Cómo se pasa la vida: ¡Dragones!

Hugo Montaño 0 comentarios

Si te duermes ahora, podrás despertar antes que los rayos del sol lleguen a la calzada. Primero oirás resoplidos, estertores graves, continuos, y si llegas a tiempo, los verás levantarse (con algo de trabajo), retozar sobre el verde pasto, entre los árboles. Advertirás enormes lenguas de fuego, y también el compás del serpenteo en su lucha contra la inercia, la enorme masa que los jala hacia el suelo. Así ha sido desde hace mucho, querido Detective Cósmico. Desde que tengo memoria los llaman Dragones. Pero anda, ve a dormir, que tu sueño será acompañado por los espíritus de las serpientes, los antiguos dioses voladores, los dueños del lejos y del junto.
Incrédulo me fui a la cama, más por cansancio que por la historia contada. La voz del anciano había sido serena, sin exageraciones. ¿Valdrá la pena los cientos de kilómetros andados hasta esa tierra llena de misterio? En otras tantas aventuras, indagando en misterios particulares, me hallé a personas apasionadas de sus propias historias, testimonios sobre luces, gusanos, entes similares a una soga flotando sobre el mar del cielo, rodeadas por luces multicolores atravesando el firmamento. Pensé en serpientes de cuello emplumado, en Quetzalcóatl, el cosmos, el mar del universo… la noche y los párpados pesados… el lejos y el junto… panes…
El sonido de algo parecido a un soplete, pero de estridente rugido, me hizo abrir los ojos de inmediato. Mi corazón latía cada vez más fuerte con cada resoplido, cada estallido de aquello que por alguna extraña razón, me remitía al color grisáceo, desenfocado pero con el filo suficiente para atravesar la noche. Eso y más era provocado por el recuerdo de los dragones, tema de sobremesa en casa del viejo apenas unas horas antes. Mi instinto detectivesco se vio víctima de interrogantes: ¿Y si no era cierto? ¿Y si ese ruido era de alguna máquina limpia calles? ¿Y si el abuelo contó sin apasionamientos la historia sobre dragones, porque estaba cansado de contar la misma mentira? Porque eso sí era posible, al menos más cercano a la realidad, que “dragones” lanzando “enormes lenguas de fuego”, palabras textuales del viejo… O… ¿Era verdad? ¿Estarían aquellos seres fantásticos retozando sobre la Calzada de Los Muertos, celebrando la vida entre lenguas de fuego?
¡Detective! (me dije) ¡Este es el momento! ¡Es la posibilidad de hacer algo memorable en el medio de la Ciudad de los Dioses! Resolver otro misterio, ese era el fin del largo viaje. Sin más, me vestí, no sin antes batallar por encontrar una de mis botas. Salí al patio. La luz del amanecer comenzaba a teñir el horizonte de un rojo claro, luminoso. Los extraños resoplidos se hacían cada vez más lejanos, pero sin perder su gravedad.
Al ver hacía el oeste, descubrí algo, una forma asimétrica que contrastaba con el azul del cielo matutino. ¡Un dragón! ¡Sí, eso debía ser! El viejo tenía razón. Luego aparecieron dos más, de forma similar aunque de distinto color, tonalidades acentuadas por la considerable distancia entre ellos. Cuando supuse se alejaban, un resoplido similar al seseo de una serpiente gigante detrás mío, me erizó la piel. Giré de inmediato y descubrí a un enorme dragón avanzar hacia mí. Era enorme, aunque no pude distinguirlo con claridad, porque venía justo donde el sol se asomaba brillante, cegador. El dragón continuó su vuelo hacía mí con largos bufidos, y llegué a pensar que bajaría justo en el patio del viejo.
Aparecieron más dragones hasta sumar siete, danzando unos, acercándose otros. Uno en particular se detuvo justo encima de mí, pero a una gran altura, sin moverse un centímetro. Pude ver la lengua de fuego predicha por el viejo. Aunque mi formación de detective debería ayudarme a controlar cualquier alteración en mis nervios, no reparé en el momento cuando el miedo dio paso a la emoción, por ver a los dragones volar majestuosos sobre los techos, campos, pirámides y sobre mi cabeza. Pensé en gritarle al viejo, a quien imaginé seguía dormido, sabedor de que los dragones no me harían daño.
Avanzaron por el norte, resoplando y lanzando lenguas de fuego que iban del naranja al azul. Cuando desaparecieron por completo entré a la casa, pero no hallé a nadie despierto. De inmediato fui por mi carpeta de dibujo y por colores, registrar el suceso en pinturas que pudieran darme credibilidad cuando le contara a mis amigos este hallazgo: haber visto dragones… !Y volando! Más de mil kilómetros lejos de casa, buscando, “detectivando”, descubriendo dragones sobre Teotihuacán, los mismos que desaparecieron en el aire, dejando detrás su estela multicolor entre las nubes.

Teotihuacán, México, una mañana de agosto.

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