Azogue Suite, de Armando Salgado.

I

Manicomio: Zygmunt

Azufre. Es espesor de la tierra en la acidez del vitriolo. Cunde en las carnes que hierven bajo los tábanos; crece en las uñas más allá de la muerte. Hay azufre en el interior del relámpago.
Antonio Gamoneda

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Bauman. No hay hielo que no consuman las palomas: están recostadas en mi espalda esperando la matriz del arroz, o el dardo azaroso que las perfore. Saben de la bahía triste donde atracan los muertos. Alejan su brújula de esa dirección. No inhalan, no escupen, no maldicen. Pero están preocupadas. El alimento que brota de las plazas pronto tendrá la marca de un terremoto. Sabrán que el hielo es la única forma de escurrirse sin la transgénica mierda que les ofrendarán por comida. Necesitan huir pero nadie lo sabe. Unas cuantas preferirán caer bajo las llantas de algún vehículo, otras cruzarán la dirección de una bala. Son ellas las que atracan en esta bahía.

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Sé que fumas para sentir en tus pulmones un instante de escape. En las raíces de tus árboles —debajo del pecho— edificas los laberintos de la respiración. En tu oído sintonizas pájaros que no preguntan por la frontera del vuelo ni por los límites del amanecer. Ellos niegan que exista alguna extensión territorial para las alas. Poseen un lenguaje que habita los nidos y las corrientes turbulentas de la vida. No tienen una patria fija porque no conocen otro terruño más que la casa propia: el viento. No inquieren ni asesinan por una identidad desechable. Abren la voz de la tierra y en ella siembran no zapatos, pero sí un rollo incandescente con el mapa que revela este calabozo. Los pájaros son salvavidas para el pensamiento. Quien se ahoga jaló del gatillo antes de verlos llegar.

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Tu voz, Zygmunt, recorrerá aldea tras pueblo y se dirá que todos somos hermanos. Lo piensas a diario al cruzar tus pulmones con la nicotina y tu pipa de aluminio. ¿Pero qué pasará el día que los dejes? Todos querrán saber quiénes son. Fundarán un rostro para sentirse protegidos. Al final de la jornada —cuando no existan los periódicos ni los días— reconocerán que no hay molde para ocultar esta soledad.

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La ciudad apesta, Bauman. ¿Miraste los anillos de circunvalación?; te desvían las ganas y duermen tu nuca: el aire le tiene hormigas para quitarnos el apetito del pulso cardíaco y así tirarnos en la banqueta donde nunca te levanten del vómito. En este lugar mi pantalón tiene el óxido de los callejones. Los edificios corren por mis venas como vehículos de asfalto. Agito mis pies, tiemblan. Tengo un terremoto en las rodillas. Dan ganas de cortármelo y con su filo darle un cristalazo a mis muñecas. Si son fuertes no caerán al suelo. No serán dos putas que desmayen. No. No es así. Los escombros y el miedo escurren por mis brazos.

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Anoche me soñé en la calle Primera. Había letreros de alquiler en las puertas de los grandes hoteles. Todo era borroso como la niebla que tiene un cementerio. Llegué al hostal. El pasillo estaba cubierto de ojos, vulvas y tornillos. La recepcionista era Kristen Stewart y como siempre tenía cara de ramera recién contratada. Recuerdo el número de tu habitación: 68. El letrero sobre la puerta confirma que prefieres la soledad de un hotel barato. Sé que odias los pechos grandes que tiene esta ciudad. Toqué la puerta. Salimos al malecón y hablaste durante horas y barcos. Decías que todo es rentable y lo que no, sufre las consecuencias de una cirugía plástica. También gritabas que la apariencia se viste de gente. Pero lo que más me rompe fue el grito antes de lanzarte contra los riscos: somos una simple habitación en este hotel abandonado.

