Tres poemas de Zel Cabrera

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(Iguala de la Independencia, Guerrero, 1988). Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de poesía durante el periodo 2014-2015. Obtuvo el Premio Estatal de Poesía Joven en el 2013, convocado por la Secretaría de Cultura del Estado de Guerrero. Autora de las plaquetas de poesía Naufragios (La tarántula dormida, 2011) y Troya sobre una muralla (Editorial de Otro tipo, 2015). Aparece en la Antología de poesía para niños Triángulo del sol (Praxis, 2015). Algunos de sus poemas están publicados en diversos medios nacionales como Confabulario, Tierra Adentro y Este País.

Poemas

 

Destellos

Si busco en los ecos de la casa,
encontraré a los otros huéspedes,
sus destellos, sus noches de fiesta,
los pasos de baile que improvisaron
en la cocina, los besos.

A fuerza de estar callada,
el silencio desdobla lo que fue
y discreto el crucigrama de un llanto,
revela un dolor,
escombro de otra vida.

Acompaño su resonancia
y alargo un consuelo,
con la esperanza de no estar sola.

Con la misma esperanza,
estiro la mano hasta palpar otro sonido,
una risa que circunda las paredes,
me contagia y hace crujir los muebles.

Los otros huéspedes,
me heredaron estos ecos,
como manchas en las paredes,
vagos rastros de moho
que en la quietud, decodifico
y traduzco.

 

Dr. Durán 11

De madrugada los gritos
traspasan las paredes
se incrustan en mi sueño,
me provocan pesadillas,
y despierto sudando,
desconfiando de las sombras
que se forman en la penumbra,
respirando rápido, volteando para todos lados.

Ya insomne, escucho sus peleas,
sus amenazas de divorcio,
sus sentencias a muerte.
Desde mi cama los maldigo un poco,
por despertarme,
otro poco por tontos,
y otro tanto por imprudentes.

En la casa de mis padres,
los pleitos nunca fueron de noche,
y era mandamiento
nunca irse a dormir molestos.
Pero las leyes de este condominio son distintas,
hay noches en las que el edificio se llena con insultos
y azotones de puertas
y no hay interfón o patrulla que los contenga.

 

Apunte entre Bolívar y Dr. Durán

Un anciano cruza la calle
sosteniendo un ramo de rosas
y una coca cola de dos litros, medio vacía.

Lo observo desde el taxi, camina despacio,
le sigo hasta que la calle lo pierde
lo guardo para siempre
como conservo el olor del cabello de mi abuela,
o la lentitud con la que hacía las gelatinas.

Porque la memoria es un milagro en el que anidan
las cosas simples; unas escaleras,
una caja musical, un beso,
algunas flores que nos ordenan
que al pudrirse nos desordenan,
como ese hombre que ahora cruza la calle
y desde sus pasos lentos
me lanza una pregunta
que no puedo responder.

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