Cómo se pasa la vida: “Soy chiapaneco pero hablo español”

Hugo Montaño 0 comentarios

Mi vecino me reclama por mi ausencia en este Carruaje, dice que extraña mi colaboración. Le agradezco el detalle y le pido disculpe el silencio, que ha sido involuntario. Antes de marcharse, me recuerda escribir sobre el paro magisterial. Estoy a punto de preguntarle ¿para qué?, pero me aguanto.

Días atrás, en un viaje alucinante a la selva, leía un ensayo del polígrafo francés René Étiemble, sobre la escritura, y sobre una reflexión matadora: ¿Qué fue primero, la escritura o la lectura? ¡Coño! Dejé el ensayo a un lado para extraviar la mirada en el verde paisaje. Si el origen del lenguaje no termina de precisarse, “cuantimás” el de la lectura.

Étiemble afirma que la respuesta es la lectura. Argumenta que en los glifos e ideogramas se plasmó “lo leído” en la cotidianeidad, y no al revés. La lectura de la realidad fue lo primigenio, y estoy de acuerdo. La escritura como tal es una prueba del genio humano, desde antes de los sumerios, pero no quiero ni pretendo ponerme histórico, porque ni sé tanto de historia, ni soy experto en la materia, aunque sí me interesa destacar la importancia de la escritura, en culturas vigentes hoy día.

Imagine la escritura más compleja de la que tenga usted conocimiento. Si pensó en la escritura china, japonesa, rusa o árabe, está usted orientado. Si pensó en la francesa, la inglesa, la italiana, la euskera, la portuguesa o la española (y demás), está usted perdido. Éstas últimas utilizan el alfabeto latino. Las primeras cuentan con caracteres muy particulares, los cuales resultan difíciles de comprender a golpe de vista, y que rara vez nos interesa aprender.

¿Por qué no se ha modernizado esa escritura? Por una razón que el polígrafo francés argumenta, de manera luminosa: porque a esas culturas si les importa su identidad. La carga histórica de su escritura es avasallante. Atrás de ella están siglos y siglos de significados y resignificados, no solo una representación fonética. Es una escritura distinta del resto, les da un lugar, un origen que los ancla a un pasado, a donde vuelven una y otra vez para animar su sentido vital.

Detrás de la escritura de un país hay siglos de historia. Cada uno de ellos busca distinguirse con un estilo particular, una peculiaridad identitaria y por ende, un sentido de pertenencia. Así los árabes y su escritura, los rusos, los chinos y los japoneses.

La pregunta del millón sería: ¿Cuál es la escritura que le da identidad a México? Si para los países arriba mencionados son la sumeria, la egipcia o a griega, de donde derivaron su escritura, la de los mexicanos, ¿debería de ser la maya? ¿O cuál? ¿Aún hay tiempo para buscar un sentido de pertenencia en nuestro lenguaje originario? Por ejemplo, yo soy chiapaneco, pero hablo español, ¡coño! La historia antigua de México no le pide nada a la sumeria, a la egipcia, la griega, o a cualquier otra.

El año pasado, por estas fechas patrias, le preguntaba a un profesor qué me podía contar sobre el escudo nacional mexicano. “Es un águila posada sobre un nopal, devorando a una serpiente” ¡A chingá! Me dijo lo que todos vemos, pero no supo decirme el significado simbólico, el mito fundacional encerrado en la imagen. Hice mi acostumbrada “encuesta montañosky”, la cual arrojó un categórico “no lo sé y me vale madre”.

Volviendo al asunto de la escritura, es obvio que no contamos con una propia, que sea de uso común, nos identifique y defendamos a escala constitucional. Es más, con la que se cuenta en la actualidad (español), no se cuida como se hacía antes: escritura cursiva. Yo mismo soy de esa generación que conoció esos dos mundos, la salida de la letra cursiva y la entrada de la letra de molde. Mi escritura es de pésima calidad, y ese mérito ha sido todo mío.

Quienes en su tiempo pensaron en contar con una grafía particular para sus pueblos, fueron unos genios. Veo a México, a una civilización que se hizo a sí misma, igual o más grandiosa que cualquier otra de la antigüedad más remota. Aún se desconoce mucho de nuestra cultura, un imperio admirado y estudiado por otros, pero desconocido por los mismos mexicanos. El gigante dormido.

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