“Mafalda es nuestra Santa Patrona”: entrevista con Daniel Divinsky

Raúl Vázquez 0 comentarios

Es lúcido, incisivo, inconformista, de un hablar rápido que no regatea con las palabras. Daniel Divinsky, el mítico editor de Quino y Fontanarrosa, nos ofrece un recorrido por su trayectoria editorial que ya cuenta con casi medio siglo de experiencia.

Abogado de profesión, Daniel Divinsky, cuenta que llegó al mundo de la edición de libros por obra de una dictadura militar y un gusto personal por la literatura. Este señor, abuelo −de tinta y carne− de la transgeneracional Mafalda, la tira cómica que el dibujante Quino crearía, circa 1963, en los años convulsos de la guerra de Vietnam y el movimiento hippie, trasluce un pensamiento progresista, teñido por una cultura libresca y de vida inmensos.
Entrevistar a un editor insignia dentro panorama editorial de Latinoamérica puede resultar un tanto complicado. Por un lado, espero no haber sucumbido a ello, se tiende al fanatismo del lector niño (el que fui) de la Mafalda más empática o al del lector serio y adulto (que me temo soy ahora) del Fontanarrosa más descarnado; por otro, a la búsqueda de la anécdota, del momento chispeante, de la pequeña historia personal.
No opté por ninguna de las dos vías. O, bueno, tal vez sí lo hice. Cómo no sucumbir ante el culpable o, mejor dicho, el causante de que una gran parte del mundo, conociera lo más entrañable del humor gráfico de América del sur.

Ediciones de la Flor es una editorial histórica. Dentro del panorama latinoamericano es referente de una cultura editorial de la que han surgido nombres como los de Quino o Fontanarrosa. ¿Cómo fue el inicio de la editorial?
Ediciones de la Flor es producto de una dictadura militar y de mis propias inquietudes literarias. Yo me gradué como abogado, estaba trabajando, como tal, con un socio también muy joven. Teníamos, en el año 66, veinticuatro años. Yo estaba muy insatisfecho con el ejercicio de la profesión, estaba haciendo un curso, para graduados de otras carreras, en Sociología. Se produjo un golpe militar en el 66, intervinieron la Universidad de Buenos Aires, echaron a los profesores, incluso los echaron a bastonazos, lo que se llamó “La Noche de los Bastones Largos”, un día muy trágico para la Universidad y, como consecuencia, se fueron todos los profesores con los que yo estaba estudiando. Yo había hecho trabajos editoriales, en la Escuela de Derecho, para unos libros que hacía el Centro de Estudiantes; después con un amigo que instaló una editorial –misma que fue muy importante en su época, los libros llegaban, incluso, aquí a México, la editorial de Jorge Álvarez− decidimos poner una librería. El dinero que llegamos a reunir eran trescientos dólares, que era muy poco dinero, no alcanzaba para pagar el ingreso a la renta de un local para librería. Pero sí alcanzó para poner una editorial, entonces, la pusimos con el apoyo de este editor, que ya tenía cierto crédito, compramos los derechos de traducción de algunos libros iniciales y así empezó la actividad.

