Platillo tradicional

Julio César Toledo 1 comentario

Prepara el paladar,
alista los cuchillos
con la condición de no usar “verter” como verbo recurrente.
Para cocinar comida típica de México
hay que obviar la referencia a la bandera,
pero saber -certeza a fuego lento-
que la sangre es ingrediente principal.
La sangre oscura a fuerza de rozar el aire,
que salpica la entrada de un salón para bailar la cumbia;
la que del grifo sale,
en vez de agua
para lavarnos los dientes.

Dicho esto el fogón ha de encenderse
a máximo calor, y que la flama,
reviente los ojitos de los niños
que echan puños de arena a los pies de sus recuerdos.
O las balas pedidas
en los pechos de madres sin marido,
truenen como un chirrión.

Poner sobre el espeso caldo
una pizca de baba de perico.

A condición de reducir sus jugos,
un millar de manos torpes e intranquilas
en búsqueda de nalgas transeúntes.
Pero el punto es saber parar a tiempo,
detener el batimiento y la cocción.

Ardor de aliento,
chile verde,
intelectuales negando el derecho a la tragedia
domestica,
al llanto cursi,
pero berreando, cómo no, a moco tendido
por infamias de trascendencia incuestionable.

En la recóndita esquina ejidal
donde el silencio
estofa su sabor a ligadura,
a campaña social sin presupuesto,
está la magia del guiso que aderezas.

Di, entonces, mentiras, pero di,
porque no queda el cuajo si se calla.

Lo anterior hay que cocerlo a presión
poniendo una ramita de savia de tequila.
Hay que apurar el hervor.
Sirven, para ello,
lustros de vejación por madrecitas
que en nombre del cariño estampan
en tirol
las mejillas juveniles.
Y afuera espera siempre
como un lobo, el novio en turno
o el robusto oficial de policía.

El filo de las hojas han picado finamente la cebolla,
credo y religión -revoltijo inmejorable- aroman
amargura para darle sabor a lo que ansiamos.

Lo único que has de poner en abundancia
es imposibilidad,
haciendo alarde, por favor,
de galanura.
Que sobre y se desborde la ilusión
que no acaba nunca en nada.

La carne, escasa,
suplicante de música nocturna,
destazada en colonias con nombres de burócratas
va a cachos desiguales en la olla.
Sin temor hay que dejarla mojar
antes que los tábanos, nostalgia de otras guerras,
comiencen a zumbar.
Que escalde ahí, que se deshaga,
y con el lívido jugo que destila, llena un vaso jaibolero
que has de tomarte cuando ya no haya apetito
ni recuerdo de infancia
ni arrecifes.

En el fondo del plato, como adorno,
una tranza que te de sueño tranquilo.

Tapa bien. Espera un rato a la luz de los mercurios,
haz llegado,
viajero,
a la región del hambre sin mantel ni protocolo.

1 Comentarios
  • Teura Roja

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    Excelente!!! Te saludo desde Posadas Misiones! Comparto una parte de un poema, tal vez ayude a sentir a nuestra Selva misionera!

    Mixtura salvaje
    Silbidos del follaje
    chocan entre sí.
    Destellos florales
    despierta la fauna.
    Hilos de rocío acarician el suelo,
    burbujas de agua acumuladas en saltos,
    convergen en arroyos sus recorridos en ríos… Salud México!

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