Sandy, aunque te cueste un poco

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Los buenos amigos, dicen por ahí, son esos ángeles que te demuestran apoyo incondicional en las buenas y en las malas. Son luces en el boulevard de la vida, velas para que la embarcación que lleva nuestro nombre, nuestro rostro, nuestra forma de reír, no se pierda en altamar. Dicen.

El problema con mis amistades, y con esto quiero decir que MI PROBLEMA con mis amistades radica en la imposibilidad que tengo para elegirlas. No lo sé, supongo que hay un espacio dentro de mi inconsciente, una zona sucia, apestosa, oscura y maldita, que me hace elegir invariablemente a pura gente hija de la chingada para portar la bandera de mi confianza. Todo esto lo aprendí en junio de hace 7 años, durante un viaje a Acapulco, en el que el pretexto principal era asistir a un congreso sobre programación aplicada a los nuevos modelos industriales. Por supuesto la idea de ir a visitar la playa y ver a mujeres en traje de baño era mucho más atractiva que ver a hombres gordos sudados, adictos al hentai, hablando sobre lenguaje de programación. El desiderátum era claro: Ir a la playa, tomar, hacer tonterías, salir a bares, llevar unas extranjeras al hotel y por la mañana ir al congreso para poder descansar plácidamente durante las ponencias. Corría el año 2010, y la vida no era tan complicada como es ahora.

El viaje fue largo, cansado y castrante para quien quisiera dormir. Desconozco cómo sea en otros lugares, pero donde vivo, con los amigos que yo tengo, dormir en un viaje escolar es una señal inequivoca de flaqueza, y la debilidad se paga caro. El primero y único en caer fue Carlos “el pollo”, y su castigo fue ejemplar: le dibujaron con plumón una verga enorme que nacía del cuello de su playera y le llegaba a escasos centímetros de su boca. Claro que nadie dijo nada porque no hay poder humano de redima a los soplones, y el código de ética humana (en ese camión) impedía una vileza de ese tamaño. Dieciocho lapidantes horas cayeron sobre nosotros durante ese viaje, nadie quería despertar de una cachetada o con una serie de ilustraciones fálicas en la cara. Para hacer más ameno el viaje comenzamos a platicar acerca de la delincuencia organizada y del narco que hay en dicha zona costera (días antes encontraron a cuerpos decapitados en una de las avenidas más concurridas de la ciudad) lo que llamabamos Acapulco, en cuestión de una hora de charla se volvió “Acapulpunk”, ya no estabamos seguros de ir a ningún lado que no sea el hotel, y la idea de salir con veinte extranjeras cada uno se habían ido a la chingada. Plan B: embriagarnos y evitar ir a lugares en donde no hubiese menos de docientas personas. Las caras se alargaron y tomaron la invariable forma de la decepción, esa mueca horrible que hace juego con la miseria. Paco, el cristiano del viaje, era la gran excepción: él se veía contento, sonriente y había algo en su mirada, que años después identifiqué como ilusión, Paco con su mirada inocente contrastaba con el aire pesaroso del lugar. Cuando llegamos al hotel, a eso de las once de la mañana, decidimos ponerle pausa a nuestro calvario: por votación unánime se llegó al acuerdo de dormir sin el temor de despertar con un “soy puto” en la frente.

Las horas pasaron y el descanso fue largo, hasta que el ruido seco de unos golpes en la puerta de nuestra habitación se hicieron presentes. “¡Salgan de ahí, hijos de su puta madre, vamos a echar fiesta!” nadie se movió “¡Ya dejen de masturbarse, salgamos por unas ‘nenuquis’ ¿o le sacan?” la misma respuesta: silencio. Los golpes aumentaron así como la fuerza con la que se dejaban caer sobre la puerta, hasta que Omar decidió ponerle fin al calvario, se levantó y abrió la puerta. La conversación se tornó rarísima desde el comienzo:

– ¿Paco? ¿Estás borracho? Güey, si tú no tomas…

– Eso te vale madres, ando bien periqueado, papá…

– No la chingues, Paco. Llegamos hace rato y tú ya andas bien puesto ¿No que muy cristiano?

– Pues sí, pero uno debe experimentar cosas nuevas y cheverísimas…

– ¿Cheverísimas? Pero de qué verga hablas, Paco ¿Qué es eso de Cheverísimas?

