Y cantaron las aves del Carruaje

César Trujillo 0 comentarios

El reloj despertador sonó. Marcaba las 6:00 am. Mientras me estiraba en la cama, me llegó un mensaje al celular: “Buenos días, hermano. ¿A qué hora le caes a la oficina?”. Era Fernando Trejo. Teníamos una cita con el 9° Festival Internacional de Escritores Carruaje de Pájaros 2016 y la cuenta regresiva -que había parecido una eternidad- llegaba a su fin; habíamos quedado en vernos pasadas las diez de la mañana para coordinar los últimos detalles. “Termino de dar clases y llego, hermano”, respondí, para luego poner una recopilación de Depeche Mode que me llevó a entrar bailando a la regadera.
A la hora pactada, tras tomarme de dos sorbos una jícara de pozol para mitigar el hambre, emprendí la caminata a la oficina de Servicios Culturales. El sol caía con todo su peso y en el cielo, azulado de orilla a orilla, con sólo algunos cirros observando displicentes, ningún nimbostrato anunciaba tormenta. Entré saludando a todos, como de costumbre. En la oficina, Fernando, ataviado en una camisa negra, estaba al teléfono: en una hoja blanca anotaba datos y afirmaba con la cabeza, mientras el clima daba una tregua con el acaloramiento que provoca deambular las asfaltadas calles de Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas. Nos saludamos de mano y empezó la faena: “Carnal, falta una camioneta para ir por siete escritores al aeropuerto”, espetó. Recuerdo haber respondido con una grosería. El reloj avanzaba más rápido que de costumbre, o quizá la presión que sentíamos nos hacía ver eso. Llamamos. “¿Te sirve un coche?”. “¡No vamos a entrar, y estamos contratiempo!”. “¡Mierda!”. El tiempo. “Ya está, viene Raúl”, dijo, y el rostro se nos iluminó. Engullimos unas tortas con dos cocas y esperamos.
Un clic en mi teléfono móvil anunciaba posibilidad de tormenta. La pluma de mano en mano, firmábamos papeles; los mensajes para responder las dudas de algunos escritores; el nerviosismo y el reloj avisándonos que ya era hora: íbamos presurosos. Raúl llegó. Nos subimos como delincuentes ansiosos por asaltar un banco. Serpeamos las curvas y el tramo de 30 minutos se nos hizo más largo. El tráfico era pesado y nosotros, que desde niños gustábamos de volar, queríamos recuperar esas alas para transportarnos por los aires en busca de nuestros invitados. Al fin llegamos. Fernando se bajó antes para ir a buscarlos, mientras nosotros veíamos dónde estacionarnos.
La sala de espera, a través de su cristal, mostraba a una mujer que se cubría la boca con la mano derecha al ver que un joven caminaba hacia ella con un ramo de rosas; una carriola, con un bebé dormido a bordo, avanzaba mientras un hombre de saco y bigotes se arrodillaba emocionado a besar el vientre abultado de otra mujer que le acariciaba el cabello.
Entonces los vimos: Julián Robles, el biógrafo oficial del homenajeado Carlos Olmos, paseándose de un lado a otro al teléfono, moviendo las manos y dando explicaciones a la persona detrás de la llamada; el poeta Javier Acosta, oriundo de Zacatecas, de pie al lado de sus maletas, observándolo todo; el escritor de Sonora, Carlos Sánchez, respondía mensajes por su celular, reclinado en una pilastra; los poetas de Costa Rica, Álvaro Mata, y de Argentina Ricardo Rojas Ayrala, avanzaban hacia nosotros mientras jalaban sus maletas; el poeta de Jalisco, Fernando Carrera, sonreía y hablaba con Fernando que lo recibió junto a Antonio Salinas, escritor de Guerrero. Éramos todos. El Carruaje había empezado.
Caminamos juntos a la camioneta para trasladarnos a la capital. Un dilema: muchas maletas, diez personas y la magia de aplicar el “todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar”. Partimos con el sol picándonos el cuerpo como anunciando que se iba, pero nadie advirtió su despedida. Al salir del aeropuerto vimos el gris del cielo avanzando hacia nosotros, segundos después las primeras gotas caían como kamikazes en el parabrisas, reventándose una tras otra hasta opacarlo todo. Nada alteraba la charla. Los escritores reían y se contaban anécdotas de sus viajes y encuentros en otros estados. Al fin llegamos al hotel. Se hospedaron en el M&G, de la 2ª poniente norte, en el centro de la ciudad, que abrió sus puertas al festival y que dejó con gran sabor de boca por sus reconfortables instalaciones a los invitados. La Casona pudo mostrar su arte culinario y el tiempo se detuvo justo a las seis de la tarde en el Museo de la Ciudad desde donde Radio Unicach transmitía en vivo. El vuelo había comenzado.

