El arte de los espejos

Mikel Ruiz 0 comentarios

Bajo la pálida sombra de Mozart de Alejandro Aldana

No recuerdo exactamente cuándo ni cuál fue el interés que me llevó a leer la novela de Alejandro Aldana, pero sí de que al comenzar no tuve motivos para soltarla, sino hasta llegar a la última página. Fabián Casas, uno de los ensayistas argentinos más ingeniosos en la actualidad, afirma en su libro La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún que para escribir una novela hay que ir a vivir a ella. Y esta sentencia, me parece a mí, aplica lo mismo al leer Bajo la pálida sombra de Mozart. Quiero decir que cuando leí la obra, una de las experiencias más interesantes logradas por la ficción y, por ende, por la habilidad narrativa de Aldana Sellschopp, es sentir ese movimiento espacio temporal a la historia que se lee.

Pero antes aprovecho para aclarar, quizá para mí mismo, algunos datos básicos y no menos interesantes. La historia que trata la novela de Aldana lleva nuestra imaginación a un salto de época de un personaje, por demás conocido como un genio de la música, el gran Amadeus Mozart. La novela se desarrolla a finales del siglo XVIII, en el reinado de Leopoldo II, en la hoy conocida Alemania. Si bien la obra ofrece temas y discusiones de varia índole, desde la política al arte, por mencionar uno, dado que alude el tiempo de la Ilustración y todo lo que esto conlleva a la parte filosófica, me limitaré a comentar tres características del por qué dicha novela merece un espacio especial en nuestra biblioteca y, desde luego, varias tazas de café, copas de vino o vasos de cerveza como acompañantes para disfrutar esta lectura.

I. EL ARTE DEL SPINING
En primer lugar, el título ya nos sugiere para dónde va la cosa. Pero esto no es así de sencillo, en realidad, al iniciar la lectura nos damos cuenta que el personaje no es Mozart, el músico, sino Alexander Diestel, un joven burgués que busca conocer al genio, quien lo ha apoyado a través de un donativo en secreto para que el Amadeus pueda seguir componiendo. Como buena trama, en el primer capítulo el narrador nos atrapa con su anzuelo por la fluidez del lenguaje, el encanto por la musicalidad y por las imágenes visuales bien logradas, “el lento caer de los copos de nieve sobre los emblanquecidos jardines, estatuas de mármol esculpiéndose en el tiempo y la soledad de la noche, muerte en piedra, leve sonido de flauta que se sueña”.

Desde el inicio de la lectura presenciamos el accidente de un carruaje en el que el personaje principal, Alexander Diestel, al bajar se encuentra con unos Hombres de negro que, sorpresivamente, le enuncian que lo estaban esperando. A partir de este recurso del misterio el lector entra en el juego del escritor, seguir la narración para alcanzar el momento en que el personaje enfrente su destino. Es decir, esta escena cinematográfica funciona como carnada y, como peces, vamos detrás del anzuelo.

¿Para dónde va pues la novela si el personaje no es Mozart? Me detengo un momento para reflexionar mi pregunta. Estamos en un plano narrativo en donde el personaje, Diestel, cree dominar su vida y, convencido de su osadía, pretende desvelar el secreto escondido en la música del genio. El encuentro de Alexander con los Hombres de negro no ocurre por casualidad. Hay un orden, y una orden, que el curso de su vida debe seguir. Recordaré de paso que el personaje no es Mozart, pero sí el objetivo de Alexander, llegar a él. Por lo tanto, los tipos de negro que aparecen de repente ante el personaje funcionan como el spining, ese arte de lanzar el anzuelo, un recurso para atrapar ya no al lector sino al mismo personaje, ya que Alexander no busca conocer a Mozart como cualquier fan que persigue a su artista favorito para obtener su autógrafo o alguna información sobre su genio artístico, sino sobre su capacidad de ocultar una Verdad, con V mayúscula. A través de Alexander vemos a un Mozart, más allá de su genio musical, como un Mago de la Logia Masónica, “estaba convencido de que los misterios develados por los maestros eran los que enriquecían y daban esa profundidad de espíritu que Amadeus componía y ejecutaba”. Este es pues un artificio que el narrador utiliza para atraer al lector, hacerlo caminar detrás del personaje, en la búsqueda conjunta del origen del genio, de Mozart como Mago. Y, como si esta inquietud fuera poco, también observamos varios hechos que van haciendo coincidir la vida de ambos, es decir, entre Alexander y Mozart. Este juego de los espejos, literariamente hablando, hace que el lector elucubre sobre el desdoblamiento de la vida de cada personaje. Al grado de que la identidad de ambos se va transponiendo en el trascurso de la historia, aunque sabemos que cada uno provienen de lugares distintos. Además, el personaje principal no tiene habilidades musicales. Esto nos aparta un poco de Mozart para seguir a Alexander que se va aproximando poco a poco hacia él mediante Brigitte, un espejo de Contanze, la esposa de Amadeus.

