La literatura es una

Fernando Carrera 0 comentarios

Sobre el premio Nobel de Literatura 2016 otorgado a Bob Dylan y la canción como vehículo de la creación literaria

El mejor modo de servir a una época es traicionarla.
BRENDAN KENEALLY

Me considero poeta primero y músico después.
Vivo como un poeta y moriré como tal.
BOB DYLAN

Sobran las apologías de la obra de Bob Dylan y sus méritos artísticos y, para ser más específico, literarios, para recibir el Premio Nobel de Literatura 2016 (pues, como atinadamente dijo el poeta y también cantautor Leonard Cohen a este respecto, darle una medalla al Everest por ser el monte más alto, resulta una obviedad), en cambio, me parece menos estéril discurrir sobre el trasfondo que subyace en la razón expresada por la Academia Sueca para otorgarle este premio, y el camino que esta decisión abre en la apreciación crítica de la canción, producto artístico esencial del compositor de canciones, como posibilidad de ser literatura al más alto nivel.
Bob Dylan recibe este premio, el más importante para ¿un escritor? —volveré más adelante a este cuestionamiento— por, en palabras de la institución, “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, y me parece que la delimitación geográfica de la mención sobra. Él, como muy pocos en la historia varias veces milenaria de la poesía dicha en la música (la lírica original), elevó la canción contemporánea a ser de nuevo posibilidad y cauce de alta creación poética y, por tanto, literaria. Sí, repito, literaria. ¿Y qué es la canción? A la manera socrática de la mayéutica, replico aquí la primera y sexta de sus acepciones en el Diccionario de la RAE: 1. Composición en verso, que se canta, o hecha a propósito para que se pueda poner en música. Y, 6. Antigua composición poética, que podía corresponder a distintos géneros, tonos y formas, muchas con todos los caracteres de la oda. Estamos entonces ante una creación artística que se conforma de una esencia bipartita: la música y la letra, ambas indispensables para su construcción. En otras palabras: no hay canción sin melodía o sin una letra que se cante al ritmo de esa línea melódica. Basta conversar con cualquier compositor de canciones para saber que a veces se compone primero la melodía y luego se escribe la letra en la métrica adecuada o conveniente a la línea melódica; otras veces surgen primero las palabras que van sugiriendo(se en) un determinado ritmo, cadencia, en la que van fluyendo las imágenes, y para este fluir el compositor compondrá después una melodía. La poesía tiene en el poema su propia música en el ritmo y cadencia de su aliento, sea largo o corto, y no es esta la misma música surgida de los instrumentos musicales; a su vez la música puede generar lo poético, su “lenguaje” puede decir su propia poesía, que no es la misma que la que existe en las palabras. En la obra de Dylan (sus canciones fundamentalmente, dejando a un lado Tarantula, una colección experimental de prosa poética escrita entre 1965 y 1966, y Chronicles, crónica autobiográfica, publicada en 2004) se cumplen ambas: la música de la poesía y la poesía de la música, dada la dualidad que lo conforma como artista, su doble y simultánea naturaleza de poeta y músico.


