Cómo se pasa la vida: “Chica Rubik”

Hugo Montaño 0 comentarios

Veinte minutos eran suficientes para llegar a mi cita. El Conejoblues apareció por el costado del puente peatonal, hasta detenerse. Al intentar subir una chica se me adelantó, sin decir siquiera “¡Ahí te voy, viejo jijo…!”. Esperé a que abordara, me conformaba con que no eligiera el único lugar de mi agrado en el autobús, y como si hubiera escuchado mis pensamientos, fue a sentarse precisamente ahí, en el último asiento de la derecha junto a la ventana. Incómodo, no tuve más opción que sentarme a su lado. Si no iba a estar donde yo quería, al menos sí lo más cerca posible.
El camión se puso en marcha. Yo saqué Muertes Históricas, de Martín Luis Guzmán, para continuar mi lectura. Entonces vi a la usurpadora manipular un cubo Rubik, con destreza. Era de colores chillantes, no el tradicional ochentero, parecidos a los dos que cargaba yo en mi mochila. Su cubo estaba impecable, casi nuevo. Los míos no, a uno le faltaban algunos recubrimientos plásticos, lo que provocó se le borraran los colores por el uso. El otro cubo estaba comenzando a perder los recubrimientos, y le esperaba igual destino.
De a poco fui hipnotizado por el veloz movimiento de la invasora. Discreto, la miré desde los largos dedos hasta las hermosas pestañas, sin maquillaje. Traté de sumarme al algoritmo de sus manos, pero fue imposible. Antes de llegar al semáforo del Pediátrico, sus dedos huracanados habían dejado los colores perfectamente alineados. Acto seguido suspiró hondo, extraviando la mirada sobre el toldo de los vehículos.
Iba a reiniciar mi lectura, pero la curiosidad me carcomía. ¿Traerá otro cubo en su bolsa? ¿En cuántos minutos armará el cubo? ¿En cuántos segundos? ¿Tendrá voz de locutora? ¿Sera de signo Virgo? Había leído que a las mujeres de Virgo les encantaba usar encaje en la ropa interior. Un bache y la posterior sacudida hizo saltar el libro hasta ella, quien me lo devolvió, sonriente. Sin más, la abordé:
— Lindo cubo. ¿Dónde lo compraste?
— En la Internet.
— Ah… ¿Dónde lo fabrican?
— No sé… Es chino.
— Ah… Es lindo.
— Tengo otro, pero es el tradicional, aunque más moderno porque es todo de plástico. Pero éste es un Dayan 5, lo mejor que he tenido.
— Ah… ¿Y cuánto tardas en armarlo?
— Tres minutos… a veces dos y medio… depende de mi estado de ánimo.
— Ah… Se ve suave.
— Es bastante suave, ¿quiere probarlo?
Sujeté el cubo, maravillado. Era de una suavidad casi extraterrestre, contraio a los míos, duros y maltratados. Con el cubo de la invasora sentí que tocaba las grandes ligas del Rubik. Era una pieza digna de sus delicados dedos. Levanté la vista y tuve la epifanía revelada frente a mi en forma de Diosa Rubik, vestida con ropa interior de encaje, de colores iguales a los del cubo. No había nadie más dentro del Conejoblues, tampoco baches, topes, ni semáforos. Solo ella y yo, listo para preguntar su signo zodiacal, declararme el más humilde de sus esclavos, rendirme ante ella y confesarle (no sin gran vergüenza) que yo también era de la logia Rubik, pero veterano, de aquella generación del primer cubo de pegatinas, luego de triángulos y esferas de un siglo que ya no existía, y que ella, la Diosa Rubik, me había acompañado hasta la secundaria.
— ¿Me devuelve mi cubo?
— Ah… Este… sí, claro… quería decirte…
— ¿Me permite?, debo bajar.
— Ah… Sí, claro…
— Gracias señor… Hasta luego.
— Ah… Sí, hasta luego.
Ya no alcancé a decirle que yo era usuario del Conejoblues y que podríamos vernos alguna otra mañana para armar juntos el cubo, mientras el camión avanzaba por la devastada ciudad, tal vez armarlo con algún grado de dificultad, como estar de pie en el pasillo, entre un semáforo y otro, quizá con uno de nuestros brazos entrelazados, o mientras nos miramos a los ojos. Habría tantas maneras de unir nuestros algoritmos, de quebrantar el orden del caos en el olimpo de los cubos Rubik…
Pero eso no sería posible en otro espacio que no fuera el Conejoblues, en el último asiento de la derecha junto a la ventana, el lugar preciso donde el tiempo y el espacio rubikiano se había escindido y las dimensiones se habían cruzado, eligiendo a un veterano como yo quien armaba los cubos de llavero, tradicionales, de triángulo y esféricos, donde fuera y contra quien fuera. Yo, un empleado de mostrador, sin algoritmos a la mano para triunfar en ésta maldita ciudad repleta de fracasos.

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