Para seguir con el hilo de su historia, ¿cómo vivió Ediciones de la Flor, la dictadura militar de mediados del 70, aquella tan terriblemente represora?
Fue una dictadura asesina. Es decir, la vivimos terriblemente mal. Hubo democracia desde 1973 hasta marzo de 76, en ese lapso de florecimiento democrático publicamos muchísimos libros. Mucha literatura, muchos libros de humor gráfico y libros políticos de las corrientes de opinión más diversas. Libros de esclarecimiento y, no militantes, porque no teníamos ninguna militancia política. Sin ninguna crítica a la militancia tampoco, por el simple hecho de que no la teníamos. Éramos dos personas progresistas. Ya en ese momento mi primer socio había vendido su parte y estaba mi compañera, mi mujer, como socia, ella es economista y produjo cierta racionalidad administrativa a la editorial. En el 76 la situación, rápidamente, se agravó. Prohibieron muchos libros de otras editoriales, clausuraron librerías, entre otras cosas mucho más trágicas que sucedían simultáneamente, de represión a militantes políticos y represión a otros que terminaban pagándola por error, porque figuraban en libretas de direcciones, el tipo de tropelías que se cometieron no eran sólo de castigo, sin juicio alguno, a los que militaban, incluso, a las organizaciones armadas; era a quien cayera en la redada; que era una cosa muy amplia. Entonces, en el 76, yo voy a la Feria del Libro de Frankfurt, ahí me encuentro con un periodista argentino, de origen alemán, que había salido del país y que me dijo que había visto en el escritorio de un funcionario de la Secretaría de Inteligencia del Estado, un libro nuestro, un libro infantil. Este funcionario, que le debía algún favor, le había aconsejado irse del país, le dijo: “porque mira, la situación es terrible, fijate los libros que se publican”. Entonces, le estaba mostrando un libro, que nosotros habíamos comprado los derechos en la Feria de Frankfurt, en 1973-74, que eran las fábulas de La unión hace la fuerza, que traían una mano cuyos dedos estaban separados entre sí y había otra mano que la maltrataba, y la mano perseguida descubre que cinco dedos bien unidos forman un puño que se defiende y termina el castigo. Pero como el puño que se impone era de color rojo y el que los perseguía y era derrotado de color verde, la interpretación de un coronel fue que era una alusión clarísima a la guerrilla de izquierda y al color del uniforme de los militares. Prohibieron el libro por un decreto. Los fundamentos de la prohibición eran sumamente fuertes. Yo no me di cuenta que la situación era tan terrible, presenté un recurso de reconsideración para que levantaran la prohibición, porque me parecía un disparate. Pero la idea que siguió fue un decreto disponiendo la detención, a disposición de Poder Ejecutivo, lo cual quiere decir sin ninguna forma de juicio ni posibilidad de defensa, de mi compañera −que era mi socia en la Editorial, la que se ocupaba de los libros infantiles−, mía y de Amelia Hannois –que era la mujer de Augusto Roa Bastos, pero ellos ya estaban viviendo en París−. Eso significó 127 días de cárcel. Pero, finalmente, una presión muy fuerte de los editores del exterior, la manejó un periodista amigo que trató de que no fuera una solidaridad de escritores y editores muy militantes, sino más bien, de una defensa profesional y como no teníamos, realmente, ningún antecedente político, nos investigaron durante cuatro meses y decidieron ponernos en libertad. De ahí, después, recién me di cuenta de la gravedad de la situación y decidimos salir del país con los boletos aéreos que nos había mandado la Feria del Libro de Frankfurt. Con la cual hicimos un largo recorrido. Estuvimos bastante tiempo en México, pero tuvimos unas ofertas de trabajo en Venezuela y, finalmente, el lugar de exilio fue Venezuela. Durante ese lapso la editorial siguió funcionando muy a media máquina, trabajando a medio tiempo, con cuatro personas. Manejada por nosotros por carta o por teléfono, desde distintos lugares y por la madre de mi mujer que se hizo cargo, con sabiduría, porque la manejó los seis años que nosotros estuvimos en el exilio.

¿Qué significa para Ediciones de la Flor, rondar ya el medio siglo de existencia?
Un milagro. Pero como no somos creyentes es un milagro en un fenómeno específico: la fidelidad de los autores. La editorial tiene más de 700 títulos, de muy diversos géneros, de gran variedad de autores, con una predominancia, en los últimos diez años, de los de humor gráfico y de los de adaptaciones de grandes libros de literatura universal a novela gráfica. Pero en el momento que nos ponen presos a mi mujer y a mí, los dos autores que eran los absolutos súper-ventas, Quino y Fontanarrosa –que hacía humor gráfico, pero hizo, también, cuentos y novelas−, siguieron publicando con la editorial. Primero porque lo que quedó de la administración de la editorial seguía respetando sus intereses, pagando sus derechos, atendiéndolos, publicando sus libros y no permitiendo que estuvieran faltando. Pero, por otro lado, por cariño, por afecto. Otro de los escritores, de la editorial, que es fortísimo, es Rodolfo Walsh, el autor de Operación Masacre, un periodista militante y gran escritor de ficción, que los militares mataron en un enfrentamiento en 1977, los herederos se pasaron a Planeta, porque vencieron los contratos, y después de los cinco años de contrato en Planeta, volvieron a la editorial porque el trato del gran sello trasnacional no es el que corresponde a un autor de calidad, porque le prestan atención a los libros el mes que aparecen y después lo dejan a su suerte.

¿Dentro del horizonte de las empresas editoriales de carácter trasnacional, cómo vislumbra usted la presencia que tiene Ediciones de la Flor desde el punto de vista latinoamericano?
Hay un editor alemán que hizo una imagen que es, bastante, feliz. Dice que los grandes grupos editoriales eran como grandes pelotas que estaban metidas en una gran caja que era el mercado mundial en un idioma, por ejemplo. Pero al ser las pelotas esféricas quedaba lugar entre ellas, intersticios para pelotas pequeñas, que si crecían demasiado y llegaban a chocar, eran inevitablemente absorbidas. Pero que si se mantenían en esa misma dimensión podían sobrevivir. Y, efectivamente, es lo que pasa. Es como en el boxeo: hay categorías, pesos. Entonces, uno no puede pelear en una categoría superior a la que su peso le autoriza. Una editorial mediana, con 700 títulos, con 45 años en funcionamiento, como De la Flor, no puede competir para tener un autor Best-sellers ya consagrado, tiene que inventarlo, tiene que encontrar autores que se conviertan en súper-ventas, porque no puede comprar pagando más a otros que ya se sabe que lo ganan.