Tuxtla de mis amores

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El Museo de la Ciudad era una fiesta. En la entrada los poetas Roberto Rico e Ignacio Ruiz-Pérez bromeaban con el coordinador de poesía del carruaje, Balam Rodrigo; los escritores María Baranda y Ernesto Lumbreras se fundían en un abrazo, mientras que llegaban juntos Luis Armenta Malpica y Gustavo Iñiguez saludando a todo mundo. El Museo era una fiesta y la inauguración lo confirmaba. Fue Fernando Trejo, director del Festival Carruaje de Pájaros, quien dio la bienvenida a los escritores que habían acudido al llamado de diferentes países (Argentina, Guatemala, Costa Rica, El Salvador) y de varios estados de la República Mexicana.
La primera mesa convocó al homenaje de la maestra Elva Macías. Para hablar de su eximia trayectoria acudieron las escritoras Matza Maranto, Socorro Trejo Sirvent, y los poetas Roberto Rico y Balam Rodrigo. Cerrando con la lectura de poemas de la homenajeada. La segunda mesa fue en homenaje póstumo al maestro Carlos Olmos y contó con la presencia de los escritores Héctor Cortés Mandujano, Damaris Disner y Elva Macías, así como de Julián Robles, biógrafo oficial, y la hermana del dramaturgo chiapaneco, Margarita Olmos.
Pero la fiesta en el Museo no acababa ahí, el grupo de teatro Nube roja dramatizó la obra La rosa de oro de Carlos Olmos, que arrancó las palmas de los presentes al mostrar la crítica social y la ironía que usaba como recursos el escritor chiapaneco en su obra que aludía a los premios literarios y ese oficio tan buscado, en ocasiones, por ser reconocido como poeta. Posterior a ello nos trasladamos, en la frescura de la noche, a Casa Forito donde se dio la última mesa de lectura en la que participaron los escritores Fausto Carámbura, Ignacio Ruiz-Pérez, Arbey Rivera y Damaris Disner, así como el poeta argentino Ricardo Rojas y la dramaturga, oriunda de Monterrey, Miriam Orva. Y tras la lectura: la algarabía, los reencuentros y encuentros de aquellos que no se conocían y que terminaron forjando una amistad, y la fiesta que podía seguir aunque el llamado a la partida a Comitán era a las 7 de la mañana, pero era lo de menos. ¡Esto era el Carruaje y todos estábamos dispuestos a volar con él!

¡Comitán de las flores!