II. EL RECURSO DE LA MÚSICA
Advierto que no soy especialista en la música clásica, por lo que no hablaré de partituras ni notas. Pero sí la abordaré como recurso de la novela, es decir, el papel que la música del mismo Mozart desempeña en la historia que teje el autor. Cabe aclarar que si bien la fluidez y el ritmo impresionan por su musicalidad en la narración, sí es necesario que el lector tenga una noción sobre la música de Mozart, en especial de La Flauta mágica y, por ultimo, del Réquiem, dos piezas que cumplen una función fundamental tanto en la vida de los dos personajes, Alexander y Amadeus, como en la propia estructura de la novela.

El autor, aparte de la narración, intercala cartas y fragmentos de las dos obras mencionadas al inicio de cada capítulo. Estos fragmentos forman parte de un hilo conductor, incluso narrativo. Pero nada está por puro capricho, es un recurso estético que sirve para hacer que todo confluya a un destino. Por ejemplo, La flauta mágica es la ópera causante de que Mozart sea castigado por la Hermandad, la Logia masónica al que pertenece, porque en ella el genio ha incurrido a una falta, la revelación de la Verdad, el secreto de los masones europeos, el arte de la cábala. Borges y Pitágoras: la verdad oculta en el número, el Supremo Creador convertido en un número. En este sentido, La flauta mágica no solamente cuenta una leyenda, sino el secreto que por mucho tiempo fue guardado y custodiado por los 18 integrantes de la Hermandad, el número 9, tres veces tres. Este acto de revelar un misterio en la ópera, un secreto que el mismo Amadeus debía callar, la Verdad buscada por Alexander Diestel, hace que ambos personajes, buscador y buscado, merezcan un castigo. El número, o la coincidencia del signo, será, por lo tanto, lo que hace que los dos vivan la misma suerte. De esta manera, el Réquiem cumple la función de unir las dos vidas a mismo destino, siendo la composición musical un anuncio del castigo que recibirían ambos.

Como esto no es análisis literario dejaré aquí mi comentario sobre las cartas y la música ya que, seguramente, quien está leyendo este texto conozca de sobra la obra famosa de Mozart, La flauta Mágica, en especial, incluso quien ya habrá leído la novela de Aldana, quien además cuenta entre su bibliografía La flauta mágica de Papageno, ópera rock para niños y no tan niños, según recuerdo reza en el subtítulo.

III. EL ARTE DE LOS ESPEJOS
Por otro lado, y como tercera característica de la novela que, en lo personal, me llama mucho la atención, se trata de que la lectura de la obra es como presenciar una ópera del propio Mozart. Desde mi propia experiencia como lector, la novela nos hace partícipes de la La flauta mágica. La lectura como una forma de llegar a una clave de la humanidad, la composición como una forma de ocultar y revelar el conocimiento al mismo tiempo. El arte como luz y sombra.

Leer para llegar al misterio de un genio, a soltarse en cada arpegio, en la novela como partitura que, a decir de Umberto Eco, participamos en la magia de la ficción, en el mundo de la historia narrada como un hecho que verdaderamente haya sucedido porque, finalmente, como menciona Fabián Casas, el mundo de la ficción se vuelve un complemento de nuestro mundo real, la novela como un sueño vívido y continuo, como sucede a la viceversa, ese mundo ficticio no puede existir si no es complementado por el mundo real, el mundo del lector.

Así pues, ópera y novela, Brigitte y Constanze, Alexander y Mozart se desdoblan en la historia para caminar detrás de la sombra del genio, con una trama magistralmente estructurada, de la mano de un hábil narrador, originario de Chiapas, también llamado Alejandro Aldana Sellschopp.

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