Crónica de un delator (o proemio en seis brevísimos actos)

—¡Son puros cuentos la existencia de ese tal José! ¿Alguien de ustedes lo conoce acaso? —Formula el que preside la reunión.

Todos los reunidos se ven entre sí, hasta que el Pintor asiste a preguntar —¿Por habladas, físicamente o por su escritura?

—¡Cómo sea… pero hay que localizarlo!

—¿Qué hizo, para que nos convoquen a esta reunión… a de ser algo grave?

—Yo sólo sé que cayó un aeroplano en su casa. Comenta el Periodista.

El Crítico literario observa con ojos inteligentes a los demás miembros, de vez en cuando hace anotaciones en una hoja en blanco, para continuar en su posición inmutable de pensador, con una mano en la barbilla y con la otra oscilando una pluma con movimientos imperceptibles.

—Publicó el libro “De amor y de mar”… ahí están las huellas digitales de lo que piensa… podríamos comenzar dibujando su cerebro. –Comenta el Cronista mostrando la edición como evidencia, para luego proceder a leer un cuento del mismo.

Al término de la lectura, el Pintor se levanta de la mesa para dirigirse a una pizarra de vinilo e iniciar sus trazos.

—¿Y eso qué es…? –Algo confuso pregunta uno de ellos.

—Un cerebro en plenitud creativa… escribiendo, pues. —Contesta el Pintor, mientras que acepta en su interior que el dibujo no ofrece dato alguno para localizar al tal José, por ello lo borra con la palma de la mano, para ofrecerles otro boceto.

—Sí… ése es su cerebro… refleja la inteligencia de su corazón. Ahora hay que ponerle cabeza. —Asiste el Cronista con cierta satisfacción.

—Pero es una cabeza común, no me dice nada… el tal José debe de tener algo especial, por todas las historias que inventa. —Interviene nuevamente el Cronista.

Participa el Periodista, al momento que saca un manuscrito de un sobre, para asegurar en voz queda, a fin de que no sea escuchado más allá de los concurrentes —Tengo material muy valioso y confidencial del tal José… no me pregunten dónde lo conseguí, porque mi informante es alguien muy cercano al tal José, y él no es traidor ni cizañero, sino sólo comunicativo…y lo que me entregó vale oro, son los cuentos de su nuevo libro: Muerto de rabia; Los cinco huesitos; El destino que cayó del cielo; Éxodo; La chocolatera; Doña María, la “Maestra”; Error de cálculo; ¿y dónde quedó el peso?; Gumaro; Y se le apagó la luz; y Lesvia y Primitivo.

Una sonrisa de complicidad asalta el rostro del Crítico literario, quien inicia a leer con suma atención los manuscritos expuestos. El Pintor, aún de pie frente a la pizarra, resuelve otro dibujo con los nuevos datos.

—No… ése no es… imposible… es un hombre de corazón limpio, así lo delatan sus escritos… un poeta no puede ser una mala persona –El Cronista dirigiéndose al Pintor.

—Pero la víbora no es porque sea ponzoñosa la palabra escrita del tal José, sino por la rapidez y efectividad como narra… cómo es difícil de esbozarlo, si se tratara de hacerle un dibujo hablado al Periodista, lo haría de manera simple, sería una persona enroscada por una boa… por el tamaño de su lengua.

—Ja, ja, ja, ja. —Se escucha a todo pulmón las carcajadas, como único acuerdo de júbilo unánime entre los asistentes, celebrando la ocurrencia del Pintor, que ahora presenta otro diseño.

La última intervención en que se le vio participar al Crítico literario, fue en una boda, donde como padrino presidió el brindis, en esa ocasión ofreció a todos los concurrentes una docta conferencia sobre el amor, en que disertó su devenir histórico y epistemológico desde Propercio hasta Octavio Paz, sin parpadeo alguno duró dos horas la espléndida plática en la que adormeció a todos los invitados.

