Cómo se pasa la vida: “Querido doctor Harrison…”

Hugo Montaño 0 comentarios

…me tienes en la lona. Intento no comer azúcares pero los malditos me persiguen, implacables. Cuando celebro (ingenuo) algún hallazgo alimentario libre de eso que tú me has recomendado consumir en su mínima expresión, reviso la etiqueta (no puedo evitarlo) y descubro un derivado o sinónimo de “azúcar”. Soy compulsivo, doctor, lo sabes, y no pude evitar algunas minucias sobre dicha palabra. ¿Se dice el azúcar o la azúcar, doctor? Si me toca decidir, digo que se invoque como mejor le plazca a quien la invoque. Entro en conflicto cuando uso el artículo masculino y el adjetivo femenino al escribir “el azúcar morena”. Mi vecino, rústico hasta en la mirada, sostiene (con entereza, debo reconocerlo) que en su familia siempre se ha dicho “la azúcar”. Como verás, doctor, a la hora de escribir “la azúcar morena”, caigo en la zanja de las “cacafonías”. Sí, lees bien: ¡cacafonías! (en otra carta te contaré de la construcción de mi propio diccionario de términos, que hará temblar a la RAE). En resumen, me apego a la licencia vernácula que reza: “la palabra es de quien la palabrariza” (otro término de mi proyecto de diccionario novísimo).
Cuando Celia Cruz gritaba “¡Azúcar!” bien pudo gritar sinónimos de esa palabra maldita. Imagínate, querido doctor, que a media rumba gritara “¡Dextrosa!”… “¡Sacarina!”… “¡Glúcido!”, o melaza, glucosa, carbohidrato, miel, maltosa, melcocha, arropía, caramelo, jarabe, endulcorante, sacarosa, aspartano, neotame, asesulfano K, Neohesperidina dihidrocalcona, sucralosa, entre otras linduras propias de la hechicería neoliberaloide.
Luego de aquella fatídica tarde, cuando rompí todas las marcas triglicéridas y glucosas (que el mismísimo Ben Johnson envidiaría), navegué al día siguiente por Internet, buscando los alimentos menos “peligrosos”, resultando la mandarina, la toronja y la manzana (del color que fuera). Lo demás estaba “maldito”. Curioseando, me dispuse a leer qué rollo con la sacarina, y resultó un derivado del petróleo. Sí, como lo lees, y su abuso puede provocar cáncer en vejiga y riñones, comprobado por humanos, consumidores empedernidos de sacarina en sus diferentes presentaciones.
Debo de reconocer que me preocupó, aunque solo un poco. Recordé el libro biográfico de Jim Morrison: Nadie sale vivo de aquí, y me volvió la calma al cuerpo, además, yo ni la consumo. Pero te respeto, doctor, y la disciplina es algo que raya en lo sagrado, así que seguí mi búsqueda.
Transcurridas 24 horas de no consumir más azúcar que el de las mandarinas, las toronjas y las manzanas, comencé a sufrir los primeros síntomas: mareo y dolor de cabeza. El cuerpo me reclamaba su dosis cotidiana. Le siguieron la ansiedad, la comezón en los brazos y el repentino cambio de humor, que fue tendiendo a la furia y a la frustración.
A la menor provocación revisaba las etiquetas de latas, cajas y envoltorios, en casas y en tiendas de prestigio. Una tarde, en una borrachera moderada entre contemporáneos de la secundaria (suelo olvidar de manera sistemática cualquier borrachera, propia o ajena, además no bebí porque la cerveza contiene azúcar, ni comí jochos ni catsup ni picante, ni mostaza ni mayonesa, ni pan), alguien me dijo: “Come galletas saladas”. Yo, en el aturdimiento de los síntomas arriba mencionados, que en esos días me atacaban de manera legionaria, acepté. Doctor, reconozco que fui cegado por la desesperación, cual adicto, y hasta llegué a decirme: “solo es una galleta salada”. Abrí un paquete pequeño, saqué una pieza, y mientras me la llevaba a la boca, leí que tenía la asombrosa cantidad de casi un gramo de azúcar. ¡Casi un gramo! Lancé lo más lejos que pude las galletas. ¿Paranoia? Quizá, pero doctor, tú sabes que soy inofensivo, ¿verdad?
Lo que te cuento a continuación no es producto de mi falta de azúcar, pero sospecho existe una conspiración gubernamental o alienígena sobre nosotros. Casi todos los alimentos contienen azúcar o derivados de ésta…o éste…o esto…o lo que sea. Hay azúcar hasta en los cigarros. Sí, doctor, tal cual. Los malditos productores le ponen más miel o azúcar a la hoja de tabaco, para hacerla más adictiva. Al ser abrasada por el fuego, esos azúcares (azúcaras?) se transforman en acetaldehído (que tú sabes es carcinógeno), sustancia que también está en muchos alimentos, además de bebidas fermentadas. ¡Doctor, estamos en las garras de la droga legal más consumida y mortal! Es publicitada en revistas, catálogos, diarios, radio, televisión, la web, en todos lados. No te escapas de ella ni por asomo.
Dice la sospechosa OMS que debes consumir un promedio de 50 gramos diarios como máximo (unas 12 cucharadas cafeteras). Pero cómo atender ese máximo, si todo lo que te comes o bebes, ¡tiene azúcar! Si lo fumas, te lo untas, lo inyectas o medicas. De nada sirve la recomendación en letras chiquitas que dice: Come frutas y verduras.
Sé lo que piensas sobre mi rayana locura, y tal vez sea cierto, pero te prometo que no caeré tan fácil. La raza humana está mutando. Vale madres la polución, la deforestación, la extinción de animales, la hambruna, el calentamiento global, las religiones y sus diferencias, el fútbol (que es igual de sagrado), los zancudos modificados, los memes sobre Peña Nieto, las balas, los cárteles y las drogas que, delante del azúcar, se vuelven ridículas.
Me estoy preparando, doctor, para el azucarado apocalipsis. Aprovecho para confesarte que he vuelto a fumar, pero no tabaco. Dentro de poco saldrán los zombis a cazar el o la azúcar. Poco importará su género gramatical, solo su nombre, sus muchos alias tras los que se oculta desde hace años agazapado, voraz y silencioso.
Doctor…compadre… amigo… te abrazo, azucarado.

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