La sombra que se quiebra*

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Yo tengo en el hogar un soberano
único a quien venera el alma mía;
es su corona de cabello cano,
la honra es su ley y la virtud su guía…

Juan de Dios Peza
Fragmento de “Mi padre”.

El poeta mexicano José Gorostiza (1901-1973) decía que la poesía, al penetrar en la palabra, la descompone, la abre como un capullo a todos los matices de significación, lo cual nos lleva a entender las múltiples formas en que el poeta la aborda y la construye o deconstruye, la pega en el dintel o la borda en la esquina de una estrella luminosa, de acuerdo a su entorno: presente y pasado cabalgando al unísono, fundiéndose y forjando un lenguaje diferente, trazando líneas circunspectas para el futuro, si es que llega.
En Base Atenas (merecedora del Premio Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa 2015), de Fernando Trejo, uno puede encontrar esos matices que evocan a la infancia, a la familia, a los amigos en los viajes o en las fotografías que reposan en el álbum de familia, pero sobre todo en ese refugio donde su padre encontraba el eco de la otredad (la voz de su padre nombrándolo en el silencio de su muerte) y podía usar una lengua codificada para comunicarse -como el canto del ave que llama a los suyos- por la banda civil, donde la voz tocaba la noche y deshacía las distancias.
El poeta evoca hemisferios del pasado que se pueden repetir como fotocopias en un presente detenido, como la luz de la cámara fotográfica o predecir un futuro inmediato en el que Iñaki, su hijo, marca patrones del padre de su padre y viceversa, porque en el fondo todos cargamos pedazos de fantasmas del pasado de aquellos que nos enseñaron a amar de formas diferentes y que nos han marcado para saber que tendremos una edad que les perteneció, por un instante, y que nos hará ser ellos, en el recuerdo. Cito:

Papá tuvo también quince años, hijo.
Fue un niño,
como tú,
……….jugando al tren.

Desde el canto con flores como alfombras para distraer a la muerte, a la fotografía que es una cicatriz de una herida en el pasado, al México contra Honduras que es ya una rivalidad eterna, al mechón blanco, herencia del abuelo, a las huellas de su padre que lo veía dar tumbos en la cálida arena de las playas de Puerto Arista, de la trágica noticia de la muerte de su abuelo donde algo de su padre murió en el viaje para vivir el duelo, hasta la voz que fue el sonido del mar bordado en las flores del vestido de su madre, así el poeta nos lleva por pasajes donde el dolor es una barca recorriendo un lago, el aleteo de la mariposa herida en la ventana, un relámpago lanzándose para poder, con su ronco bramido, besar la tierra que siempre nos espera en las tormentas.
En Base Atenas el lenguaje (sencillo y sensitivo) se forma en la memoria de un todo que es el padre, desde donde se transparenta el alma del abuelo y se cristaliza la del poeta que observa a su padre en su andar por su vida y lo desnuda, como sólo el amor de un hijo sabe hacerlo: confesándose y desvistiendo el alma, el corazón que se ha estrujado junto al suyo. Porque cuando se crece, dicen, uno camina los mismos empedrados y la historia se repite en espacios distintos hasta volvernos recuerdos de ellos y de nosotros mismos. Cito:

Estoy de acuerdo
con las fotografías del álbum, papá.
No somos ya los mismos.
Hemos acariciado la muerte,
la he tocado tanto como tú.

Hemos vivido la casa.
Cada quien con su recuerdo,
cada quien con sus anhelos
desprendidos.

Fernando teje, con la figura del padre, su memoria que será la que evoque en tiempos venideros su hijo, como lo hacemos ahora nosotros. La misma memoria que en una radio de banda civil, alguna vez, me enseñó mi padre mientras conducía un camión torton con doce toneladas de café en las carreteras rumbo a Coatzacoalcos. Ahí, donde una voz dijo que un puente colapsaba y que mejor esperáramos. Recuerdo que era agosto, que llovía a cántaros, que era 1991 y tenía yo 12 años cumplidos, y que desde los códigos que se disfrazaban en una antena que era una espiral por donde corrían las gotas de las lluvias, alguien nos salvó la vida.
Así, la Base Atenas erigida en un cuarto con libros, donde la voz cristalizaba el tiempo, donde la fragilidad se desmenuzaba en el dolor del padre, es desde donde los versos de este libro encontraron eco y remontan al canto que hiciera Jaime Sabines alguna vez con el dolor a cuestas y que dejo acá a modo de despedida.

XV

Papá por treinta o por cuarenta años,
amigo de mi vida todo el tiempo,
protector de mi miedo, brazo mío,
palabra clara, corazón resuelto,

te has muerto cuando menos falta hacías,
cuando más falta me haces, padre, abuelo,
hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

Te has muerto y me has matado un poco.
Porque no estás, ya no estaremos nunca
completos, en un sitio, de algún modo.

Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
a empobrecerlo más, y a hacer a solas
tus gentes tristes y tu Dios contento.

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973)

*Verso tomado del poema “El polvo es una
sombra que se quiebra”, del libro Base Atenas.

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