Tan lejos como los chinos

Ricardo Montiel 0 comentarios

Hace unos días, mientras viajaba en el 39 hacia un lugar impreciso de Buenos Aires, me topé con el primero de una serie de fragmentos que me llevaron a descubrir (tal vez un poco tarde) que en La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares había elegido como narrador-protagonista a un fugitivo que habla de Venezuela: “Adelanté un poco más: se apagaron los ruidos, como en un ambiente de nieve, como en las frías alturas de Venezuela.”
Como se sabe, el anónimo personaje de la novela es un escritor que, tras ser condenado a cadena perpetua, huye a Calcuta, donde un italiano que vendía alfombras, al conocer la suerte del fugitivo, ofrece (en su lengua) una idea de un lugar donde ocultarse: “Para un perseguido, para usted, sólo hay un lugar en el mundo, pero en ese lugar no se vive. Es una isla. Gente blanca estuvo construyendo, en 1924 más o menos, un museo, una capilla, una pileta de natación. Las obras están concluidas y abandonadas (…) Ni los piratas chinos, ni el barco pintado de blanco del Instituto Rockefeller la tocan. Es el foco de una enfermedad, aún misteriosa, que mata de afuera para adentro. Caen las uñas, el pelo, se mueren la piel y las córneas de los ojos, y el cuerpo vive ocho, quince días.” Pese a lo que advierte el italiano, el condenado resuelve partir, y una vez instalado en la isla, empieza un diario en el que va testimoniando su lucha por la supervivencia, el extraño comportamiento de los otros habitantes (incluido Morel), y el asombroso y tal vez profético funcionamiento del invento.
Ya promediando la novela, el escritor hace alusión a Caracas; horrorizado ante la hipótesis de ser invisible a los humanos (no a los pájaros, lagartos, ratas y mosquitos), se le ocurre que tal vez este muerto, y esa idea que lo entusiasma “vanidosamente, literariamente”, lo lleva a recordar una parte de su pasado: “Recapitulé mi vida. La infancia, poco estimulante, con las tardes en el Paseo del Paraíso; los días anteriores a mi detención, como ajenos; mi larga huida; los meses que llevo en la isla. Tenía la muerte dos oportunidades  para entreverarse en mi historia. En los días anteriores a la llegada de la policía a mi cuarto de la pensión hedionda y rosada, en Oeste 11, frente a la Pastora (el proceso habría sido ante los jueces definitivos; la huida y los viajes, el viaje al cielo, infierno o purgatorio acordado)”.
En cuanto a “los jueces definitivos”, hay en el último y más revelador de los fragmentos una pista arrojada por el mismo narrador; tras entrar al mundo del invento de Morel, y cavilar sobre el inquietante mecanismo en cuyo efecto estaría el trasfondo de su invisibilidad, el escritor fugitivo parece señalar a sus perseguidores: “Patria, los señores del gobierno, las milicias con uniforme de alquiler y mortal puntería, la persecución unánime en la autopista La Guayra, en los túneles, en la fábrica de papel de Maracay”. Cabe decir que ya a esa altura, y por el arrebato de patriotismo que se lee en las líneas siguientes, quedó claro que el protagonista no sólo habla de Venezuela, sino que es, en efecto, venezolano. Para él, la Patria es también “los tiempos de El Cojo Ilustrado (…) el pan de cazabe, grande como un escudo y libre de insectos (…) la inundación en los llanos, con toros, yeguas, tigres, arrastrados urgentemente por las aguas”.
¿Por qué Bioy habrá elegido a un venezolano forzado al exilio? ¿Acaso hubo algo de ese país caribeño que llamara su atención mientras escribía su obra maestra? Mucho se ha conjeturado respecto al sugerente paralelismo entre la condición del protagonista y el momento histórico de Venezuela antes de 1940, año en que, recordemos, apareció la novela en Argentina. José Balza, en un ensayo titulado Bioy Casares y Cortázar desde caracas (Literal Magazine, 2015), infiere que “la decisión del joven Bioy de concebirlo como un perseguido (al protagonista) y hacerlo exilar desde esta ciudad (Caracas), justo cuando en 1937 la reciente muerte del dictador venezolano (Juan Vicente Gómez) debió ser noticia fresca en América, no puede ser ignorada: la cruel fama del tirano bien podía justificar un personaje que escapa para salvarse”.
Lo cierto es que diez años antes de que Bioy muriera, Mempo Giardinelli tuvo la oportunidad de entrevistarlo, y, cuando llegó el momento de hablar de La invención de Morel, Bioy le contó a Giardinelli que por primera vez sintió tener entre manos una historia que valía la pena, pero que tenía miedo de estropearla, y que, para evitar el error, trato de alejarse de sí mismo, porque sentía que en sus simpatías y sentimientos “estaba agazapada la posibilidad de errar. Entonces puse de héroe a un venezolano, porque para los argenti¬nos de esa época los venezolanos estaban tan lejos como los chinos. Consulté la Enciclopedia Espasa para tener algún conocimiento de cómo era Venezuela”.

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