En cualquier canción es posible analizar por separado la letra y la música y también cómo ambos elementos funcionan entre sí. Abundan ejemplos en todas las lenguas, épocas y géneros musicales donde es evidente que letra y música no siempre tienen el mismo nivel de factura. En algunas canciones las palabras a ser cantadas son apenas un pretexto para que la voz sea, sobretodo, un instrumento más ejecutando una melodía en un cuerpo armónico, aquí la melodía es lo que verdaderamente sostiene y da fuerza al tema (¿qué sería de la letra de Yesterday sin la hermosa y memorable línea melódica compuesta por McCartney?); en otras el caso contrario, las delicias de la mayoría de los trovadores de nuestra llamada “trova latinoamericana” (en español sobran ejemplos en este sentido), donde la música nada importa o muy poco y es constante y salvajemente vejada para meter a empujones frases casi siempre descuadradas con la estructura melódica, en pos de ciertos efectos poéticos de la letra en los cuales, el compositor y sus seguidores suponen, surge y se ampara la fuerza de la canción. Dylan es un espécimen muy extraño en este sentido, de los cuales se pueden contar muy pocos, donde casi todas, por no decir todas las canciones de su amplio cuerpo de trabajo se cumplen de manera sobresaliente tanto en lo literario como en lo musical (no abundaré en lo segundo ya que no es parte del alcance y propósito de este texto) demostrando, desde sus primeras recopilaciones, un conocimiento profundo y por demás precoz de la gran tradición de la canción norteamericana. Surgido como intérprete y compositor en el Folk, aportó a este género un abordaje y forma únicos en la “letrística”, conservando elementos sólidos de la tradición y a la vez llevándola a territorios nunca antes explorados. Desde su segundo álbum, The Freewheelin’ Bob Dylan (1962), fue considerado por Allen Ginsberg y los demás poetas de la llamada Generación Beat como un poeta verdadero y en plenos poderes, en el cual “se había pasado la antorcha de la sensibilidad e iluminación bohemia de nuestra generación, (…) Su poesía la podías detectar y sentir de inmediato, como una verdad subjetiva llena de una realidad objetiva”, en palabras del propio Ginsberg tras haber escuchado A Hard Rain’s a-Gonna Fall (1963), una de las canciones emblemáticas de este álbum.
En su largo camino por la música, Dylan ha pasado por varios géneros musicales, desde el Folk, Blues, hasta el Góspel (en su llamado “periodo cristiano” en los años 80), pero fue 1965 un año parte-aguas y definitivo en sus posibilidades creativas y en su aportación futura a la música y a las letras a partir de dos sucesos clave: —En marzo de ese año Dylan publicó su quinto álbum de estudio Bringing It All Back Home, y con él inició una triada de discos junto con Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde (1966) donde Dylan se acompañó de una banda con instrumentos eléctricos por primera vez, y donde la forma, plástica y tono de las letras era completamente distinto a los de sus canciones Folk, temas como Subterranean Homesick Blues, Ballad of a Thin Man, Highway 61 Revisited o Visions of Johanna entre otras joyas, sobresalen del conjunto. —El 25 de julio del mismo año Dylan participó en el mítico Festival Folk de Newport, como ya lo había hecho en las ediciones del 63 y 64. Fue en su participación en la noche final del festival cuando, con la fuerza telúrica de un sismo (siempre) inesperado, mirando en azul violento la oscura masa del público, hizo estallar los primeros acordes de una tormenta eléctrica comenzada con el tema Maggie’s Farm, de corte social, en la línea tradicional del reclamo ante la ignominia sufrida por el explotado provocada por el burgués, propietario, el gran “Farmer”, que seguía ejerciendo veladamente la esclavitud en un país donde esta fuera abolida por la decimotercera enmienda exactamente cien años antes; sí, tradicional solo el tema, fuera de eso, nada, ni la cadencia y tono de las palabras, ni los acordes poderosos de la guitarra de Dylan y su armónica, ni la magistral guitarra “lead” de Mike Bloomfield y su épico requinto, acompañados de bajo eléctrico, teclados y batería. Así, ante los abucheos atónitos de al menos la mitad del público que no digerían lo que sucedía, Dylan inventaba el Folk-Rock. Un titán de la poesía dicha en la canción tradicional, irrumpía con pie poderoso y una alta espada de decibeles decididos en el mundo de lo que, hasta entonces, se conocía como Rock n’ Roll. Acto seguido, en medio de una atmósfera enrarecida por la tensión, los abucheos y Peter Seeger (leyenda de la canción Folk y el principal organizador del festival) intentando cortar el cableado de los instrumentos con una hacha, Dylan y su banda entregaron “ese pedazo de vómito” (como él mismo la describiera) llamado Like a Rolling Stone, tal vez su canción más celebrada, que sería el sencillo de su disco Highway 61 Revisited, publicado el 30 de agosto, apenas unas cuantas semanas después del festival. Con ella no solo llevaría la poética del Folk a la complejidad y poder musical del Rock n’ Roll, sino generaría en este una revolución de fondo, duradera, en las posibilidades para abordar y escribir —forma, tono y contenido— las letras de las canciones por venir en este género musical, que era y es también una (siempre nueva, siempre joven) manera de vivir. A partir de aquí el Rock n’ Roll se volvió algo más que el “She loves you, yeah, yeah, yeah” o los movimientos de cadera de Elvis, y sería ya literatura, una forma y vía del arte con posibilidad de abarcar toda la experiencia humana.


