Los quemados y los ardidos

Julio César Toledo 0 comentarios

Podrá parecer que lo digo por ardido, porque nunca me la dieron, a pesar de múltiples intentos por obtenerla, incluso en disciplinas que no conozco. Pero no (o sí, eso júzguelo usted).

El caso es que la beca de jóvenes creadores del FONCA me parece poco plural, y una falacia como instrumento de apoyo y fomento a creadores en vías de profesionalización. La lista de becarios está compuesta en su mayoría por artistas pertenecientes a una sola “corriente estética o formal” (mi falta de vocabulario me obliga a llamarlo así, por no encontrar otro concepto que lo represente), lo cual se entiende, si esto responde a una política cultural de impulso de aquello que se quiere erigir como el canon nacional, en cuyo caso los artistas (becarios y rechazados) debieran estar conscientes de que obtenerla representa entrar al redil de lo “estatalmente correcto”. Dicha política parece responder más bien al gusto de unos pocos que a una agenda cultural integrada con las directrices del gobierno (suponiendo que las hubiera). O, quizá, es solo el proceso natural de selección que la moda (el trending topic, le llaman ahora) hace con los que están dentro y los que no. Debiera bastar esa conciencia para que no se ofendieran los que la obtienen, ni se frustraran los que no.

Más preocupante aún resulta el caso de los repetidores: anti democrático por definición, obtenerla más de una vez nos hace preguntar si el mecanismo de selección funciona objetivamente. Claro que ante la duda, las preguntas surgen: será muy bueno? No hay otros dignos de la oportunidad? Y parece que lejos de convertirse en un estímulo que pueda servir como resorte para los artistas que comienzan, es un peldaño multiplicado hacia la cima de una carrera como “presupuesteros”: especie de burócratas entrenados en el arte de salir en la foto para seguir con sus propuestas artísticas de por vida a expensas del erario. Luego, si la suerte es mucha, serán ellos mismos quienes decidan e impongan canon.

En sí, esto no es malo, ni bueno. No se trata, por supuesto, del contenido de la obra, ni del carisma u otras virtudes que los aspirantes y becarios puedan o no tener. Cuento a un puñado de muy buenos amigos entre quienes la han tenido, pero igual el sistema, la razón, los mecanismos de funcionamiento, huelen mal.

Habría que hacer también análisis de lo que pasa una vez que se obtiene: los tutores, avances, la retribución que de ello se tienen como sociedad. Pero eso que lo haga un becario, lo sabrá mejor, y podrá no cobrar por escribirlo.

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