El nombre de Mafalda está adherido a Ediciones de la Flor de manera indisoluble. ¿Esta hija, irreverente e inconformista, de la clase media argentina reflejará algo de la propia identidad de la editorial?
Yo creo que es nuestra Santa Patrona. Porque la editorial no hubiera sobrevivido sin las ventas permanentes de Mafalda. Si se calcula que no se publica ningún volumen nuevo desde 1973, se reeditan cada tanto, Quino se aburre de ver las mismas portadas, entonces, hacemos una especie de casting, de nuevas portadas. Se cambiaron ya tres veces en los últimos 20 años. Sigue siendo, no el libro más vendido de la editorial, pero figura entre la lista de los cinco más vendidos cada año. Así que más allá de la afinidad ideológica, con la actitud de protesta y de no aceptación del estado de cosas que plantea Mafalda, que sí existen, por otro lado, ella es el secreto de nuestra subsistencia.

Cuál es “la rutina gozosa” –creo que la frase es suya− de un editor que en su catálogo puede tener, por ejemplo, un libro como El siglo y el perdón, de Jaques Derrida o el último Gaturro, tan disímiles en apariencia.
Si hay una línea que marca la editorial es el eclecticismo más amplio. Si se piensa el catálogo, es una especie de disparate. Por este tipo de vastedad. En el caso de Gaturro, que es el súper-ventas actual absoluto, yo no considero que sea un valor tan significativo del humor gráfico como el de Quino, pero no es dañoso, es decoroso y los chicos lo adoran. Por ejemplo, nuestro nieto, yo tengo un nieto de ocho años, cuando tenía cinco años y no leía, fue a un acto de presentación de un tomo de esta historieta en la Feria del Libro y levantó la manita e hizo una pregunta al autor, cosa que a mí me dejó con la boca abierta; primero, por lo caradura del muchacho y, segundo, porque estuviera tan enterado, se lo leían los padres. Una vez le preguntaron a un editor italiano por qué se había dedicado a la actividad editorial y él dijo que porque su curiosidad superaba a su profundidad. Yo me identifico con eso. Después de Nik, que es el seudónimo del autor de Gaturro, hemos publicado a un dibujante chileno que es genial que se llama Alberto Montt, que vino el año pasado a la Feria del Libro de Guadalajara, porque estaba dedicado a Chile, fue invitado y estuvo firmando en el Stand de librería Gandhi tres horas, desde las siete de la tarde hasta las diez de la noche. Ya estaban cerrando la Feria, nos estaban echando, y él estaba firmando, porque hay un fenómeno, absolutamente, nuevo para mí, pero que hay que considerar, este autor no está publicado en ningún periódico en México, tampoco en Chile ni tampoco en Argentina, lo conocen a través de las redes sociales, tiene un blog que se llama Dosis diaria, que tiene 200000 seguidores, donde publica una caricatura cada día y eso se nota en la repercusión de sus libros.

¿Qué responsabilidad asume un editor, cuando de pronto, por lo menos para el caso de Quino y Fontanarrosa, sus autores se vuelven estafeta del humor gráfico latinoamericano?
Orgullo, sin ninguna duda. Es decir, Jorge Herralde, el editor de Anagrama, que es un brillante editor, incluso, tiene un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Guadalajara, sostiene una cosa muy acertada, que el editor no descubre a un autor, lo reconoce, porque el autor ya existía. Entonces está la posibilidad de haber descubierto o, bueno, ni siquiera casi reconocido a Quino, porque él ya publicaba en otras editoriales; pero sí haber publicado los primeros libros de Fontanarrosa, que nos los conocía absolutamente nadie. O haber recuperado a Rodolfo Walsh, que lo publicamos entes de la dictadura y lo volvimos a publicar después de la dictadura, es decir, son una especie de premio a la apuesta. Yo creo que el juego del editor independiente, que no tiene un enorme capital para pagar grandes anticipos, a cuenta de derechos, para comprar un número que ya se sabe que serán premiados, es la apuesta, el riesgo.

