Tres poemas del libro Solana

Fernando Trejo 0 comentarios

LA MUJER SE TOCA

El edificio da muestras, reverbera, suena. En la oscuridad vislumbra, da sombras, camina. ¿Qué dice? ¿Estás ahí? Enciende la cámara. Apunta con tu resortera. Graba los senos desnudos bajo las grises láminas de la tarde. Mira. Verás que la mujer se toca, dices. Lee en el zoom algo así como una novelita vaquera. Figura en la portada un tráiler. Y un hombre que aprieta el grueso músculo de su virilidad, sobre un entallado pantalón de mezclilla. Te ríes. Nos vio. Dices que nos vio y saltas al piso dos metros veinticinco centímetros de altura. El salto deja en el aire tu risa. Sostengo la imagen. El edificio da muestras, todavía, quince años después.

EL TIMBRE DE CAMPANA

Recién habían pintado el edificio de verde laurel. Yo rondaba, Carlos, por los avatares de la inconsistencia. Era un cuerpo de cincuenta y nueve kilos. La secundaria me había tocado las ingles con las trenzas de Gabriela. La música sonaba por ahí de las tres de la tarde en la recámara mientras tú, Carlos andabas de reojo en los lazos de la llamada campana del pasillo. Un artefacto a detalle del patio hacia mi cuarto con cáñamo y campana como timbre. Mi hice de la vista. Me deshice, años después, de aquella y gorda vista, putísima. Sonabas. Fue tu mano, Carlos, jalándole a mi espacio un tiempo, unos segundos. La plática, el saludo, el esforzado abrazo ya maduro. No lo supimos, Carlos, nunca supimos porqué aquella tarde una persona voló catorce metros al impacto de su coche para morir desde el asfalto con los charcos del aceite rojo, con el único y sólo objetivo de correr, ambos, a las terrazas contiguas de nuestros departamentos para observarlo todo. El llanto de la niña, la cruda carne rosa. Los ojos, cada uno, de aquel hombre cosiéndonos a la eternidad.

PlayStation

A Eduardo Pérez Domínguez

Lo mejor eran las fiestas de papá, las borracheras. Vasos de unicel dibujaban su diámetro. Amanecíamos el domingo en punto del alba. La noche se pasaba de largo. Era la noche un tren donde nada se parece: Medal of Honor. Crash Bandicoot. Rutina, sí, rutina, necesaria. Pero todo termina por descomponerse. Sí. Todo termina, también por desaparecer.

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