En esta reunión sólo falta la opinión determinante del Crítico literario, quien hace uso de ella para articular un dilatado dictamen definitivo, contundente —Guardo algo de complicidad con el susodicho, puesto que es alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre las personas; que se entrega a ambos, aunque depositando más confianza en las palabras; que destrona a éstas de sus sitiales para entronizarlas luego con mayor aplomo; que las palpa e interroga; que las acaricia, lija, pule y pinta, y que después de todas esas libertades íntimas es incluso capaz de ocultarse por respeto a ellas. Y si bien a veces puede parecer un malhechor para con las palabras, lo cierto es que comete sus fechorías por amor.

Si bien el cuento es un género literario que en Latinoamérica ha proliferado bajo la modalidad de escritura inaugurada por Edgar Alan Poe, Maupassant, Chekhov y Kipling. Pero a lo largo del siglo XX esa forma se ha pervertido y apareció una nueva tradición en la cual ya no importó el artificio del final impactante o sorprendente, sino contar y mostrar una porción de un mundo, real o imaginario, tensionado por unos personajes y situaciones particulares.

En ese modo del cuento (más flexible a los desvíos) el acento se puso en otro lado: en la atmósfera, en el transcurso, en la cotidianidad del relato y en el espacio-tiempo donde unos seres cometen o están a punto de cometer algo, o quizá no, les está por suceder algo o ya les sucedió. Y lo único que queda es contar, sin que importe que el final sea o no sorprendente o cause un efecto. Contar, nada más.

Diversos son los aciertos literarios que ofrece el manuscrito que me otorgó el Periodista, entre ellos está el manejo del espacio, demostrando que el espacio es uno de los elementos fundamentales de la estructura narrativa. No existe una expresión literaria que no configure una determinada visión espacial del mundo. El espacio es mucho más que el mero soporte o el punto de referencia de la acción; es su auténtico propulsor. La perspectiva discursiva que asume el narrador en torno a este elemento responde a una intención ideológica. No son pocos los críticos literarios que utilizan el concepto del espacio para clasificar los textos narrativos y proponer criterios ideológicos. En Latinoamérica, existe una tradición de crítica literaria que valora los textos narrativos según categorías espaciales, innumerables estudios hablan de obras naturalistas, indigenistas, o ruralistas, como contrapuestas a las urbanas.

Este tal José, nos demuestra que en la resolución de un buen cuento no puede permitirse desfallecimientos ni tropezones. Y también sabe la necesidad de sortear los problemas inherentes a cualquier narración corta: la falta de matices, la parcialidad de sus indagaciones exploratorias, la apariencia de marionetas de sus personajes, el recurso a las soluciones fáciles de cocina rápida, la insipidez pasajera que huele a taller y a falta de talento. Pero el talento y el oficio poético del tal José, le permite salir avante en esta empresa escritural.

Importante es reconocer que los cuentos son reconocibles, no definibles. Tendremos que fiarnos de nuestra intuición de experimentados lectores con mucho mundo entre líneas.

La intención evidente de estos cuentos es, pues, la de representar muchas caras de la misma realidad, mostrando la realidad ciudadana y civilizada en relación con lo rural. El ejemplo de sus modelos literarios y la ya adquirida espontaneidad de su estilo lo llevan a estructurar sus cuentos sin una aparente cronología de los acontecimientos. Al mismo tiempo, aunque esta técnica narrativa es el fruto natural de una contaminación artística, él es perfectamente consciente del objetivo y del sentido de su estilo narrativo: querer mostrar una sociedad en todas sus facetas. Siento que a él le interesa presentar una historia y exponerla dentro de un mundo social, y no simplemente contar una historia extrapolándola de su contexto.

Pero el rasgo más notorio y distintivo, para poder localizar al prófugo del tal José, está en que es capaz de contener un mundo en sus cuentos, tal como escribió Odiseo Elytis: “El mundo entero brilla como una gota de agua”.

El Pintor, hace un retrato al óleo con la firmeza de la certidumbre, y con la diáfana limpieza en sus trazos, mide distancias, puntos de fuga y proporciones del implicado que convocó a la reunión, y sin más comenta —Por todo lo que han dicho, infiero con toda certeza que el tal José… es éste, sin duda alguna…

0 Comentarios

¿Qué opinas?