¿Cómo se repiensa Ediciones de la Flor ahora que el avance de la tecnología digital es absoluto, pensemos que las grandes empresas como Microsoft o Apple han decretado la muerte del libro impreso, claro, en beneficio de sus aparatos?
Hace muchos años cuando yo vivía en el exilio en Venezuela ejercía el periodismo en El Diario de Caracas, recibimos una vez una invitación del Festival de Cine de San Sebastián, que quería volver a la primera categoría, entonces, invitaron a periodistas de todo el mundo y como yo era jefe de la sección cultural del diario me invitaron. Y fui a una conferencia de prensa que dio Jean Luc Godard. Ahí le preguntaron “¿Bueno, qué piensa usted, que siempre ha trabajado con cinematografía, de las cámaras de video y de la posibilidad de usarlas para hacer películas? Entonces dijo, “…es una posibilidad interesante, está recién desarrollándose, todavía no hay forma de editar adecuadamente, todo el proceso ese va a llevar, por lo menos, diez años y felizmente dentro de diez años yo ya no estaré haciendo películas”. No es exactamente eso, pero pienso que cuando estas tecnologías se impongan habré dejado de hacer libros. Pero hay un caso, en el año 2000 se hizo en Buenos Aires el Congreso de la Unión Internacional de Editores. Vinieron unos 1000 y tantos editores de todos los rincones del mundo y ese año los patrocinadores fueron las empresas que hacían CD-ROMs. Y nos trataron de convencer de qué hacíamos imprimiendo cosas en papel cuando el CD-ROM iba a remplazar todo y la gente iba tener su disquete y ahí iba a estar toda la literatura. Entonces, interrogaron a una editora inglesa muy importante, que estaba haciendo su editorial en materia de CD-ROM, ella decía que habían creado un departamento de desarrollo de CD-ROM, solamente, para que cuando las asambleas de accionistas preguntan “¿estamos haciendo algo en eso?”, respondieran: “sí… sí… estamos haciendo algo”. Y el CD-ROM desapareció velozmente, fue reemplazado por la posibilidad de actualización permanente a través de Internet. Y no pienso que vaya a pasar eso con el libro electrónico. Pero hasta que se unifiquen los soportes, cosa que todavía dista de suceder porque la competencia entre los iPad, los iPod, los Kindle y demás artilugios de lectura va a llevar cierto tiempo. Comenzamos, por ahora, ampliando los contratos de los autores, para incluir los derechos digitales. Más que nada porque en algunos casos actuamos como agentes de los autores y nos compran los derechos, por ejemplo, para un libro de enseñanza, unas tiras de humor o cuentos de un autor y piden, también, los derechos digitales. Entonces, es nuestro debut ampliar los contratos para incluir los derechos digitales para firmar estos contratos. En un momento, no lejano, Amazon se instaló en Buenos Aires, instaló una oficina y, más o menos, con el criterio que dicen que usan los vendedores de droga: “el primero te lo regalo el segundo te lo vendo”, ofrecieron digitalizar cinco títulos gratis y ponerlos a la venta en su sistema, para después dejarte incorporado. Finalmente vamos a caer en eso. Pero sin alegría. Con resignación.

¿Dentro de los títulos que ha editado habrá algunos que sean, no los favoritos, pero sí aquellos por los que luchó para lograr editarlos, aquellos por los que haya intentado todo por alcanzar a dicho autor por un libro en específico?
Te diría que son tres. Por la admiración que le tengo a los autores, por la significación que tiene, inclusive, en algún caso ideológico. Operación masacre de Rodolfo Walsh, de quien no fuimos los primeros editores, pero sí lo fuimos en contrato firmado por él antes de que lo ejecutaran y luego por su hija, desde hace ya varios años; después John Berger, que es un autor inglés al que admiro profundamente y me siento muy orgulloso de haber podido publicar dos libros de él, siendo que toda su obra la publica Alfaguara, pero fueron dos títulos que quedaron libres: uno que no estaba editado en español y otro, que por cierto lo editó, aquí en México, editorial Era, se llama Keeping a Rendezvous, nosotros le pusimos otro título que es Cada vez que decimos adiós, que es el título de otro de los ensayos, pero creo que Era respetó el título original; y por último Umberto Eco, porque si bien fue en coedición con Lumen de España que publicamos para América del sur: El nombre de la Rosa, El péndulo de Foucault, La estrategia de la ilusión, habíamos publicado, antes que fuera famosísimo, más que como semiólogo, un cuento infantil que se llama Los tres astronautas, que seguimos reeditando desde hace treinta años, que traduje yo con gran placer y que es un cuento sumamente útil porque inculca el respeto a la diferencia.

Como una especie de epílogo a la entrevista, le pregunto ¿qué le ha dejado, de manera personal, el trabajo de editor?
El conocimiento de mucha gente que me interesa, a la que valoro a través de lo que escribe.

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