– Bueno, van a salir o se van a hacer pendejos…

– No wey, hoy no. Mañana yo creo, vamos a dormir un rato más…

– No manches mi chavo, están bien moles, si apenas es la una de la mañana…

– ¿La una? ¿No manches? ¿Moles? ¿Quién eres cabrón…?

– El que les va a pagar la peda si salimos en menos de cinco minutos de acá…

Entonces la conversación se volvió dulzona, e interesante.

– ¿La peda? ¿A dónde vamos?

– A un bar, algo tranquilo, levis, discre, algo a go go…

– Juega, pero con la condición de que dejes de decir esas mamadas… ya salimos.

No tardamos demasiado, nos pusimos los tenis, sacamos una playera y sobre los cuerpos sucios dejamos caer el aerosol que nos daría acceso a las piernas de unas extranjeras. Por mi cabeza pasó, por un brevísimo momento, la idea de que quizá esa noche conocería a la mujer con la que me quedaría por el resto de mi vida, quizá una Ucraniana o una Brasileña, alguien que estuviese trabajando en Acapulco en algo referente a la fauna marina o algo similar y que después de un día pesado de trabajo decidió salir con unas amigas a tomar unas copas, entonces se encontraría conmigo y le parecería atractivo: el típico prietito serio, con unos aires interesantes, que sale con unos amigos a beber unas cervezas y se regresa a su hotel; la idea no le parecería mala, entonces me coquetearía, yo le alzaría la copa y ella sonreiría, vendría a mi mesa, mis amigos me verían boquiabiertos y se irían a murmurar a un rincón mientras me ven con alegría y envidia, ella con un martini de manzana y yo con un pulque de guayaba: Todo perfecto. Sonreí en silencio, mientras me untaba gel para verme lo menos despeinado posible.

En este punto seré breve: El lugar que para Paco el cristiano era “tranquilo, levis, discre, a go go” era un bar llamado La Langosta feliz. Cuando llegamos el recibimiento fue un baile con desnudo incluído, de muchachas que eran clientas del lugar y que se cruzaron en una batalla de “atrevimiento” cuyo premio era una botella de Bacardí o Don Pedro, dependiendo de “la calidad de las carnitas” a palabras del animador. Paco comenzó a pedir cervezas y nosotros, Sergio, Omar, Rosendo y yo, comenzamos a mamar, como Romulo y Remo, de las tetas de nuestra cristiana y ahora drogadicta loba.

La madrugada se nos fue entre jarras de cervezas y cocteles de colores, las chicas -lejos, muy lejos, de lo esperado- nos veían con nuestras masculinas “medias de seda” brindando por Paco y su viaje iniciatico al mundo de la adicción y los excesos. En un momento de calma, cuando el bar estaba por cerrar y Omar se tomaba lo que le quedaba de su “sexo en la playa”, el cristiano derramó lágrimas.

– Amigos, me siento feliz de estar con ustedes. Les quiero confesar algo – dijo, haciendo un puchero apenas perceptible en su cara de inocencia – Jamás he visto el mar y me gustaría ver el amanecer con ustedes.

– Qué puto eres Paco, verdad de dios.

– No mames, Sergio, no seas cabrón. Paco ya puso la peda, debemos acompañarlo, no hay que ser mal agradecidos – dijo Omar arrastrando un poco la voz, chupando la cereza de su coctel de forma cadenciosa y con un ímpetu extraordinario.

Paco dijo que podíamos ir con unos lancheros y pedir que nos llevasen mar adentro “Yo creo que con 30 varos la armamos” Esa fue la sentencia. Caminamos por la playa, aún oscura, mientras escuchabamos el oleaje imponente, no supe si fue por la borrachera o el cansancio pero durante esa caminata de quince minutos a la orilla del mar Paco fue en silencio, con la mirada serena, contemplando las estrellas que comenzaban a ceder ante la luz del alba, faltaba poco para las seis de la mañana cuando encontramos a tres lanchas varadas. Fuimos directamente hacia una y notamos que dentro de la misma había un hombre acostado.

– Buenas, buenas… -habló Rosendo, despertando al hombre que dormía en la que supusimos era su lancha.

