De la vigilia interior

María Baranda 0 comentarios

La poesía de Manuel Iris viene de una vigilia interior. Un sitio que el poeta ha hecho para sí mismo.
No hay vértigo, hay detención. Hay noche y silencio. Hay paz. Son poemas de paz.

¿Y qué eres tú silencio,
sino el más viejo disfraz
de lo que existe?

En estos poemas hay “una conciencia de las palabras”, como diría Elías Canetti. Porque Manuel Iris sabe lo que nombra, lo que pone en relieve, lo que califica y destaca, lo que atribuye a un rostro, a un hombre, a una casa. Evoca, inevitablemente, lo que parece ser su fuerza y memoria, su distinción de luz en la palabra.
Manuel Iris entra al poema sin pretensiones:

Quiero mirarte sin saber quién eres

nos dice. Y pregunta:

¿Dijiste algo?

Porque hay un tú allá afuera de la página que lo salva, nos salva a nosotros lectores, en un instante de claridad:

Todo deseo es la intención de prenacer,
de postmorir, de unificarse.

Y sí, porque “la realidad es un disfraz del todo.”
Poesía sin engaños ni profecías, poesía que intuye y mira. Ve para saber. Y se arrima a un territorio único donde se labra la tinta en tierra, la presencia de cada individuo como la síntesis de lo absoluto, como decir “pez” y que aparezca el fuego.
El libro está dividido en cuatro secciones: Tintinnabuli, el tañido de las campanas, composición con dos voces (diatónica y tónica) dedicada al silencio, obviamente, para la cual nos recomienda el autor, escuchar la delicada música de Arvo Pärt y su minimalismo sacro y sus armonías simples, sin fatuos adornos, tal y como el poeta clama en sus líneas:

No eres la luz sino la transparencia.

Tu desnudez es la otra cara del cristal
de la quietud.

Pero te mueves, andas
mis silencios,
nuevos, tu camino
de plateado pez,
de claridad espesa,
de soledad sin horas.
Permaneces.

En la segunda parte, Los disfraces del fuego, llegamos a la Tabula raza del mismo compositor estonio, en donde el silencio es juego y movimiento, oscuridad y luz, los instrumentos cambian: hay cuerdas y piano: entra el amor y hay tensión, socavamiento. Y de nuevo silencio. Los poemas van del recuerdo al cuerpo, al deseo, a la multitud. Ya no se afina en el Uno y su presencia, sino en un Todos. El poeta piensa, quiere ocultar y olvida. Hay obsesión y testimonio. Declaraciones. ¿Y qué es el amor sino todo esto, todos los disfraces posibles como una forma de conmovernos?

Una obsesión también
es el disfraz del miedo.

Nos dice Manuel Iris ¿y qué haría un poeta sin el miedo? Si el miedo nos permite abandonarnos al vacío, caer sabiendo que perderemos todo, que no hay línea sin canto que permita estremecernos en ese origen de la voz más pura y simple, la sinrazón del pensamiento. Escribir es proporcional a perderlo todo. El que no arriesga no cae, no siente miedo.
La tercera parte del libro, Fuga, corresponde al primer movimiento de la misa berlinesa del compositor estoniano: el Kyrie: la noche perfecta y contenida: el rito como experiencia de lo que falta, todo en un listado que dice lo que abisma. Es la parte más pura del libro, si por pureza se entiende lo que precisamente abisma al poeta: la escritura.
La última parte, El Réquiem, es curiosamente de las primeras composiciones de Arvo Pärt. En el poema se habla de una muerte que no es muerte, es muerte que está para nombrarla, muerte que regresa siempre.
Siempre, siempre, sería la palabra con la que calificaría el trabajo de Manuel Iris.

Imagino que afuera hay una colina. En la colina, una casa. En la casa un niño que se mueve, se esconde: se disfraza. Busca cubrir todo el silencio. Se desmaraña. Comienza un cuento de un pez relámpago como una forma de buscarse a sí mismo. Busca cubrir la tierra que imagina con una cuchara sopera, un cucharón de mar a pleno oleaje, una prueba de renacer entre sus juegos. Dice escuchar campanas en una ciudad fría como el silencio que lo acompaña. Comienza un poema. El poema de siempre, el que escribirá bajo un tajo de sol en una tarde necesaria. Surge su ars combinatoria. Es una poesía del orden. Una poesía que encanta por su poder de hablar frente a frente con el vacío. Es, también, una delicada arquitectura de los asuntos cercanos al quehacer literario: la pulcritud, la estructura, las lecturas contrarias que hacen surgir al pensamiento desde lo más profundo. Es una atenta observación a la luz y sus pasajes de sombra, pero sobre todo, a la palabra y su fuerza que condensa, transcribe e ilumina cada línea en donde los sustantivos, a veces, son verbos y los verbos son esa realidad que hace cuerpo. Porque en Los disfraces del fuego están las cosas finitas y cercanas a un niño en una casa y las infinitas en la inscripción de la tierra en una colina imaginaria.

0 Comentarios

¿Qué opinas?