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La noche se hizo humo. El reloj de cada habitación marcó las seis y media de la mañana y, abochornados, con ganas de seguir durmiendo unos; con la fiesta encima otros, nos reunimos frente al Museo de la Ciudad. Los saludos, las risas, la fraternidad. El camión en marcha nos esperaba. El lunch también. Los tamales y el jugo; los celulares llamando a quienes se habían retrasado. En el cielo, un vuelo de palomas bendijo el viaje y entonces partimos.
Ya en al bus las selfies, las charlas; Tu maldita primavera entonada en la última fila, recordando la fiesta de la noche anterior; el asfalto tragándose el tiempo y los desvelados, que éramos muchos, cayendo derrotados por Morfeo. Antes de llegar, una parada técnica: “Si alguien gusta pasar al baño”, “¡Yo quiero un café!”… las risas, la camaradería y de nuevo a rodar: las artesanías a orilla de carretera, los tramos en reparación y la entrada a la ciudad de Rosario Castellanos que nos recibía con un cielo despejado. El camión siguió su marcha hasta llegar al hotel donde cada uno se registró. “Tenemos una hora para dejar las cosas y partimos a las lecturas”, avisaba la voz del director del Festival. Todos asentimos.
A la hora pactada nos reunimos en el lobby. Unos para la Universidad Valle del Grijalva y otros al Colegio Mariano N. Ruiz. El camión que la UVG nos proporcionó para trasladarnos se llenó y nos llevó a la primera universidad. Fue la conferencia “Oír a Darío: lecturas generacionales”, impartida por el maestro Ernesto Lumbreras, con la que el Carruaje dio inicio en Comitán. Posteriormente, de forma simultánea, empezaron las lecturas en las universidades. En la UVG leyeron Ricardo Rojas, Álvaro Mata, Arbey Rivera, Aída Toledo y Luis Aguilar; mientras que en el Colegio Mariano N. Ruiz: Antonio Salinas, Roberto Rico, María Baranda, Alejandro Molinari, Enrique Noriega, Luis Jorge Boone y Luis Armenta Malpica.
Culminadas las primeras lecturas nos dirigimos a la sede de la comida. Árboles por doquier, unas carretas al fondo ataviadas de flores, los geranios en la entrada y las bugambilias alumbrando el espacio, nos dieron la bienvenida. Comimos chilaquiles con filetes de res y bebimos agua de jamaica. Los primeros en partir fueron Ernesto Lumbreras y Arbey Rivera, pues tenían una cita a las 16:00 horas en la Casa del Puente Cultural donde se llevó a cabo un taller introductorio a la escritura. Los demás aguantamos un ratito. Partimos con más calma al hotel para asearnos.
La cita era a las cinco de la tarde y el Centro Cultural Rosario Castellanos era la sede. Fueron Balam Rodrigo y Luis Jorge Boone quienes arrancaron con las actividades. Rompiendo los protocolos de leer un texto de presentación y las mismas pautas de siempre, el poeta chiapaneco construyó un análisis de obra y entrevista en la que ambos escritores fueron desmenuzando los pormenores del libro Figuras humanas (Alfaguara, 2016) que culminó con la lectura del maestro Luis Jorge Bonne para dar paso a las mesas de lectura. La primera mesa fue moderada por René Morales y contó con la participación de Fernando Carrera (Guadalajara), Juandaniel Ozuna (Sonora), Myriam Orva (Nueva León), Carlos Martín Briceño (Yucatán), Chary Gumeta (Chiapas), Ricardo Rojas Ayrala (Argentina). La segunda mesa fue moderada por Fernando Trejo y tuvo como participantes a Carlos Yescas (Durango), Ángel Vargas (Ciudad de México), Gustavo Íñiguez (Jalisco), Miguel Martínez (Chiapas-Monterrey), Irma Torregrosa (Yucatán), Álvaro Mata (Costa Rica) y la última mesa que cerró las lecturas en el recinto comiteco fue moderada por un servidor y tuvo como participantes a Carlos Sánchez (Sonora), Javier Acosta (Zacatecas), Will Rodríguez (Yucatán), María Baranda (Ciudad de México), Aída Toledo (Guatemala) y nuestra homenajeada Elva Macías (Chiapas).
Terminadas las actividades salimos del Centro Cultural. El clima no era tan frío pero obligaba a quienes no estábamos acostumbrados, a abrigarnos. Cruzamos el parque central y subimos al transporte que nos llevó a la Escuela Primaria Mariano N. Ruiz donde nos esperaba la música y las comida tradicional: Pan compuesto, chinculguajes, tamales y café, que todos disfrutamos. Partimos, también de ahí, y regresamos al hotel. Algunos decidieron descansar, otros salir a tomar un café a Los Arcos, en el centro de Comitán, y unos más querían bailar, pero eso sólo la noche lo sabe y es testigo fiel de lo acontecido.