– Buenas jefe ¿En qué le puedo servir?

– Manito, queremos saber si haces viajecitos mar adentro para ver el amanecer…

– Sí jefe, nomás que esos viajes se hacen regularmente en pareja y en la tarde.

– Oye mano, pero es que queremos ver el amanecer desde el mar ¿Cuánto nos cobrarías?

– Pues si van los cinco, mil pesitos mi jefe

Nos vimos entre los cinco y pusimos cara de “no mames, este cabrón nos quiere bajar el cuero”.

– ¡Uy! pues ni pedo – dijo Paco

– ¿Cuánto traen pues, jefe?

– Traemos docientos pesos – dijo Paco guiñándonos un ojo.

– Jaja, pues es que está cañón por docientos pesos…- El hombre de la lancha se quitó la gorra y se rascó la cabeza, haciendo una mueca de resignación – Pues bueno, docientos pesos y un doce de chelas, jefesito, ando medio crudo y pues pa llevarla leve entre los seis que vamos a jalar ¿Qué le parece?

– Chingón, me parece. – Respondió de inmediato y con emoción Francisco.- Ahorita voy en chinga al oxxo paso la tarjeta y ya regreso.

– Pues vaya en chinga jefesito, porque ya mero amanece.

Paco se fue corriendo junto a Rosendo a buscar una tienda abierta. Creímos que las cosas no mejorarían, cuando a los quince minutos los dos atletas regresaban con un doce pack cada uno. “Vamonos, cabrones” gritó a lo lejos Rosendo. El lanchero, que quizá medía 1.90, se subió a la lancha igual de emocionado que nosotros cinco. Nos subimos cuando el cielo oscuro comenzaba a tornarse celeste.

Durante el trayecto, pude notar que el lanchero era blanco con la piel bronceada, signo inequívoco de las horas que pasaba bajo el sol ardiente de la playa; tenía una barba tupida que hacía juego con su cabello ondulado y castaño, su short no bastaba para cubrir sus piernas gruesas y la camiseta dejaba notar que no era ningún flacucho, tenía músculos que si bien no eran demasiado estéticos podían dormir para siempre a un cabrón incauto, de un chingadazo. Probablemente era un hippie que había renunciado a su vida de trotamundos y se había quedado en Acapulco para trabajar, o probablemente era hijo de algún amorío entre una Ucraniana o Brasileña con un prietito que se había hecho el interesante en una noche de copas “Mi hijo podría ser como este cabrón si pego chicle por acá” pensé. El motor disminuyó la potencia hasta apagarse, y acto seguido se escuchó una lata abrirse “Que role” dijo Sergio abriendo una tras otra las seis latas. Empezamos a beber y a charlar mientras veíamos el horizonte, ese espacio nítido en donde se une el agua y el cielo. Entonces Paco tomó la palabra nuevamente.

– Amigos, neta, este momento es sumamente especial para mí. No conocía el mar y ahora estoy con ustedes a punto de compartir una de las imágenes más hermosas de mi vida. Salud, cabrones, los quiero un chingo. – Dijo alzando su lata de cerveza.

Brindamos y el lanchero nos veía desde la parte trasera, a un lado del motor que impulsaba la embarcación.

– Hey carnal, ven, únete. También eres parte de esto. – Invitó Paco, a lo que el lanchero respondió acercándose con una sonrisa amplia. Se veía contento.

– Gracias jefesito, ‘ta bonito el lugar ¿No?

– Sí, está a toda madre. Estoy muy feliz, neta güeyes. Mira él es Omar, él es Sergio, este de acá es Rosendo, y por acá está Fabian, yo soy Francisco ¿Tú cómo te llamas, hermano?

– Yo soy Sandy.

Escupí la cerveza que tenía en la boca y la que estaba tragando salió por mi nariz. Comenzamos a reír.

– No mames, al chile güey ¿Cómo te llamas?

Al lanchero mamado se le borró la sonrisa, entonces entendimos que no jugaba.

-Sandy, aunque te cueste un poco, carnal…

Nos quedamos fríos.

