Cómo se pasa la vida: “Suprarrealismo”

Hugo Montaño 0 comentarios

MiniMí camina a desparpajo de acá para allá, señal de que está contento. Recién salimos del cine rumbo a la máquina de los helados. En mi mente “delicio” (verbo MiniMí) un sorbete de chocolate con chispas de chocolate, galleta de chocolate y barquillo de chocolate. MiniMí sigue en el desparpajo. De pronto se detiene en seco para preguntar: “Papá, ¿cuál es la diferencia entre ‘sub real’ y ‘surreal’?” Carajo, la nieve de chocolate se desvanece cual si fuera “La persistencia de la memoria”, de Dalí. ¿Qué #$*/&¡ pregunta es esa? Las nieves están a dos metros de distancia, casi nada comparado con el abismo que puedo provocar si no le hago frente a esta suerte de “torito placero” liberado por MiniMí.

Trato de dar una explicación sencilla con analogías igual de sencillas. Lo “sub real” (acá adopto la pose de taita enterado) se refiere a algo poco real… es decir, algo que no alcanza la realidad plena… una realidad inferior como… este… es decir… una realidad menor. ¿Me explico? MiniMí cabecea, se distrae mirando su reflejo en el cristal de un aparador. Siento que lo pierdo ante una explicación tan pobre de mi parte, y lo más jodido es que no se me ocurre ningún ejemplo. Entonces (para salir del escollo) despepito mi idea de “surreal”, y le digo que es algo que va más allá de la realidad, más allá de lo que podríamos imaginar… una realidad sublimada. MiniMí me mira sin verme. Imagino giran dentro de su cabeza mis palabras, buscando acomodo.

Intento ordenar mis ideas con el propósito de no confundirlo… ni de confundirme. Le digo que se imagine algo que se estire (albureros abstenerse). “Una liga”, responde. Entonces le pido se imagine estirando esa liga. “Ya”, contesta. Luego le pido sustituya esa liga con “algo” que en nuestra realidad es imposible de estirarse. “Ya”, contesta. Le pregunto qué cosa es. “¡Mis nalgas!”, responde, y acto seguido se suelta a reír con desparpajo. Río junto con él, aunque sin tanta facilidad.

De inmediato viene a mi memoria un cuadro de Dalí, de nombre: “El enigma de Guillermo Tell”, cuadro que le valió al genio de Figueras ser expulsado del movimiento surrealista. Es la imagen de Lenin “aguillermoatelado”, con una nalga horizontal del tamaño de su pierna derecha, apoyada sobre una orqueta. A don Bretón eso lo ofendió, a tal grado, que le fue imposible ver el cuadro. Recuerdo también lo leído en una revista sobre la presencia de Guillermo Tell en la obra daliniana, reflejo de su protesta y rompimiento con la figura paterna, que en este caso representa esa ruptura en dos sentidos: la separación de su padre biológico y la de su padre artístico.

¡Coño!, caigo en la cuenta de que mi Minimï y su respuesta de una nalga superlativa vaticina su futuro rompimiento conmigo, su padre. ¿Y si lo excomulgo yo primero, antes de que él me mande a Chihuahua a un baile? ¡A burro!, me digo, ni que fuera yo André Bretón, quien excomulgó a Salvador Dalí del grupo de los surrealistas. O peor aún, que me respondiera como lo hizo el pintor a su verdugo, de que en su pensamiento había hecho un acto de surrealismo total al imaginar uno de sus tantos sueños con extrema minucia y escrupulosa exactitud. O mucho peor, que me dijera: “Es lo mismo, mi querido Bretón, que si yo soñase hoy que estoy con usted en una posición amorosa, mañana por la mañana no dudaría en pintar esta escena con todos sus detalles”. ¡Carajo! ¿Esto que pienso es “sub real”?… De tanto pendejear, olvido dónde estoy. Trato de hallar a mi surrealista engendro, que con esa sola respuesta me ha llevado al final de mis principios, o al inicio de mi final, o… lo que sea.

De quién sabe dónde aparece MiniMí, sujeta mi mano y me arrastra los últimos metros hasta la máquina de los helados, donde le pide a la “abobinable” chica de las nieves una canasta sabor vainilla, con chispas de chocolate, caramelo, jarabe y lunetas. Yo pido un cono sencillo, sin ingredientes extras, algo que bien podría llamarse un helado “sub real”, ante la tremenda canasta surrealista de MiniMí, quien “delicia” sin ningún apuro su pantagruélico postre, retecontento, mientras yo busco en mi memoria ejemplos de algo “sub real”, palabra que agudos especialistas desestimarán diciendo que “no existe”, pero estarán equivocados, porque es tangible en cada enunciamiento fonético y textual.

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