Cinco poemas de Gema Santamaría

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Gema Santamaría (Managua, Nicaragua). Licenciada en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM); maestra en Género y Política Social por la London School of Economics y Doctora en Sociología y Estudios Históricos por la New School for Social Research. Su trabajo de investigación ha sido reconocido por el Premio Charles A. Hale de la Latin American Studies Association (2015) y la Beca de Mujeres en Humanidades de la Academia Mexicana de las Ciencias (2016). Ha publicado tres poemarios: Piel de Poesía (Managua-México, 400 Elefantes-Opción, 2002), Antídoto para una mujer trágica (México, Mezcalero Brothers, 2007) y Transversa (México, Proyecto Literal, 2009). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán, francés y portugués. Forma parte del Consejo Internacional de la Gaceta Literal en México y es integrante de la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE).

Poemas

1.
El atardecer enrojece frente a nosotros

El cielo se marca todo como una furia
y el mar hace lo propio a nuestros pies:
olas montándose unas a otras
como crestas rompiendo
violentamente los celestes del agua.

Sobre una piedra, un grupo de personas se empina
a observar la marea y su malestar.
Sus cuerpos tan unidos simulan un coral suavizado
por el menear de sus cabezas.

Vemos cómo el agua los devora a lengüeteadas en un instante.
Nos reímos porque sí,
porque tanta belleza suscita en nosotros siempre
un poco de crueldad.

Me cuesta entender estos atardeceres enrojecidos,
entender si su furia es una furia enamorada o enloquecida.
Frente a ellos siento un golpeteo apacible en el pecho
y una dosis de terror mordisqueándome las piernas.

Dicen que admiramos los atardeceres en demasía.
Pero yo observo su doliente resplandor
y sospecho que aún hoy, después de tanto tiempo,
estremecemos ante su rabia.

2.
Índigo

A María Antonia

Hemos de ver la puesta del sol
la roja mirada
el candor y la furia.

Sobre las piedras,
arden las últimas horas.

En un arrebato
la luz se modifica.

Intuimos la trayectoria de las sombras.
Somos solitaria presencia,
testigos únicos del cauce
cerrándose frente a nosotros.

Los pájaros guardan silencio a estas horas
las piedras se retraen sobre sí mismas,
hurgando su musgo más íntimo.

Una grieta nace entre las montañas.
las aguas de la noche se desperezan:
de ellas emerge un torrente de peces húmedos.

El rojo se convierte en un índigo intenso,
el cuerpo fiero de la noche se avecina.

Partimos en el momento justo
la mejilla del mar asciende suave y toca los riscos
obscurecidos.

Satisfechas, caminamos cuesta abajo,
hacia la boca abierta de la luna.

3.
Quizás la medianoche

Despertamos en la orilla de otro sueño

Desde aquí, observamos el vaivén de la historia
la pequeña historia, la gran historia,
la que imaginábamos en péndulo
la que hoy sabemos espiral.

A tientas reconocemos los espejos.
Hemos llegado a un abismo conocido e íntimo
¿cuántas vueltas más antes de despertar?

Crecen los verdes a pesar del tiempo gris y las revueltas,
crecen flores, crecen manos,
crecen los bordes de la cotidianidad

La memoria se dobla sobre sí misma.
Nos reconocemos en los cuerpos olvidados,
en las tumbas hacedoras de milagros
en el atardecer siempre enrojecido de la ciudad.

Somos viajeros en mitad de la espesura
y sin embargo, crecen verdes en las piedras,
crecen flores, crecen manos,
y en el borde de lo insólito,
la cotidianidad.

Quizás la medianoche es más luz de lo que creemos,
y en el delirio de sus horas
se gesta el sueño
de lo que siempre,
sin intuirlo,
pudimos ser.

4.
La casa en el kilómetro 14 y medio

Era una casa soberbia y silvestre.
Se mantenía caliente por dentro
como una taza honda, redonda y cerrada,
repleta de agua hervida.

Estaba rodeada de árboles de mango
y de pequeños murciélagos que se mantenían, glotones,
cerca de los árboles.

Había perras, siempre había perras.
Entrando y saliendo de la casa,
con las tetas viejas y húmedas,
con el sexo rojo atrayendo a los machos en cada luna.
Parían crías que luego se devoraban,
escondidas en la parte trasera de la casa,
donde crecía el pasto de forma salvaje,
donde un nido rabioso de órganos abandonados se entumecía.

Había un gato, aburrido y sucio,
que volvía siempre con la trompa habitada de algún roedor sanguinolento.
Lo recibían en casa con mimos y él nos dejaba
sus presas-ofrendas debajo de la mesa.
Siempre, a la hora del almuerzo.

Por las noches entraba viento,
un viento fresco que despeinaba las ramas hogareñas de los murciélagos,
solo entonces era la casa fresca.
Al sentir el viento salíamos de nuestras camas sudorosas
y subíamos descalzas a las hamacas
y nos mecíamos con un viento que soplaba, excitado, cada vez más fuerte.

Las perras lloraban.
Debajo de las mesas del patio, cogían y se mojaban.
Se mordisqueaban unas a otras,
montaban la tierra y el pasto
rompían las macetas con la fuerza de su celo.

La luna era gorda y amarilla.
Estaba manchada.
Nos alumbraba como una luciérnaga esférica.

Mientras tanto, los zancudos untaban su baba en nuestras piernas
y nos hinchaban las pantorrillas.
Su baba nos hervía por dentro.
Alborotadas, nuestra sangre
atraía a los pequeños murciélagos.

Era una casa soberbia y silvestre.
Y nosotras, no menos soberbias, no menos silvestres.

5.
Noche en Managua, tras la muerte de los gallos

Esta noche tiene la garganta enrojecida.
Ha gritado y está enferma.
Duerme al fondo de un cuarto blanco e iluminado sobre el piso.

Es un gran cerdo rosado.
Contra la esquina, se lamenta.
Perdió la lucidez y tiene todas las uñas rotas.

Está mareada
está borracha.

Esta noche no tiene una cama donde orinar sus miedos.
Por eso se arrastra sobre los techos enmohecidos.
Se alimenta del musgo y del vapor que dejan los niños,
al dormir, en las ventanas.

Se han muerto los gallos que ponen fin a su delirio.
Solo los grillos crepitan en el jardín eterno de las horas.
Está sola con su boca ratonera
está tensa
está brava y es caliente.

Nosotros dormimos en la mancha gris
que es su garganta.

Nos creemos soñadores.
Aún no hemos probado el filo.
Ni siquiera intuimos sus navajas.

*Del libro Transversa (México, Proyecto Literal, 2009)

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