Necrológicas y literarias

Mi único compromiso ideológico real es con la muerte, decía un personaje del relato que nunca acabé de escribir y que a comienzos de este milenio leyó y apuntó generosamente Sergio González Rodríguez.  En mitad de la desdicha – aunque sé que me arrepentiré pronto- quisiera haber escrito: contra la muerte.

Cuando, la semana pasada, me enteré de la muerte del poeta Juan Bañuelos, de inmediato me vino a la mente la plática que tuve con el maestro Saúl Ibargoyen sobre ciertos poetas que el reconocimiento público olvidó. Y de la coincidencia de ese olvido con la causa social. A los poetas incómodos solemos ponerlos en el rincón. Me refiero, claro está, s la incomodidad de verdad, no la que se hace solo con estéticas experimentales y palabras altisonantes o imágenes grotescas dentro del poema. Bañuelos fue ejemplo de ello, y mi pesar con él (nunca lo conocí) es porque le debemos lecturas, y le agradecemos coraje.

Pero morir no siempre es igual ni equivale, nada más, a, como suele decirse, azotar. Creer en la muerte como manera de vivir (vaya cosa) supone una valentía reservada para pocos. Valiente es como recuerdo a Sergio González Rodríguez, en los años en que fue mi maestro y contaba la muy reciente hazaña de haber sobrevivido a una golpiza intimatoria -vaya usted a saber de parte de quién- por lo que estaba escribiendo (investigando, pues). Contaba, y lo repito con respeto, “me daba miedo perder una libreta con notas que traía conmigo” y “ya después me dio miedo no poder volver a hablar”. A la distancia, creo que Sergio tenía claro su compromiso con el oficio (el de escribir, pero también el de morirse: no hacemos eso -un poco- cada día, como dice el poeta). Su generosidad venía del gusto que toma en vivir quien se sabe muriente; oficiante de ello, no tuvo recato en dar (nos) lo que tenía. Qué gusto me da a mí haberlo encontrado en el camino, y tener la certeza de que otra vez nos encontraremos y habremos de cantar “The rain song” (él con pantalones rojos), y le contaré cómo leí “Huesos en el desierto” en el asiento de mi bocho, con mi novia. Es probable que, como él mismo anotó con letra chiquitita en las hojas de aquel relato que me corrigió, aunque la muerte no sea una ideología, se oye (oirá entonces) chingón.

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