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¿Dices que es cosa de leer a Stephanie Meyer? El sistema educativo de México es diferente al polaco. Lo sabes. Por ello te justificas con libros que nunca leerás. Aquí no les mentamos la madre a los judíos, ni sentimos aberración por los negros, ni nos matamos a la salida de la cárcel —teóricamente—. ¿Qué dices?, no lo creo, nadie juzgará que un sociólogo increpe contra el Estado —por las ideas metapositivistas que éste edifica en cada ladrillo de oro—. Te juzgarán loco, neomarxista, otro intelectual. No más. Se les dificultará pronunciar tu nombre y nunca leerán los libros que has escrito. Quizá te buscarán en Google. Sabrán que no tienes país, ni Facebook; que eres judío y que has leído a Borges. No recordarán quién eres al escuchar tu voz. Reconoces que la introspección está en peligro de extinción y sólo echarán de menos esa costumbre de escudriñar sus teléfonos —negando sentirse solos— para saber si alguien los necesita o para sentirse queridos con este amor que dura lo mismo que un instantáneo mensaje de texto.

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Tienes ojos de vodka vidriados por el alcohol si no salimos a separar a los perros que se dan en la madre a raja dientes. Sé que no modificaremos el mundo pero lograremos que esos dos cabrones —peleadores de perros— dejen de vender droga en la colonia. Así los vecinos tendrán un poco de valor —que mucho les falta—. No inclinarán el rostro y no dejarán que cualquier pendejo insulte a sus esposas, ni en el mercado, ni en la calle o cada vez que recojan a los niños en la escuela. Sus hijos les tendrán respeto y se llenarán de fuerza. Se defenderán de aquellos hijos de puta que los extorsionan quitándoles el dinero o las cosas tan preciadas. Las vírgenes no serán la excepción. No dejarán que toquen sus piernas ni consentirán a los patanes. Enfrentarán el acoso del profesor de inglés. No permitirán los insultos de la maestra de biología cada vez que pregunten por las enfermedades de transmisión sexual. Sin remordimiento alguno sabrán lo qué es un orgasmo. Es tarde, Bauman, los perros han muerto. Vamos a enterrarlos antes de que el sol nos apeste.

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 Sembré un papalote, una brújula y un poco de viento en una maceta. Comprendo tu curiosidad, Bauman. Literalmente lo hice, no es broma ni brujería. Antes de dormir saldré al solar de la casa, contemplaré la noche, buscaré luna llena. Al despertar sentiré su cuerpo junto al mío, será un instante de calor bajo las sábanas. Volveré a la eternidad y su recuerdo. No estoy loco. Locura es confirmar los vacíos de la muerte. Vivimos en un plano de energías donde escribir es tejer con azufre las reminiscencias de una vida pasada. Necesito del té que sabes preparar, llevo despierto nueve días, no he visto estrellas y ya confundo luna con sol.

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En estos días no pienso ir al mar. Las playas vírgenes. Se escucha el silencio en la arena sin el bullicio de los turistas. Prefiero el calor del trópico que pensar en el frío de Siberia o en algún iceberg. En el camino podrías visitar Ostula y de regreso el campamento en Cherán. Si te encontraras con Antonio Gamoneda podrías entregarle esta carta, hace tiempo que no sé de él. Dile que esta orilla azul puede contener el eco de nuestros antepasados y la raíz del Pacífico. Pregúntale si la inspiración yace en el fondo del mar. Quizás por esa razón hay quienes no logran dirigir un pueblo.

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Por fin descansarás. Ya publicarás otros libros. Vayamos a la panadería, es bueno respirar el aroma del pan recién hecho e ignorar las partículas de cloro que la harina tiene. Destapa las botellas de vino, probando a sorbos el horizonte nos beberemos la tarde. No tardan en abrir. Olvidemos el hedor de las coladeras. Acerca el cielo, una pizca de tranquilidad nos caerá bien. Abre una lata de atún, su conservador petrificará este momento. ¿Recuerdas a tus padres?, siempre han dado lo mejor. Compraban el pan más sabroso. Bauman, ¿podrías preparar kulebiak de salmón para la cena? Cierto, mejor un trago de lúpulo y una hogaza de pan. ¿Has probado la corteza del insomnio? Vámonos querido amigo, hoy no abrirán este horno. Otra noche probarás el pan de los muertos.

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