La poesía de Dylan, que se dice en la canción, que literalmente se canta, es de tal alcance y riqueza literaria que, me parece, es el elemento más poderoso en la dualidad indisoluble de este poeta que es también un músico; de este músico que es también un poeta. En sus canciones/poemas Dylan ha explorado y usado con asertividad e ingenio las tres funciones literarias, principalmente la lírica, tanto en el monólogo como en el discurso declarativo, saltando con naturalidad y agilidad a la reflexión y de vuelta; también en un gran número de ellas ha utilizado la función épica (relatar o narrar) sin que la temperatura del lenguaje empleado deje de ser la del poema, algunos ejemplos de lo anterior son Tangled Up in Blue (1975), Hurricane (1976) o With God On Our Side (1964); el diálogo, la función dramática es una constante en sus canciones desde sus primeros discos hasta Tempest (2012), donde algunas de ellas en su totalidad o por fragmentos se construyen en diálogos llenos de una poesía clara y elocuente, como en los temas Boots of Spanish Leather (1964), Isis (1976), Who Killed Davey Moore (1963), entre otras.
Cualquiera que tenga la posibilidad de hablar y comprender el idioma inglés, tenga el ánimo de escuchar y leer las canciones que conforman su cuerpo de trabajo, quinientas veintidós, desde las pertenecientes a su primer disco Bob Dylan (1962) hasta Tempest (2012), mismo título de una de las obras maestras de Shakespeare —no menciono sus dos más recientes discos de estudio, Shadows in the Night (2015) y Fallen Angels (2016), dado que estos solo contienen “covers” de canciones clásicas de la tradición de la canción norteamericana— y tenga cierta sensibilidad y conocimiento para apreciar la poesía, podrá constatar que la amplia mayoría se sostienen como poemas de gran factura y calidad literaria al margen de la música, y la inmensa minoría dependen de esta para que la letra funcione, se sostenga. Pero este ejercicio tal vez sea de por sí innecesario, ya que la canción es y siempre ha sido un vehículo válido de la creación literaria y su transmisión, de hecho, uno original y tal vez el más popular y efectivo en la antigüedad (como ahora) entre civilizaciones tan sofisticadas en su vida cultural y ricas en lo popular como la griega, egipcia o romana, por mencionar algunas. Se sabe que Miguel Ángel, en la Florencia del XVI, gustaba de mezclarse entre la muchedumbre en la Piazza della Signoria para escuchar al poeta Ariosto recitar y cantar (con o sin instrumentos) sus sátiras y los versos de su Orlando Furioso. Sí, Mister Jones, la lírica original que, mucho tiempo antes de la escritura, y siglos después de la imprenta incluso, fue el principal medio y cauce de la transmisión literaria.
El 13 de octubre de 2016 fue concedido el Premio Nobel de Literatura, que no el Premio Nobel a Escritores, a Bob Dylan, y remarco Literatura en negritas, ya que muchos de los que están en desacuerdo con esta decisión de la Academia sueca exigen que tal distinción sea dada solamente a escritores (y al parecer, entre menos conocidos, mejor) o a poetas, a quienes los escritores aceptan para el hecho, con cierta reticencia. Aquí va de nuevo: la poesía no se escribe, se dice y se escucha, aunque se escriba y se lea. El escribirla no es el fin, sino un medio para ser ejecutada (dicha) de nuevo, como la música que requiere de la escritura pautada y/o la grabación en pulsos electromagnéticos, pero ni estos hacen a la música ni la escritura a la poesía. La poesía fue oral, dicha o cantada durante milenios de historia de la civilización, incluso cuando ya existía el artificio de la escritura. El libro, como objeto, no hace a la literatura ni es su fin, es simplemente uno de sus medios. Dentro de la relativa irrelevancia y trivialidad, el lugar secundario que deben ocupar los premios en el arte, celebro y percibo como un acto de valentía de la Academia sueca esta decisión y apuesta, que es un golpe de gracia crítico (y polémico), que reconoce formalmente a la canción como vehículo válido y vivo de la creación literaria, y que la mejor poesía no solo está en los libros; y es ya irrelevante si Dylan no recogió el premio o su largo e insondable silencio al darse la noticia, pues esto entra en otro nivel de análisis. Las razones por las cuales le ha sido dado este galardón inalienable son válidas. Celebro a Bob Dylan, poeta y músico, compositor de canciones, que sabe, y en muchas ocasiones ha demostrado, que ser absolutamente moderno a veces es volver a lo más antiguo y expresarlo de una manera auténtica en el presente.


¿Lo sientes (amigo escritor), lo escuchas? Algo pasa aquí y no sabes qué es, pero, no lo pienses dos veces, todo está bien.
En la voz del poeta: deseo que seas siempre joven.

20 de octubre, 2016

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