De libros y lectores: a propósito del día del libro

Manuel Iris 1 comentario

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

Jorge Luis Borges

Conmemorando las muertes de Shakespeare y Cervantes, quienes no murieron el mismo día pero que por ajustes de calendario terminaron por tener sus muertes registradas como si hubieran sucedido en la misma fecha, 23 de Abril, se celebra el día del libro en todo el mundo. Y mucho puede y debe decirse de los libros: que los hay buenos y malos, que es imposible publicar uno sin erratas, que es imposible leerlos todos, que se publican demasiado, que dejarán de existir en papel…lo que no puede decirse es que no son importantes: los libros han llevado a la humanidad al sitio en que se encuentra, para bien y para mal. Los libros, no puede caber duda, encierran lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.

El objeto libro, ese conjunto de páginas impresas unidas por un lado y protegidas por cubiertas o tapas, es el adelanto tecnológico con más consecuencias en la historia. Incluso sin leer libros, los libros nos afectan, aunque en tal caso lo hagan de la peor manera: otra gente que los lee decide nuestros destinos, otra gente que puede usar el conocimiento ganado en ellos con mala intención, puede incluso intentar mantener a poblaciones enteras en la miseria física e intelectual, haciéndoles creer que el entumecimiento mental que provoca el no leer es la felicidad. Los que leen libros con mala intensión pueden, incluso, escribir libros que definen el éxito personal en términos de productividad económica, y que propagan la mentira de que hacer rico a tu jefe es tu superación personal. El problema, por supuesto, no es que estos libracos existan, sino que mucha gente no lee lo suficiente como para darse cuenta del embuste, y encuentran en ellos una versión patética y vacía de la epifanía personal. Hay que decirlo claro: los libros chatarra existen. La buena noticia es que no son difíciles de reconocer, puesto que siempre prometen la felicidad y el perfumado vomitivo al que ahora llaman éxito.

Los libros, los verdaderos libros, casi nunca ofrecen la felicidad ni la respuesta a nuestros problemas. Por el contrario, y mucho más importantemente, ofrecen una mirada cargada de preguntas hacia nosotros mismos. Al final de esa mirada el lector debe enfrentar su silencio interior y responder, definirse. La literatura no es un manual de vida sino una cartografía de nuestras tribulaciones, una reunión de preguntas cuyas respuestas no conocemos porque siempre son personales, individuales: un buen libro nunca da la misma solución vital (si acaso la ofrece) a todos los lectores, sino que provoca en cada uno preguntas personales que tendrá que responder por sí mismo.
Por supuesto, a diferencia del lector perezoso de superación personal, un libro de verdad necesita un lector valiente y dispuesto a enfrentarse consigo mismo y con las palabras, un lector que esté dispuesto a la angustia, a la ansiedad, a la vida humana: a tener que buscar sus propias respuestas y a definirse a sí mismo aunque eso signifique el enorme trabajo de seguir leyendo y pensando y cambiando de opinión hasta la muerte, recibiendo a cambio el placer de visitar las palabras más hermosas y las mentes más brillantes que han estado bajo el sol, y el ocasional momento en que se tiene la certeza de que se ha entendido algo.

Hoy, que es día del libro, es buen momento para preguntarnos qué tipo de lectores somos, y que clase de libros consumimos.

1 Comentarios
  • JULIO ZAVALA DE LOS SANTOS

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    Pues,sí. La Biblia, si un día fue “la palabra de Dios”, ya no lo es; ha sido tan mnipulda, para interés de cada congregación, que ahora, como palabra de Hombre, es una Torre de Babel.

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