– Perdón hermano, no pensamos que fuese en serio. Neta disculpa. Tu nombre está chido a comparación del mío “Rosendo” ¿Qué clase de padres le desmadran la vida a su criatura desde antes de nacer? Los míos, a huevo. – Dijo “chendo” intentando alivianar la tensión creada por nuestra falta de tacto.

– Sí, me dicen así, y bueno no son los primeros que se burlan, no se preocupen. Uno está acostumbrado a vivir con ciertas cosas, pero siempre me queda el mar. Aquí uno es nada. Allá en tierra todos se creen por encima de todos. ‘Ta jodido el desmadre allá.

Guardamos silencio sospechando que lo decía por nosotros y por la poca madre que tuvimos al reirnos. Estoy seguro de que en esos minutos aparte de mí los demás también sintieron culpa. Seguimos tomando, intentando cambiar la plática. Comenzamos a hablar de mujeres, del viaje, de lo rica que es la coctelería dulce. Brindis por Paco, Brindis por Sandy, Brindis por Rosendo, por llevarnos al mar a la fotografía más increíble de lo que hasta ese momento eran nuestras vidas. Un poco más borracho y con menos líbido, Paco tomó la palabra de nuevo.

– Oye Sandy y, la neta, ¿Cómo le haces cuando sales con una chica? No es mal plan, pero si le pregunto a alguien “Oye Carmen ¿Cómo se llama tu pareja?” y me responde que Sandy, la neta pienso en dos lesbianas tijereando machín.

– Pues es que no me llamo Sandy, cabrón. Así prefiero que me digan.

– ¿Cómo?

– Sandy no es mi nombre.

– Entonces ¿Cómo te llamas?

– Mi nombre es Sandalio.

– ¡Ah no mames! Sí está bien culero tu nombre, con razón. Imaginate, si te llevaras con Fabian segurito ya te hubiera clavado “el chancleto”.

Momento de tensión, comencé a sudar. Silencio incómodo nuevamente. Esta vez Sandy se acomodó y creímos que usaría la fuerza asesina de sus brazos para reventarle el rostro inocente a Francisco por andar de imprudente, pero no: se puso más cómodo y de la nada comenzó a reír. Todos un poco extrañados comenzamos a reír, inseguros de estar haciendo lo correcto “No mames paquito, neta estás bien pendejo. a otro ya le hubiese quebrado la madre” Reíamos pero también sabíamos que no estaba bromeando. La escena no se me borrará de la mente jamás. El cielo ya estaba celeste y los seis nos quedamos en silencio, esperando a que el sol se asomara en el horizonte azul. Un último brindis, esta vez en mutis…

…Pasaron unos minutos y el sol no salía…

– No mames, ya casi no hay chela

– Cállate y mira como la madre naturaleza nos besa con el calor del sol, en silencio, animal…

– Pero…

– Cállate…

… Otros cinco minutos. Entonces lo supe: un calor invasivo comenzó a hacerse presente por la parte de atrás de mi cuello. El sol salió desde la costera y no desde el horizonte marítimo.

– ¡Pinche Chancleto hijo de la gran verga! ¿No que se veía bien bonito la salida del sol? – dijo Paco, enojadísimo y borracho (más borracho que enojado).

– Pues se ve a toda madre ¿Que no? ¿Ustedes estaban esperando que saliera desde el mar? No me chinguen, es geografía básica.

– Quiero que me devuelvas mi dinero…

– Pero si no me han pagado.

– ¡Ah puta! Solo faltaba que nos cobraras…

Sandalio se echó a reír, entonces se paró y se quitó la playera. Pensamos que esta vez sí nos golpearía por culpa de Francisco, pero no. Sandalio parecía borracho y y comenzó a gritar como loco, con una gran sonrisa, como festejando algo.

– Órale, nos metamos al agua, se ve riquísima. – dijo mientras se quitaba los tenis.

– No, no mames. Andamos bien pedos – respondió Sergio.

– No le saquen…

Entonces me di cuenta que Sandalio solo había tomado una cerveza. No estaba borracho: no me pregunten por qué, pero estaba feliz. Se desabotonó el short y lo dejó caer. La escena era sumamente incómoda, pero nos aferramos a la fe, la fe de que trajera alguna especie de ropa interior pero no. Comenzó a brincar y a mover la lancha de forma violenta. Estaba a lado suyo, sentado y mirando al frente sin despegar la vista de Omar que observaba con asombro el acontecimiento, solo veía de reojo cómo la silueta de un bulto iba de aquí para allá con un movimiento pendular y armonioso. Me descubrí rogándole a cualquier cantidad de santos para que el marro de Thor no azotara contra mi frente.