Aterrizaje: San Cristóbal de Las Casas. Última parada

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A las siete y media algunos ya estábamos en el lobby. El café recién hecho, las galletas y la fruta nos esperaban para dar tregua al desayuno. Charlábamos y el cielo estaba nublado, como triste, como no queriendo que nos fuéramos y empezó a llorar. Subimos al camión dejando un pedazo de nosotros ahí, en ese pueblo mágico que siempre nos recibe con los brazos abiertos.
El regreso fue de nostalgia. La carretera estaba empañada y el tramo no fue tan largo. Llegamos y un letrero anunciaba que teníamos 15 minutos para bajar todo antes de que multaran a nuestro transporte. Descendimos y avanzamos a la par de la algarabía de La Merced que estaba de fiesta. El hotel San Luis ya nos esperaba y parecía que todo se ponía de acuerdo: en el cielo estallaban los cohetes, Los Panzudos bailaban en la plazuela y nosotros caminábamos rumbo a La Enseñanza, nuestra casa donde el Carruaje cerraría sus actividades. “¿Tenemos tiempo de pasar por un café?”, preguntó alguien. “Media hora”, respondí mientras me embebía en los ojos azulados de una ucraniana que regalaba una sonrisa a los transeúntes.
Así dio comienzo el Carruaje en Las Casas con la presentación del libro Un ballet violento (Coneculta-Chiapas, 2016) de Jorge Zúñiga, presentado por el escritor sonorense Carlos Sánchez. Posterior se celebró la mesa por las dos décadas y el festejo del XX aniversario de Mantis Editores. La presentación estuvo a cargo de Fausto Carámbura quien, tras platicar sobre la editorial y presentar el libro Voluntad de la luz, de Luis Armenta Malpica, fue llamando a algunos de los escritores que han publicado bajo el sello de Mantis. Así, participaron con lectura de obra: Gustavo Iñiguez con Vocación de animal; Fernando Trejo con Base Atenas; Ángel Vargas con A pesar de la voz, Fernando Carrera con Donde el tacto, en edición bilingüe y Luis Aguilar con Diario de Yony Paz. La primera jornada cerró con la mesa de lectura en la que estuvieron presentes Chary Gumeta (Chiapas), Carlos Sánchez (Sonora), Fabián Rivera (Chiapas), Enrique Noriega (Guatemala), Verónica González Arredondo (Zacatecas) y Luis Aguilar (Tamaulipas).
El clima estaba muy agradable, eso sí: anunciaba tormenta. Cuando salimos a comer “pringaba” (caían algunas gotas de lluvia). Una crema de cilantro nos abrió el apetito para esperar el plato fuerte y cerrar con un postre de arroz con leche que quedaba perfectamente bien con el clima. Partimos a la Casa La Enseñanza para la jornada de la tarde. La venta de libros de los autores participantes en el Carruaje, dos niños corriendo en el centro de esa casa, el aroma a café y una voz que exigía que todo quedara perfectamente acomodado, nos recibieron. Se trataba del escritor Gerardo Bustamante que caminaba de un lado a otro, observaba, pedía opinión a Carlos Sánchez y decidía.
La hora llegó y la presentación de la Poesía reunida e inédita y Dramaturgia reunida de Abigael Bohórquez estaba en la mesa. Y el Carruaje voló: Balam Rodrigo y Carlos Sánchez fueron mesurados en sus comentarios y dejaron que Gerardo se apoderara el escenario. Bustamante cambió las presentaciones ceremoniosas por una lectura en atril, de obra y vida del gran Bohórquez, junto a ello las piezas que el propio Abigael interpretaba con una voz que agujereaba el alma. Bustamante recitaba y actuaba y el cierre fue digno de las palmas, de las lágrimas, de lo contento que debió estar Abigael viendo su obra representada como él pensaba. La música comenzó. Gerardo bailaba, elevó los brazos y de ellos resbaló una especie de chalina de cuadros. Luego los botones de la camisa abriéndose, deslizándose la ropa hacia el vacío hasta quedar como se llega al mundo y danzar, danzar, danzar con dos antologías entre sus manos que se llevaron dos personas del público como lo hubiese querido Bohórquez. Las palmas, incansables; las palmas, fuertes y firmes; las palmas… un silbido. “¡Bravooo!”.
Luego vinieron las mesas de lectura. La primera de la tarde empezó con Ernesto Lumbreras (Jalisco), Héctor Cortés Mandujano (Chiapas), Matza Maranto (Chiapas), Pablo Benítez (El Salvador), Balam Rodrigo (Chiapas) y Javier Acosta (Zacatecas) La segunda dio cobijo a Hugo Montaño (Chiapas), Luis Jorge Boone (Coahuila), Carlos Martín Briceño (Yucatán), Ulises Córdova (Chiapas), María Baranda (Ciudad de México) y un servidor. Para la antesala, el cierre con Will Rodríguez (Yucatán), Mikel Ruiz (Chiapas), Raúl Vázquez (Chiapas), René Morales (Chiapas), Julián Robles (Ciudad de México) y Roberto Rico (Chiapas).
El final llegaba. Carruaje y su 9ª edición dieron pase al cierre oficial con la mesa de lectura de la escritora homenajeada quien deleitó al público con su lectura de obra. La maestra Elva Macías había previsto leer sólo unos cuantos poemas pero el público pidió más y ella los complació, y la fiesta seguí al compás de la tormenta que caía fuerte afuera. Tras la lectura, Fausto Carámbura, un servidor, Balam Rodrigo y Fernando Trejo agradecieron a los presentes por todo y dieron paso a la cena y concierto de César Gandy, cerrando con broche de oro en el Café Cultubar La Catrina donde se dio la lectura de todos los escritores participantes y entrega de reconocimientos. Lo que sigue es el vuelo y la nostalgia. La despedida, los abrazos y el placer de haber formado parte de tan bella fiesta.
¡Larga vida al Carruaje!

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