Si quieres saber quién soy ahora

Intercity 595. Mestre a Roma, directo. Standard Super Economy Adult, vagón 4, asiento 43.
La pareja de norteamericanos se esfuerza en capturar lo que pasa velozmente por la ventanilla. Viñedos, puentes, extensiones interminables de paneles fotovoltaicos, castillos medievales sobre colinas prehistóricas, lagos donde el tren se refleja como si desnudo bajara la escalera de Duchamp. Cada uno levanta su poderosa y sofisticada cámara. Cada uno se concentra en un objetivo escurridizo y distinto. Ambos putean cuando un túnel imprevisto oculta todo tras un negro telón.

Ante la súbita desaparición momentánea, trato de continuar en mi mente ese paisaje que me ha tocado ver desde esta posición en el compartimiento, a un lado del desolado pasillo. Estoy tratando, y tal vez los norteamericanos también (quizás ellos lo han logrado), pero en el intento me he acordado de una carta que Pavese le envió a Fernanda Pivano, en junio de 1942, en la que el escritor piamontés le dice a su amiga que describir paisajes es cretino, porque les resta vida y dejan de ser míticos.

Y es que, hablando de Cesare Pavese, me he propuesto en el transcurso de las cinco horas y media que se estima durará mi viaje, leer los Diálogos con Leucó (1947), libro que el propio Pavese, en una entrada de sus diarios reunidos El oficio de vivir (1952), definió como “un coloquio entre lo divino y lo humano”. “Aquí nos hemos contentado con servirnos de mitos helénicos en razón del disculpable auge popular de estos mitos, de su inmediata y tradicional aceptación.” Leo en el prefacio, justo en el instante en que el paisaje reaparece y los norteamericanos, tras una rápida selfie, retoman la ventanilla. “Sabemos que la más segura y rápida manera de asombrarnos es clavar la mirada –imperturbables- siempre en el mismo objeto. Un buen día nos parecerá –milagrosamente- que a este objeto nunca lo habíamos visto antes.”

Paso la página, y sin haber probado una sola línea, me es inevitable no saltarme La nube, el primero de los veintisiete diálogos que componen el libro. No solo La nube; también La quimera, Los ciegos, Las yeguas… corriendo como si el tren ya ingresara en los andenes de Termini y yo tuviera que desalojar, voy directo al sexto de los diálogos, La fiera, ese que Pavese, tres días antes de morir, le pide releer a su amigo y primer biógrafo Davide Lajolo, en una carta fechada el 25 de agosto de 1950: “Desde hace muchos años no pensaba más en estas cosas, escribía. ¡Ahora no escribiré más! Con la misma testarudez, con la misma estoica voluntad que tienen las Langas, haré mi viaje en el reino de los muertos. Si quieres saber quien soy ahora, vuelve a leer La fiera en los Diálogos con Leucó.”

“También es sabido que cuando uno no duerme quisiera dormir y pasa a la historia como el eterno soñador”, dice Pavese en la breve introducción que precede al diálogo entre Endimión y el Extranjero. De reojo, miro a los norteamericanos acomodarse en sus respectivos asientos. Sus movimientos son increíblemente coordinados, como si ensayaran una disciplinada coreografía de relajación. Según parece, han encontrado la posición para la siesta. Mientras los veo sumirse en el sueño americano, leo que Endimión le cuenta al Extranjero que, tras haberse despertado bajo la luna, ve que se le acerca envuelta en una túnica que “no le llegaba a las rodillas”, y esbozando una sonrisa increíble y mortal, la “magra muchacha salvaje”, la fiera, le dice: “Tú no deberás despertarte jamás”.

Como la gran Alejandra Pizarnik, Pavese anuncia en sus líneas, y casi rozando una tremenda literalidad, el punto final a su declive. Como si cada obra constituyese una parte del mapa que lleva hacia el ocaso, o un impulso para dar el Gran salto hasta el fondo de sus adorados infiernos. O incluso más allá: como si a medida que fueran escribiendo, algo paulatinamente les absorbiera vida, y ya dicha toda la sangre, abandonaran su cuerpo para poseer el de sus libros. Y esto, que como diría Borges, si no es verdadero como hecho, tal vez lo sea como símbolo, parece consumarse en la última escena del escritor piamontés, cuando, en una pieza de hotel en Turín, la madrugada del 27 de agosto de 1950, obedece a La fiera e ingiere, al igual que Pizarnik, somníferos hasta dormirse para siempre. Había llevado consigo un ejemplar de Diálogos con Leucó. El mismo libro que ahora tengo en mis manos fue hallado a su lado, en la mesita de luz, abierto, mostrando algunas de sus más de cien páginas.

Mientras escribo estas notas en mi libreta, y mientras veo a los norteamericanos desperezarse y levantar sus poderosas y sofisticadas cámaras, ha venido a mí como un relámpago provocador esa frase de Pavese a Lajolo: “Si quieres saber quién soy ahora…” Si quieren saber quien soy ahora, soy solo un vulgar turista que se ha propuesto, en el tiempo que se estima durará su viaje, leer los Diálogos con Leucó, de Cesare Pavese. A bordo del Intercity 595. Mestre a Roma, directo. Standard Super Economy Adult, vagón 4, asiento 43.

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