– No sean putos -dijo seguro de sí mismo- Métanse al agua.

– No ¿Cómo crees? -respondió Sergio, inseguro de sí mismo- Me da frío.

Sandy se aventó al mar y comenzó a juguetear tirándonos agua a la lancha. Paco sonreía, se le veía feliz también. Sandalio gritaba “¡Por el pinche paquito y los cuatro putones que no dejaban de verme la pija, por la vida, por lo hermoso que es vivir, por el mar, por lo pequeños que somos, salud!”. Las cervezas habían terminado y Sandalio se había alejado bastante de la lancha, lo necesario como para preocuparse.

– No mames, pinche Paco, dile a tu novio que regrese para irnos al hotel ya. Ya estuvo bueno. – dije

– Míralo, se ve feliz el güey -respondió.

– Cabrón, no le vaya a pasar algo, nos meteríamos en un broncón. Dile que venga ya.

Entonces Omar, Sergio y Rosendo comenzaron a gritarle, casi rogando para que regresara, pero Sandy hizo caso omiso. Entonces Paco gritó “Ya nos queremos ir ¿Cómo le hacemos?” y a lo lejos se escuchó “Váyanse ustedes, dejen la lancha en el embarcadero donde nos vimos. Los de ahí ya saben qué pedo”. Entonces Paco, tampoco me pregunten porque no lo sé, encendió el motor de la lancha y esta comenzó a avanzar.

– No mames, Paco. Estás bien pendejo, no lo vamos a dejar.

– Mira, hay de dos sopas: o él está en armonía con Dios, o yo estoy muy borracho y estoy cometiendo un delito. Él no está pedo, nosotros sí. Si decidió quedarse es porque algo está bien o está muy mal, Dios es así. Me voy borracho pero muy en paz. Hoy vi al sol salir por el horizonte, a un hombre feliz y a mis mejores amigos reflexionar sobre la vida mientras esperaban a ver el alba ¿Ustedes qué vieron, idiotas?

No supe qué responder. Llegamos al embarcadero y un lanchero mucho más viejo nos preguntó “¿Qué? ¿Se volvió a quedar en el mar? Ese mi hijo no tiene juicio” Solo le sonreímos, bajamos de la embarcación y caminamos hasta el hotel. Juro que hasta el día de hoy me pregunto por qué tuvimos la imperiosa necesidad de dejar los cuatrocientos pesos que cada uno llevaba dentro de uno de los tenis de Sandy ¿Culpa? ¿Quisimos pagar experiencia de habernos re-descubierto de cierto modo? Caminamos hasta el hotel bajo el sol furioso de la costa, Paco con una sonrisa, la de siempre; nosotros cuatro, Sergio, Omar, Rosendo y yo fuimos todo el camino en silencio, seguros de haber visto algo y no saber qué. Por la tarde, sin ganas de hacer otra cosa, salí a dar un paseo a la playa, por el embarcadero en donde conocimos a Sandy, no había nadie. Vi su lanchita y pude observar que en la parte lateral de la embarcación decía “Romanos 13:10”, una cita bíblica que jamás me atreví a consultar, el sol estaba ocultándose en el horizonte. Los tenis de Sandy seguían en donde los habíamos dejado.


Fabian Herllejos (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 1988). Ha sido colaborador en diversos suplementos culturales de periódicos de Chiapas; ha participado en eventos nacionales e internacionales, como invitado en mesas de lectura y como juez en concursos de cuentos. Ha escrito “Cartas de amor para mujeres que no van a los antros”, compendio de cuentos que actualmente se distribuyen en Guatemala, por Sión Editorial. Es integrante del colectivo literario La Palabra Canta, y actualmente trabaja en varios proyectos de cuentos y una novela. Estudiante de la licenciatura en Lengua y Literatura hispanoamericanas.

1 Comentarios
  • Anny

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    Amé tu relato, te admiro mucho y te aprecio desde la Ciudad de México. Un abrazo!!!

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