Cómo se pasa la vida: “A lo Blú”

Hugo Montaño 0 comentarios

A veces yo también me canso de ser Hugo, y me retiro a cavilar. Ya fui… ya estoy de vuelta, cual poemínimo. De estos días celebro a Fabián Herllejos (lo hallan en feisbuc así), un narrador fresco y generoso. Ojalá y decida quedarse a torear, ya se animó a caminar por el túnel de la incertidumbre, ya está acá. Léanlo y verán.
Decía que a veces yo también me canso de ser yo, y entonces me purgo. Ahora estoy en eso. Luego de asistir a Cuxtitalli con los compañeros Vivi & Jorge, y conocer una manera de hacer un horno de tambo, coucheado por el maestro Rubén. Regreso crédulo de nuevo. Fueron dos días aleccionadores. Tengo varías cosas pendientes por hacer, como la de compartirles el texto que leí en el pasado Carruaje de Pájaros, allá en San Crispín de las Canicas. Recién había sido el aniversario de El Santo, y bueno, a mi me gusta más Blue Demon. Me recuerdo aquellos días en el barrio del niño de Atocha, en la esquina de la tortillería. Ahí, mientras esperábamos a que la fila avanzara, luchábamos campal. Otras veces éramos testigos del sobrevuelo de una avioneta, que dejaba caer programas de lucha de fin de semana. Corríamos a cachar las papeletas, esperando contar con la suerte de hallar la que traía un boleto de entrada como regalo. La avioneta no solo arrojaba las papeletas, anunciaba la cartelera referida en la publicidad. En fin, eran días de fiera infancia, dijera Garibay, días que guardo en mi memoria como un paisaje.

A lo Blu
Firma el contrato así nomás, a lo “Blu”, luego desaparece la pluma nacarada entre sus manazas, las mismas que casi descuajan la cabeza de Rodolfo Guzmán aquella memorable tarde generosa en esfuerzo, llaves y contra llaves, decidido a terminar de una vez por todas con la polémica sobre quién era el ídolo de ídolos, venciendo en la tercer caída a El Santo, su némesis en la nueva película que ahora los convoca.
En dicha producción se representa a sí mismo, víctima de un trance hipnótico inducido por el malvado científico Aquiles, quien le ordena eliminar al enmascarado de plata. El demonio azul no memoriza el libreto, aunque cobra como si lo hiciese. Le da lo mismo hablar o no porque nunca oye su voz cuando asiste a los estrenos. Incomodidad pasajera, sin importancia porque ahí, entre las duras butacas del cine Popotla no es el “Blu”, ni está en la Atlántida. Es el padre amoroso, el espectador rodeado de amigos y familiares, sodas y frituras. En la pantalla se escucha el mismo tono de una veintena anterior de películas, donde Víctor Alcocer le dobla la voz con timbre cautivante, aunque ajeno a la vida profesional de luxaciones, fracturas y moretones en lugares casi imposibles de imaginar.
En la película no hay super poderes ni armas espectaculares, solo sopapos y porrazos, actrices de caderas anchas e identidades secretas. El Santo responde al nombre clave de X21. El presupuesto apenas si ajusta para el avitualle de las estrellas del pancracio: tandas individuales y abundantes de bebidas, frutas y carnes frías. El empresario no entiende cómo Blue Demon y El Santo no son amigos fuera del cuadrilátero, menos X25, la bella co-estelar, quien en el receso se escapa hasta el camerino de Rodolfo Guzmán, para experimentar una versión porno de la llave que tanta gloria le ha dado sobre el cuadrilátero. Con chance y hasta conozca el rostro de El Santo, porque del Blu no se le antoja ni la “Nelson”, una llave menor y menos elegante que la “de a caballo”.
Mientras X21 le truena el ejote a X25 en algún rincón de los Estudios Churubusco, Blue Demon, sin máscara y con traje deportivo, disfruta de la tarde en Coyoacán. Se sabe en la cúspide de la fama y traza su futuro: envejecer con la identidad a salvo, rodeado de nietos, hijos y de Goyita, su esposa; y cuando dios lo llame a cuentas, tener una muerte tranquila, sin sobresaltos. De esto último nada sabe, porque uno puede morir de muchas maneras, pero morir al fin.
Treinta y un años más tarde, desde el sereno cielo de los demonios cae un trueno azul sobre la estación Potrero, justo en el corazón de Alejandro Muñoz. La gente viene y va sin inmutarse del derrumbe. Paran de golpe su frenética marcha cuando Goyita, de rodillas, le pone la mítica máscara cual si se tratara de un dios al que se adora. Entonces el demonio convocado se agiganta, se manifiesta en cada destello azul de la tela: Blue Demon tendido sobre el sucio asfalto, invicto, regresa para no partir jamás.

0 Comentarios

¿Qué opinas?