímpetu?, se describen en su mayoría los desvaríos que para él son parte de su lógica.

Johann Unterweger, “Apenas salió de la cárcel, compró un BMW y se empezó a vestir como un dandy” p. 22. Él tal vez podría remitir en parte a Grenouille, de El Perfume o al Dr. Jekyll en versión austriaca donde la prostitución ya era legal. Sus felaciones y sus muertes lo persiguen.

Jose Luis Calva Zepeda, “el poeta caníbal”, hermoso, narciso. Estaba tan seguro de sí que “podía sentir la dureza de dios en la punta de su glande” p.74. Ganaba dinero por su poesía, siempre lo comparaba con el precio de un pedazo de carne. Admirador de Anthony Hopkins y un claro obsesivo del aseo erótico “Depilé el vientre de mi esposa, le prendí agua, la hice mar” p. 58.

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Los temas y las personas conforman un núcleo. En verdad es sumergirse a ese mundo, ser parte del proceso de desprendimiento, de emancipación.

El libro está dirigido en parte a pender de una barda entre lo loco y lo real, lo que todos aceptan y lo que nadie quiere, cada pensamiento impulsivo no se inhibe no es prohibido y no es sólo en Richard, Johann o José Luis; acuérdate que las perversiones son las que nos hacen humanos y no el seguimiento contractual de las normas.

Texto leído en la presentación de “Ciervos”
en la Feria Internacional del Libro de Arteaga;
Saltillo, Coahuila, 29 de mayo 2016.

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