Cómo se pasa la vida: “Qué si el feisbuc, qué si lo otro…”

Hugo Montaño 0 comentarios

Mi experiencia con los medios electrónicos no son tan lejanas… o quizá sí. A mediados de los noventa (de un siglo que ya no existe) me inscribí en el área de auto acceso de la Biblioteca Central Universitaria. Las máquinas eran IBM, pantalla oscura, caracteres en color naranja y sistema operativo “eme ese dos”. No me fue bien en ese tiempo, porque debía ingresar comandos que olvidaba de manera regular.

En la Facultad de Humanidades se creó una sala de cómputo con máquinas del mismo tipo, a donde íbamos para capacitarnos en el manejo del mentado “eme ese dos”, y de paso realizar alguna que otra tarea. Pero un hombre antiguo como yo prefería la máquina mecánica de la biblioteca (Olympia), un verdadero armatoste.

Cargaba discos de “tres y medio” donde guardaba mis textos. ¿Y por qué, si prefería las viejas máquinas de escribir? Sencillo, porque así practicaba en clase de cómputo. Primero escribía a mano, luego en la máquina mecánica, y por último en la computadora. Después el querido Armando Altamira nos animó a escribir e imprimir una revista que llevó por título “In-Tentaciones”. Circularon varios ejemplares que se imprimían en un lado, se armaban en otro y se distribuían dentro de la facultad. En algún sitio se encuentran esos verdaderos intentos no sólo de mostrar que pudimos usar el “eme ese dos”, sino que publicamos escritos propios.

Cuando Microsoft lanzó Windows, lo que para muchos fue una chingonería, para mí fue un golpe bajo. Debía de aprender otra vez a usar un sistema operativo, así que me refugié de nuevo en los armatostes de la biblioteca, al arrullo de las teclas y la campanilla al final de la línea anunciando el cambio de renglón. Pero la verdad era que no contaba con una computadora en casa “para practicar”, solo mi vieja Olivetti, que me acompañaba desde la secundaria. Fue hasta el año dos mil que adquirí una computadora “ensamblada”, gracias a una tanda.

La manía siguió conmigo: escribir en cuaderno, transcribir en la Olimpia / Olivetti y después en la computadora. A la inversa habría sido interesante. ¿Y para qué tenía una computadora? Para “chatear” en el LatinChat, y para jugar ajedrez. También para jugar cartas, buscaminas y dibujar en “pintura de poder”. Pronto el LatinChat se volvió un infierno, ya no se podía “chatear” a gusto. Un amigo me propuso “encontrarnos” en la página del Tigre Toño, donde había un chat que nadie… de verdad, nadie usaba. Después vino el messenger de hotmail, donde perdí buena parte de mi vida. Un día noté que cada vez eran menos los amigos conectados en el chat, hasta que uno de ellos me dijo: “La mayoría se está mudando al ‘feisbuc’, primito”. Y sí, también terminé mudándome.

La primera vez que me fui del feisbuc fue por aburrimiento. Emilio me aconsejó entonces refugiarme en el mundo blogger. Fue lo más cercano para dejar la máquina mecánica, y utilizar el internet en algo que yo mismo fuera construyendo. En el feisbuc no se construye nada, al contrario, se destruye, se escandaliza, se ruboriza, se burla, se engaña. Repiten y repiten cosas ajenas y pocas veces aportan algo personal. Buscan publicar lo más “original”, lo “diferente” intentando, imagino, mostrar a los otros que ellos no son del montón…pero lo son. Hay honrosas excepciones, pero es lo menos. Si regresé fue por consejo de un ex jefe, que argumentó la utilidad del mismo para publicitar, por ejemplo, mis blogs. Así lo hice durante tres años.

La segunda vez me fui por amargado. Me cansé de las viudas del feisbuc, y de que Mark Zuckerberg no habilite un botón que diga “me vale &?#(/&%” (ya mandé mi carta). La primer razón es sencilla de explicar, y a su vez explica mi amargura. Imagine muere un destacado personaje, del ámbito que guste. Uno de mis casi dos mil “amiguis” del feis publica la noticia, y comenta la pena y el dolor que siente por la muerte de ese personaje, que lo va a extrañar porque siempre estuvo ligado a él (de alguna manera). Aparece otro de mis “amiguis” y le responde que lamenta mucho “su pérdida”, y le manda sentidos pésames. El aludido contesta “gracias, amigo”, y ¡paf! automáticamente se transforma en la viuda o viudo del personaje. Pues eso terminó de convencerme, y me marché.

Yo soy del montón de los que ya no tiene feisbuc, aunque sí blogs, “tuiter” y correo electrónico. Nada más. Ya alguien me aconsejó “meter” el contenido de los seis blogs en una página; estoy aprendiendo a construir una. Ya no uso máquina mecánica porque la perdí en una guerra, y en las bibliotecas las han cambiado por ordenadores. He logrado escribir en papel y después en computadora. Y sí, como usted bien lo piensa, soy un amargado…o lo que usted quiera.

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